Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 12
El amanecer trajo consigo un frío que no tenía nada que ver con el clima. El ambiente en el cuartel era eléctrico, pero no por la pasión, sino por el miedo. Alistair había regresado apenas hacía un día y ya se sentía como si el aire hubiera sido reemplazado por escarcha. Yo, por mi parte, me movía como una autómata. El recuerdo de sus palabras —“necesidad física”, “debilidad”— seguía abriendo surcos en mi pecho cada vez que intentaba respirar.
Me senté en mi escritorio, tratando de que la pluma no temblara sobre el papel. Fue entonces cuando escuché el estruendo.
—¿Cómo que el destacamento de suministros no ha llegado al punto de control? —La voz del Coronel Graves retumbó desde el final del pasillo, acercándose a la oficina de Vane.
Se me heló la sangre. Mi mirada voló hacia el registro de salidas que descansaba a mi derecha. Mis dedos recorrieron las líneas hasta encontrar la entrada de ayer. Allí estaba el sello. El sello de la ruta del desfiladero. Mi error.
Si el regimiento de caballería había tomado ese camino, se habían metido directamente en un cuello de botella donde las tormentas de nieve y los bandidos del norte hacían estragos. Era una sentencia de muerte administrativa que me señalaría no solo como una incompetente, sino como una posible traidora.
—Elena… —Vane entró en la habitación, su rostro estaba pálido como la cera—. Dime que no es cierto. Dime que no sellaste la ruta del desfiladero para el convoy de suministros médicos.
No pude responder. El nudo en mi garganta era demasiado grande. La timidez que siempre me había protegido como un escudo ahora me asfixiaba, impidiéndome defenderme. Solo pude asentir levemente, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba bajo mis pies.
—¡Por los dioses! Si el Duque se entera, te colgará de las almenas. Ese envío lleva la medicina para los heridos del frente.
Antes de que Vane pudiera decir más, la puerta principal del ala este se abrió de golpe. Alistair Thorne entró, envuelto en su capa negra, con botas que golpeaban el suelo como si fueran disparos. Su presencia llenó el espacio de tal manera que el aire pareció desaparecer.
—Vane. Los registros. Ahora —ordenó Alistair, su voz era un látigo de hielo.
Vane me miró con una mezcla de lástima y terror. Yo bajé la cabeza, esperando que la tierra me tragara. El Capitán entregó el libro de registros con manos temblorosas. El Comandante lo abrió, sus ojos grises recorriendo las páginas con una velocidad quirúrgica. Vi cómo su mandíbula se tensaba. Vi el momento exacto en que sus ojos se clavaron en mi sello erróneo.
Sentí que el corazón se me detenía. Cerré los ojos, esperando el grito, la humillación, la expulsión.
Pero el silencio que siguió fue aún más aterrador.
—Coronel Graves —dijo Alistair, sin apartar la vista del libro—, el convoy está a salvo. Cambié las órdenes personalmente anoche después de revisar los registros finales. Tomaron la ruta del valle.
Abrí los ojos de golpe. Mis ojos buscaron los suyos, pero él no me miraba. Estaba mirando a Graves con una indiferencia tan perfecta que casi me la creí.
—¿Usted las cambió, señor? —preguntó Graves, confundido—. Pero el sello en el registro sigue indicando…
—He dicho que yo cambié las órdenes —repitió Alistair, su tono subiendo una octava de peligro—. ¿Cuestiona mi memoria o mi mando, Coronel?
—No, señor. Por supuesto que no.
Cuando el despacho se vació de oficiales y solo quedamos Vane, Alistair y yo, el Comandante cerró el libro con un golpe seco. Miró a Vane.
—Fuera.
Vane no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió casi corriendo, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé a solas con él. El silencio era insoportable, cargado con el peso de lo que acababa de suceder. Él me había salvado. Había mentido frente a sus subordinados para cubrir mi negligencia.
Alistair se acercó a mi mesa. Sus manos se apoyaron en la madera, rodeando mi espacio personal. No llevaba guantes, y pude ver la blancura de sus nudillos por la fuerza que ejercía.
—¿En qué demonios estabas pensando? —Su voz no era un grito, era un susurro ronco que vibraba de furia—. ¿Crees que esto es un juego de salón? ¿Crees que puedes permitirte estar distraída cuando hay vidas que dependen de un maldito sello?
—Lo siento… —Mi voz apenas era un hilo—. Yo… no estaba bien.
Él soltó una risa seca, cruel.
—¿No estabas bien? ¿Por qué? ¿Porque te dije la verdad sobre lo que somos? ¿Porque tu pequeño corazón romántico no pudo soportar el peso de la realidad?
Me levanté de la silla, mi rostro a escasos centímetros del suyo. La humillación se transformó en una chispa de rebeldía.
—¡Me equivoqué porque no podía dejar de pensar en tu carta! —grité, mi pecho subiendo y bajando con violencia—. ¡Porque ayer me trataste como si fuera basura después de haberme prometido que me reclamarías! Estaba distraída porque te amo, Alistair, y tú estás demasiado asustado para admitir que sientes lo mismo.
El tiempo se detuvo. Alistair se quedó petrificado, sus ojos grises clavados en los míos. La palabra "amor" pareció resonar en las paredes de piedra como una blasfemia. Vi cómo su control se tambaleaba. La tensión sensual que siempre nos rodeaba estalló en ese momento.
Sin previo aviso, su mano atrapó mi nuca, atrayéndome hacia él con una fuerza que me hizo gemir. No fue un beso de amor; fue un beso de posesión, de desesperación. Sus labios chocaron contra los míos con una voracidad que me dejó sin aliento. Me arrastró contra su cuerpo, y sentí la dureza de su uniforme, el frío de sus botones de plata y el calor abrasador de su piel debajo de todo eso.
Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando ligeramente hacia atrás para que mi cuello quedara expuesto a su boca. Me besó allí, justo donde el pulso latía con fuerza, y sentí que mis piernas se volvían de agua.
—Maldita seas, Elena —gruñó contra mi piel, su respiración quemándome—. No puedo dejar que te destruyas por mi culpa.
Me empujó ligeramente hacia atrás, pero solo para volver a sentarme en el escritorio, igual que la última vez. Pero ahora había una urgencia diferente. Sus manos subieron por mis piernas, desgarrando sutilmente la seda de mis medias en su prisa por tocarme. La sensación de su piel rugosa contra la parte interna de mis muslos me hizo arquear la espalda, buscando más de ese contacto que me volvía loca.
La sensualidad del momento era cruda, casi animal. Él me deseaba con una intensidad que bordeaba el dolor, y yo… yo estaba dispuesta a dejar que me consumiera por completo. Su mano se cerró sobre mi cadera, marcándome, mientras su boca devoraba mi aliento. Estábamos en medio de la oficina, a plena luz del día, con el riesgo de que cualquiera entrara, pero a él no parecía importarle. Por un segundo, el Muro de Invierno se había derretido para convertirse en un río de lava.
Entonces, se detuvo.
Separó su rostro del mío, jadeando. Sus ojos estaban llenos de una lucha interna que me dolió ver. Me miró, no como a una empleada, sino como a su salvación y su condena al mismo tiempo.
—No vuelvas a equivocarte —dijo, su voz recuperando algo de su firmeza habitual, aunque seguía rota—. La próxima vez, no podré salvarte sin condenarme yo también.
Se apartó de mí, arreglando su uniforme con movimientos mecánicos.
—He arreglado el registro —dijo, dándome la espalda—. Oficialmente, el error fue mío. No se volverá a mencionar.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté, tratando de recuperar mi compostura, con el corazón todavía galopando en mis oídos—. ¿Por qué protegerme si solo soy una debilidad?
Él se detuvo en la puerta. No se giró, pero vi cómo sus hombros bajaban ligeramente.
—Porque si te pierdo, Elena… ya no quedará nada de mí que valga la pena salvar de este invierno.
Salió del despacho, dejándome temblorosa y confundida en medio de la oficina. Me había salvado en secreto. Me había besado como si fuera su última esperanza y luego se había vuelto a encerrar en su armadura.
Sabía que lo que acababa de pasar era solo el principio. Había roto una capa más del hielo, pero lo que había debajo era más profundo y peligroso de lo que jamás imaginé.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉