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Entre Marea Y Silencio

Entre Marea Y Silencio

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencuentro / Completas
Popularitas:925
Nilai: 5
nombre de autor: Orozco

ella es bióloga marina volviendo a su pueblo costero para salvar el arrecife. el es el hijo del empresario que quiere construir el resort que lo destruiría. se odiaban en el colegio.diez años después la química no se fue

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cádiz

Febrero en Cádiz olía a sal y a azahar.

Marina llegó con 12 horas de retraso, una maleta que olía a neopreno y ojeras que no disimulaba ni el corrector. El auditorio del Palacio de Congresos estaba lleno. 400 personas. Científicos, funcionarios, gente de ONGs con chalecos de colores y nombres impronunciables en las credenciales.

La habían puesto de ponente principal. “Restauración Comunitaria de Arrecifes: El caso Punta Negra”.

Subió al escenario sin notas.

“Yo no soy buena dando charlas”, empezó. Se rió. “Soy mejor bajo el agua. Pero aquí estoy, porque si no cuento esto, nadie lo va a creer”.

Contó todo. El arrecife muerto. La tortuga. Ricardo. Mateo. Los buzos que se fueron. La oferta de 3.5 millones. La transmisión en vivo de niños sembrando coral.

Cuando terminó, el silencio duró tres segundos. Luego se levantó la primera persona aplaudir. Luego todos.

Una mujer del panel se acercó después. Francesa, de la UNESCO.

“Queremos incluir Punta Negra en el programa de Sitios de Recuperación Piloto. Financiamiento por tres años. Pero con condiciones: monitoreo independiente, datos abiertos, y participación comunitaria auditada”.

Marina sintió que el piso se movía.

“¿Cuánto?”

“450 mil euros anuales”.

“Y sin vender el proyecto a Bahía Dorada”.

“Sin vender nada”. La francesa sonrió. “El mar no se vende. Se presta”.

Firmaron una carta de intención esa misma tarde. No era dinero en la cuenta. Pero era algo mejor: legitimidad internacional. Y presión. Nadie se mete con un proyecto UNESCO sin que le cueste políticamente.

Esa noche, Marina llamó a San Cristóbal.

Don Ernesto contestó.

“Está todo bien”, dijo antes de que ella preguntara. “No han cortado más boyas. Los niños del vivero van todos los días. Y tu papá pasa por aquí cada tarde a ver si falta algo”.

Marina se recargó contra la pared del hotel.

“¿Y Mateo?”

“Llamó ayer. Dice que empezó clases y que extraña el olor a pescado podrido del muelle”.

Ella se rió.

“Dile que el olor sigue igual”.

Colgó y se quedó mirando el teléfono.

Tenía 450 mil euros en la mesa. Tenía respaldo internacional. Tenía a su pueblo aguantando.

Y tenía a Mateo a 8,000 kilómetros.

---

La cumbre duró cinco días.

En el tercero, se la encontró en el pasillo a Elena Vargas.

Hermana de Ricardo. Abogada ambiental en Madrid. La única de la familia que había cortado lazos con él hacía diez años.

“Te vi en la ponencia”, dijo Elena. Sin preámbulos. “Mi hermano es un idiota”.

Marina no supo si reírse o salir corriendo.

“Lo sé”.

“Quiero ayudar”. Elena le entregó una tarjeta. “Tengo contactos en Bruselas. Si necesitas meter presión legal a Bahía Dorada, yo me encargo. Gratis”.

Marina tomó la tarjeta.

“¿Por qué?”

“Porque mi sobrino me mandó un mensaje el mes pasado”, respondió Elena. “Dice que está estudiando arrecifes en Australia. Y que por primera vez en su vida, está orgulloso de algo que no construyó su padre”.

No hablaron más. No hacía falta.

---

El último día de la cumbre, Marina recibió un mensaje de Mateo.

Foto: él en la playa de Moreton Island, con traje de neopreno hasta la cintura, sosteniendo un fragmento de coral en la mano.

Texto: _Aquí el coral también sangra cuando lo tocas. Vuelve pronto. Te necesito para que me enseñes a no cagarla_.

Ella respondió con una foto de su propio traje, colgado en el baño del hotel.

_Yo también te necesito. Pero primero termina de aprender. Y no te mueras de frío en ese agua de 18 grados_.

Él respondió con un emoji de pulgar arriba.

No era mucho. Pero era suficiente.

---

Volvió a San Cristóbal el 28 de febrero.

El pueblo la recibió en el muelle con una manta que decía _Bienvenida, doctora_.

Don Ernesto le entregó un folder.

“Reporte de la semana. No pasó nada malo. Eso es bueno, ¿no?”

“Es lo mejor que me puedes decir”, respondió ella.

En el laboratorio, el dinero de la UNESCO ya estaba en trámite.

En el vivero, 600 fragmentos de coral crecían bajo luz LED.

Y en el muelle 3, las boyas seguían en su lugar.

Nadie había firmado con Bahía Dorada.

La gente había entendido que 50 empleos por seis meses no valían 15 años de mar muerto.

Esa noche, Marina se sentó en el muelle sola.

No había prisa. No había incendios.

Sacó el teléfono y marcó.

Mateo contestó al segundo tono.

“¿Llegaste?”

“Llegué”.

“¿Y?”

“Y que esto funciona, Mateo. Funciona”.

Él no dijo nada por diez segundos.

“Te extraño”.

“Yo también”.

Se quedaron en silencio. Escuchando el mar.

“Vuelve”, dijo ella al fin.

“Vuelvo”, respondió él. “En diciembre. Con un plan que no te haga querer tirarme al agua”.

Marina se rió.

“Cuelga, tonto. Tengo que hacer el informe para la UNESCO”.

Colgó.

Arriba, la luna estaba llena.

Abajo, el arrecife seguía vivo.

Y por primera vez en un año, Marina no sentía que estaba sola peleando contra el mar.

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