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LA REINA DEL GÁNGSTER

LA REINA DEL GÁNGSTER

Status: Terminada
Genre:Mafia / Comedia / Dominación / Completas
Popularitas:603
Nilai: 5
nombre de autor: Jessics8 Rodriguez

Esmeralda "La Dama de Hierro" Durán. Con una mente tan afilada como sus tacones de aguja, Esmeralda es la jefa indiscutible del "Casino del Mal" y de todo el submundo criminal que lo rodea. Elegante, astuta y con un sentido del humor tan negro como su café matutino, no teme ensuciarse las manos, aunque prefiere que sus guardaespaldas lo hagan. Su dominación no se basa en la fuerza bruta, sino en la inteligencia, la manipulación psicológica y una habilidad innata para hacer que la gente haga exactamente lo que ella quiere, a menudo sin que se den cuenta. Es una maestra del disfraz emocional, capaz de pasar de un encanto desarmante a una frialdad glacial en cuestión de segundos. Su único punto débil... si es que se le puede llamar así, es su adoración por Señor Bigotes.

NovelToon tiene autorización de Jessics8 Rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El Flamenco Inflable y el Perfume a Derrota

La noche en el Casino del Mal era, como siempre, una sinfonía caótica de risas ahogadas, el tintineo de copas, el susurro de las fichas de póker y, de fondo, la inconfundible melodía de un blues quejumbroso que parecía lamentar las pérdidas de los apostadores más osados. En su oficina, un santuario de cuero oscuro y maderas nobles, Esmeralda Durán no solo dirigía este imperio de vicios controlados, sino que orquestaba su propia versión de la paz mundial, al menos dentro de los límites de su jurisdicción. Su sonrisa era un arma más letal que cualquier revólver, y sus ojos, de un color ámbar profundo, analizaban cada movimiento, cada parpadeo, cada gota de sudor en la frente de sus subordinados con la precisión de un cirujano.

Hoy, sin embargo, la paz estaba a punto de ser perturbada por algo mucho más irritante que un cargamento de caviar mal etiquetado o un crupier con tendencias cleptómanas. La causa de su creciente exasperación no era otra que la noticia de la llegada inminente de Don Fabrizio Bianchi, también conocido como "El Encantador de Serpientes". La sola mención de su nombre evocaba en Esmeralda una mezcla de desprecio y una punzada de diversión. Don Fabrizio era el arquetipo del mafioso de opereta: gomina brillante, pañuelos de seda ostentosos y una pomposidad que rayaba en lo absurdo. Y, por si fuera poco, siempre iba acompañado de una pitón albina llamada Cleopatra, a la que trataba con más respeto que a sus propios hombres.

"¿Estás seguro de que viene en persona, Leonardo?", preguntó Esmeralda, sin apartar la vista de un informe financiero que detallaba los ingresos de la noche, el cual desglosaba hasta el último centavo, incluyendo la propina que el Señor Bigotes había "recibido" de un jugador supersticioso.

Leonardo, su fiel y un tanto nervioso lugarteniente, se ajustó las gafas con dedos temblorosos. "Sí, jefa. Los informantes dicen que está en camino. Parece que quiere... expandir su territorio."

Esmeralda soltó una risa seca que hizo eco en la estancia. "¿Expandir su territorio? ¿Acaso cree que el Casino del Mal es un juego de Monopoly? Que se le meta en la cabeza que esta es mi propiedad, y no estoy dispuesta a vender ni una sola ficha de póker." Hizo una pausa, su mirada se posó en un objeto peculiar que adornaba una esquina de la oficina: un flamenco inflable de color rosa brillante, regalo de un socio particularmente excéntrico. Una sonrisa traviesa curvó sus labios. "Aunque quizás, podríamos ofrecerle una... bienvenida especial."

Leonardo tragó saliva. Conocía a Esmeralda. Sus "bienvenidas especiales" solían implicar situaciones que, en retrospectiva, resultaban hilarantes para todos, excepto para el receptor.

Mientras tanto, en el piso principal del casino, la entrada de Don Fabrizio fue un evento en sí mismo. Acompañado de dos gorilas que parecían sacados de un anuncio de gimnasio y, por supuesto, Cleopatra enrollada elegantemente alrededor de su cuello, Don Fabrizio se paseaba con la arrogancia de un pavo real. Su mirada recorría el lugar con un aire de superioridad, como si estuviera inspeccionando una propiedad que ya le pertenecía. El olor a su perfume, una mezcla abrumadora de pachulí y ambición barata, precedía su llegada por varios metros.

"¡Qué elegante establecimiento!", exclamó con voz atronadora, deteniéndose junto a una mesa de ruleta donde una anciana con un pañuelo de la suerte estaba a punto de apostar sus últimos ahorros. "Aunque un poco... anticuado. Necesita un toque de la modernidad, un poco de la visión de un hombre con... visión." Su mirada buscaba a Esmeralda, deseando el inevitable enfrentamiento que, en su mente, ya había ganado.

Esmeralda, enterada de la llegada de su "invitado" por el sistema de cámaras de seguridad que monitoreaba desde su iPad, decidió hacer una entrada memorable. Se deslizó por la escalinata principal del casino, sus pasos medidos y elegantes, como una pantera en busca de su presa. Su traje negro impecable, su camisa de seda blanca y su revólver plateado reluciendo discretamente en su cadera, eran la viva imagen de la autoridad y el estilo. El Señor Bigotes, en su esmoquin diminuto, la seguía con la lealtad de un samurái y la seriedad de un contador público.

Los susurros se extendieron por el casino como un reguero de pólvora. "Esmeralda Durán." "La Dama de Hierro." "Va a haber espectáculo."

Don Fabrizio, al verla, ensanchó su sonrisa, revelando unos dientes demasiado blancos. "¡Ah, la hermosa Esmeralda! Es un placer, como siempre, encontrarte. Aunque debo decir que esperaba una bienvenida más... personal."

Esmeralda se detuvo a pocos metros de él, su expresión imperturbable. "Don Fabrizio. Pensé que preferirías la sorpresa. Es parte de mi encanto, ya sabes. Y en cuanto a una bienvenida personal, te aseguro que la que te tengo preparada será inolvidable." Su mirada se deslizó hacia Cleopatra, que parecía bostezar perezosamente. "Tu mascota parece aburrida, Don. Quizás necesite un poco de... emoción."

Don Fabrizio se rio, un sonido áspero y desagradable. "Cleopatra solo se aburre con la mediocridad, mi querida. Y me temo que este lugar, a pesar de tus encantos, no está a la altura de mis expectativas." Hizo un gesto con la mano, como si estuviera descartando el casino entero. "He venido a proponerte un trato, Esmeralda. Un trato que no podrás rechazar."

"¿Un trato?", Esmeralda levantó una ceja, divertida. "Última vez que escuché esa frase, terminé comprando una colección de figuritas de gnomos de jardín. ¿Qué tienes para ofrecerme esta vez, Don Fabrizio? ¿Un cargamento de serpientes amaestradas? ¿O quizás una nueva línea de gomina que no huele a derrota?"

Los gorilas de Don Fabrizio se tensaron, pero él solo se rio de nuevo, con un matiz de impaciencia. "No subestimes mi generosidad, Esmeralda. Estoy dispuesto a permitirte seguir operando tu pequeño negocio, siempre y cuando te conviertas en... mi socia. Bajo mi dirección, por supuesto."

Esmeralda inclinó la cabeza, una sonrisa burlona asomando en sus labios. "Permitirme operar mi negocio... ¿bajo tu dirección? Don Fabrizio, me halagas. Pero debo informarte que yo no sigo direcciones, yo las doy. Y mi dirección es muy clara: no hay espacio para serpientes, ni para sus dueños engreídos, en mi casino."

El aire se volvió espeso. La gente del casino contuvo la respiración, anticipando el inevitable estallido. Don Fabrizio, con su ego herido, comenzó a perder la compostura. "¡Estás cometiendo un grave error, Esmeralda! Mi oferta es más que justa. Te estoy ofreciendo protección, recursos... un lugar en el verdadero poder."

"¿Poder?", Esmeralda soltó una carcajada, una melodía clara y sin esfuerzo que contrastaba con la tensión creciente. "Don Fabrizio, el poder no se ofrece, se toma. Y yo ya lo he tomado. Ahora, si me disculpas, tengo un negocio que atender y no tengo tiempo para lecciones de mafioso de segunda categoría."

Fue en ese momento que la "bienvenida especial" de Esmeralda entró en juego. Con una discreta señal, Leonardo activó un mecanismo oculto. De repente, una red enorme, estratégicamente colocada sobre la entrada del casino, se soltó, cayendo directamente sobre Don Fabrizio, sus gorilas y, para su horror, sobre Cleopatra. La red estaba llena, no de rocas o armas, sino de flamencos inflables de color rosa, los mismos que Esmeralda había estado contemplando en su oficina.

El efecto fue inmediato y desastroso. Don Fabrizio, cubierto de plástico rosa, soltó un grito de indignación que fue ahogado por la risa incontrolable de los presentes. Cleopatra, envuelta en un flamingo, siseaba furiosamente. Los gorilas luchaban por liberarse, enredados en el ridículo mar de aves inflables.

Esmeralda, con el Señor Bigotes lamiéndole la mano en señal de aprobación, se acercó a Don Fabrizio, que seguía luchando por salir de la red. "Me temo, Don Fabrizio, que tu 'encanto de serpientes' no funciona con los flamencos. Y, si te sirve de consuelo, el rosa es definitivamente tu color."

El casino estalló en carcajadas. La humillación de Don Fabrizio era palpable, su orgullo hecho trizas bajo un montón de plástico rosa. Esmeralda, con una sonrisa de triunfo, se volvió hacia la multitud. "¡Apuestas, señores, apuestas! ¿Alguien quiere apostar cuánto tardará Don Fabrizio en liberarse de su nueva colección de mascotas?"

El Señor Bigotes ladró con entusiasmo, como si estuviera dando su propio pronóstico. La noche en el Casino del Mal, a pesar de la intromisión de Don Fabrizio, había vuelto a ser la sinfonía caótica y divertida de siempre, con un nuevo toque de comedia rosa. Esmeralda había enviado un mensaje claro: en su territorio, la única reina era ella, y nadie, ni siquiera un "encantador de serpientes" con exceso de gomina, iba a cambiar eso. Y si eso significaba usar flamencos inflables como arma psicológica, pues que así fuera. El juego, apenas había comenzado.

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Cinzia Cantú
Personajes interesantes
Jessics8
Admito que mis personajes son un poco… peculiares. Pero si te gusta la gente rara (y quién no), te encantarán. Mis novelas están llenas de diálogos ingeniosos, situaciones descabelladas y la garantía de que, al menos por un rato, te olvidarás de tus propios dramas. ¡Porque mis dramas son mucho más divertidos!
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