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Bajo El Nombre Valemont

Bajo El Nombre Valemont

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Magia
Popularitas:857
Nilai: 5
nombre de autor: Araknealeg

En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.

NovelToon tiene autorización de Araknealeg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap 11. Bajo la Lluvia Negra.

......................

El corredor quedó en silencio después de que el guardia terminó de hablar.

Solo permanecía el sonido lejano de la lluvia golpeando los vitrales altos del castillo y el crujido irregular de las antorchas consumiéndose lentamente.

Seraphine observó al soldado.

Joven. Nervioso. Empapado por haber venido desde el exterior.

Tenía barro en las botas y las manos le temblaban apenas.

No estaba mintiendo.

Cassian reaccionó primero.

—¿Cuántos símbolos?

—Cinco, mi lord.

—¿Distancia?

—Desde el bosque norte hasta el camino de vigilancia.

Alaric soltó una risa baja.

No divertida.

Interesada.

—Entonces ya no se esconden.

Cassian ignoró el comentario.

—¿Quién más sabe esto?

—Solo el capitán de guardia.

—Bien. Mantén la boca cerrada.

El guardia asintió inmediatamente antes de marcharse casi demasiado rápido.

Seraphine observó cómo desaparecía por el corredor.

Miedo otra vez.

Todo el castillo empezaba a moverse bajo miedo.

Y eso volvía a la gente impredecible.

Cassian pasó una mano por su rostro cansado.

—Esto empeora demasiado rápido.

—No —murmuró Alaric—. Solo dejamos de ignorarlo.

Cassian giró hacia él inmediatamente.

—¿Puedes dejar de actuar como si disfrutaras esto?

Alaric sostuvo su mirada.

—¿Y tú puedes dejar de actuar como si todavía controlaras algo?

Silencio.

La tensión entre ambos volvía a crecer.

Seraphine comenzaba a odiar aquel patrón.

Cada conversación terminaba pareciendo el inicio de una guerra.

Quizá porque ambos entendían algo que jamás dirían en voz alta: solo uno heredaría realmente el poder Valemont.

Y los dos llevaban años preparándose para eso.

Cassian habló finalmente.

—Los símbolos fuera de las murallas significan coordinación.

—Qué observador.

—Significa que no es un asesino aislado.

Eso sí importaba.

Mucho.

Seraphine sintió el peso de aquella idea asentarse lentamente dentro de ella.

Una red. Un grupo. Personas moviéndose alrededor del castillo.

Y Corvus.

La mujer parecía conocer demasiado.

¿Trabajaba con ellos? ¿Los dirigía? ¿O simplemente los observaba también?

Demasiadas preguntas.

Alaric cruzó lentamente los brazos.

—¿Crees que padre realmente no sabe quiénes son?

Cassian dudó apenas.

Eso bastó.

Seraphine lo notó enseguida.

Mierda.

Cassian sabía algo otra vez.

O sospechaba.

—Habla —dijo Alaric.

—No tengo pruebas.

—Nunca te pedí pruebas.

El heredero guardó silencio unos segundos más antes de responder.

—Cuando era niño escuché conversaciones sobre las purgas.

Seraphine prestó atención inmediata.

Cassian rara vez hablaba del pasado familiar.

—¿Qué conversaciones?

Él apoyó una mano contra la pared de piedra oscura.

Agotado.

—Padre decía que exterminar brujas era imposible.

El aire pareció enfriarse apenas.

—¿Entonces por qué seguir haciéndolo? —preguntó Seraphine.

Cassian soltó una risa seca.

Sin humor.

—Porque no intentaban eliminarlas completamente.

Silencio.

El corazón de Seraphine golpeó lento.

Una vez.

Alaric entrecerró los ojos.

—Continúa.

Cassian bajó apenas la voz.

—Decía que el miedo era más útil que la destrucción.

Aquello sonaba exactamente como el duque.

Control. No exterminio.

Terror organizado.

Seraphine sintió rechazo inmediato.

La nobleza convertía todo en herramienta. Incluso el sufrimiento.

—¿Y eso qué significa ahora? —preguntó ella.

Cassian la miró directamente.

—Que si alguien está atacando a nuestra familia por antiguas alianzas… probablemente padre ya sabía que eventualmente ocurriría.

El silencio posterior se volvió pesado.

Muy pesado.

Porque aquello cambiaba todo.

No estaban enfrentando un desastre inesperado.

Quizá solo el resultado inevitable de décadas de secretos.

Alaric sonrió lentamente.

—Ah. Finalmente algo interesante.

Seraphine lo observó con irritación creciente.

—¿Hay algo que no te divierta?

Él la miró.

Y por un instante la sonrisa desapareció.

—Claro.

Eso la sorprendió apenas.

Alaric rara vez respondía honestamente.

—¿Qué cosa?

Su mirada se desplazó brevemente hacia una ventana donde la lluvia descendía oscura sobre el vidrio.

—La obediencia.

La respuesta llegó tranquila.

Demasiado tranquila.

Y por primera vez Seraphine entendió algo incómodo: Alaric no solo quería poder.

Odiaba profundamente que alguien más lo tuviera sobre él.

Eso lo volvía mucho más peligroso que simple ambición.

Cassian interrumpió antes de que el silencio creciera más.

—Voy a revisar las murallas norte.

—¿Solo? —preguntó Seraphine.

Él vaciló apenas.

—No quiero involucrarlos más.

Alaric soltó una risa baja.

—Qué adorable complejo de mártir tienes.

Cassian ignoró el comentario.

Pero Seraphine habló antes de que pudiera marcharse.

—No deberías moverte solo ahora.

Él la observó sorprendido apenas.

Como si no esperara preocupación genuina.

Lo cual probablemente era cierto.

Ella tampoco entendía completamente por qué la sentía.

Quizá porque Cassian era el único en aquella familia que aún parecía intentar evitar que todo se destruyera.

Aunque estuviera haciéndolo pésimamente.

—Estaré bien —dijo él finalmente.

Mentira.

Todos en ese castillo empezaban a dejar de estar bien.

Cassian se alejó por el corredor acompañado de dos guardias.

Alaric observó cómo desaparecía antes de hablar.

—Va a romperse eventualmente.

Seraphine frunció el ceño.

—¿Qué?

—Cassian.

El segundo hijo apoyó la espalda contra la pared.

—Lleva años sosteniendo demasiado peso esperando que algún día padre finalmente lo considere digno.

La lluvia golpeó más fuerte afuera.

—Y nunca ocurrirá —continuó Alaric—. Porque el problema no es Cassian.

Seraphine entendió inmediatamente.

El problema era el duque.

Un hombre incapaz de ver a sus hijos como personas.

Solo como herramientas imperfectas.

Ella apartó lentamente la mirada.

Porque odiaba admitir que Alaric entendía muy bien aquella familia.

Quizá demasiado bien.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuró él.

Seraphine no respondió.

Alaric sonrió apenas.

—Que Cassian todavía quiere salvar algo que merece arder.

La frase quedó flotando entre ambos.

Y una parte incómoda de Seraphine pensó exactamente lo mismo.

La noche avanzó lentamente sobre el castillo Valemont.

Las lluvias empeoraron.

El viento hacía vibrar las ventanas y apagaba algunas antorchas exteriores, obligando a los sirvientes a recorrer los corredores constantemente reemplazándolas.

Seraphine caminaba sola hacia sus aposentos cuando escuchó voces detrás de una puerta lateral parcialmente abierta.

Se detuvo automáticamente.

Instinto.

Siempre escuchar antes de hablar.

Reconoció la voz de Evelyne primero.

—Los sirvientes están aterrados.

Más baja, la voz del duque respondió:

—Perfecto.

Seraphine permaneció inmóvil junto a la pared.

La puerta seguía apenas abierta.

—El miedo vuelve obediente a la gente —continuó él.

Evelyne guardó silencio unos segundos.

—También vuelve desesperadas a las personas.

—Entonces vigílalas mejor.

Seraphine observó cuidadosamente desde la sombra.

Era una pequeña sala privada de reuniones. El fuego de la chimenea iluminaba parcialmente al duque sentado junto a una mesa llena de documentos.

Evelyne permanecía de pie frente a él.

Elegante. Perfectamente recta.

Pero tensa.

Muy tensa.

—Los Arden llegarán mañana y el castillo parece un mausoleo —dijo ella.

—Entonces sonríe más.

La respuesta fue tan fría que incluso Seraphine sintió irritación inmediata.

Evelyne bajó apenas la mirada.

No sumisa.

Controlándose.

—¿Debo ignorar también los cadáveres?

—Debes ignorar todo lo que no resulte útil políticamente.

Silencio.

Seraphine observó a su hermana mayor con más atención.

Y por primera vez vio agotamiento real en ella.

No visible para cualquiera.

Pero estaba ahí: en los dedos ligeramente tensos, en la respiración demasiado controlada, en la rigidez de los hombros.

Evelyne habló más bajo.

—A veces creo que esta familia ya está maldita.

El duque levantó lentamente la vista.

—Las familias débiles hablan de maldiciones. Las poderosas hablan de supervivencia.

Seraphine sintió rechazo inmediato.

Siempre lo mismo.

Supervivencia como excusa para cualquier monstruosidad.

Evelyne sonrió apenas.

Vacía.

—Claro.

El duque volvió a los documentos.

La conversación había terminado para él.

Evelyne giró lentamente hacia la puerta.

Seraphine se apartó inmediatamente antes de ser vista y continuó caminando por el corredor oscuro.

Pero las palabras seguían resonando.

“Esta familia ya está maldita.”

Quizá lo estaba.

No por magia. Ni dioses.

Por generaciones de crueldad disfrazada de nobleza.

Sus aposentos estaban fríos.

La chimenea apenas seguía encendida y las sombras del cuarto parecían más profundas bajo la tormenta exterior.

Seraphine cerró la puerta lentamente y se apoyó contra ella.

Agotada.

Mentalmente agotada.

Todo estaba avanzando demasiado rápido.

Corvus. La biblioteca. Los asesinatos. Las marcas fuera de las murallas.

Y Morvane.

Su madre seguía apareciendo como un fantasma invisible detrás de todo.

Seraphine caminó hacia la ventana.

La lluvia descendía sobre el patio interior convirtiendo la piedra negra en espejos oscuros.

El castillo parecía observarla.

Siempre había sentido eso.

Como si Valemont fuera menos una fortaleza y más una criatura antigua llena de secretos respirando bajo piedra.

Abrió lentamente el cajón oculto bajo la mesa y sacó el medallón.

El metal frío descansó sobre su palma.

Lo observó unos segundos.

¿Cuánto sabía realmente su madre? ¿Qué esperaba que encontrara?

Y peor: ¿por qué ella?

Un ruido suave resonó afuera.

Seraphine levantó la cabeza inmediatamente.

Pasos.

Lentos.

Se acercaban a su puerta.

Su cuerpo se tensó instintivamente.

La mano descendió hacia el pequeño cuchillo oculto bajo la manga.

Los pasos se detuvieron.

Silencio.

Luego tres golpes suaves resonaron sobre la madera.

No fuertes. Controlados.

—Seraphine.

Cassian.

Ella dudó apenas antes de abrir.

El heredero estaba solo.

Empapado por la lluvia.

Tenía barro en las botas y pequeñas gotas resbalaban por su cabello oscuro.

Parecía peor que antes.

Mucho peor.

—¿Qué ocurrió? —preguntó ella inmediatamente.

Cassian entró cerrando la puerta detrás de sí.

Por un momento simplemente permaneció quieto respirando lentamente.

Como si intentara ordenar pensamientos.

Eso alarmó a Seraphine más que cualquier otra cosa.

Cassian jamás perdía compostura así.

—Las huellas cerca del bosque… —murmuró finalmente— no eran recientes.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Él levantó la vista hacia ella.

Y Seraphine sintió un pequeño escalofrío.

Porque había miedo real en sus ojos.

—Llevan semanas observándonos.

Silencio.

La tormenta golpeó las ventanas violentamente.

—Encontramos restos de campamentos —continuó Cassian—. Pequeños. Ocultos. Profesionales.

Seraphine sintió el estómago tensarse lentamente.

—¿Cuántos?

—No lo sabemos.

Mierda.

Cassian pasó una mano húmeda por su rostro cansado.

—Esto no es improvisado.

No.

Definitivamente no.

Todo había sido planeado.

Las marcas. Los cadáveres. La infiltración.

Y alguien eligió exactamente cuándo comenzar.

Seraphine observó cuidadosamente a Cassian.

Había algo más.

Algo que aún no decía.

—¿Qué encontraste realmente?

Él tardó demasiado en responder.

Luego habló muy bajo.

—Uno de los campamentos tenía registros.

El corazón de Seraphine golpeó fuerte.

—¿Qué tipo de registros?

Cassian abrió lentamente la mano.

Dentro había un pequeño fragmento de papel húmedo.

Ella lo tomó.

El texto estaba parcialmente destruido por lluvia, pero todavía podía leerse una línea:

“...la hija sobrevivió.”

El aire abandonó lentamente sus pulmones.

Cassian la observaba fijamente.

Demasiado fijamente.

Mierda.

Pensar. Rápido.

—¿Qué significa esto? —preguntó ella con calma cuidadosamente construida.

Cassian no apartó la mirada.

—Eso intento descubrir.

Silencio.

Seraphine sintió el corazón golpeándole demasiado fuerte.

¿Sabía algo? ¿Sospechaba? ¿O simplemente estaba conectando piezas incompletas?

Cassian habló otra vez.

—La nota estaba junto a un símbolo Morvane.

El mundo pareció detenerse un segundo.

Ahí estaba.

Directo.

Sin posibilidad de ignorarlo.

Seraphine sostuvo el papel sin moverse.

El heredero dio un paso más cerca.

—¿Quién era realmente tu madre?

La pregunta cayó pesada entre ambos.

Ella levantó lentamente la vista hacia él.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo una respuesta preparada.

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