¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 24: Trucos de magia y tensión superficial
A cuarenta y ocho horas de tener que presentarnos en el Templo Sagrado, la mansión era un hervidero de preparativos silenciosos. Mi maná ya no era un problema: respondía con la velocidad de un clic y las planillas de mi energía mística daban saldo a favor todos los días. Sin embargo, como excontadora precavida que sabía que en toda auditoría de riesgo te pueden tirar un centro inesperado, decidí que necesitábamos un control de calidad antes de salir a la ruta.
—Duque, se acabó la teoría —le dije a Gideon, parándome en medio del patio de entrenamiento con los brazos en jara y mis calzas cómodas bien puestas—. Necesito un simulacro de combate real. Magia contra magia. Si esa arpía de la Santa Ariadna intenta meter un bloqueo místico o atacarme por la espalda, quiero saber exactamente cómo reacciona mi cuerpo bajo presión. No me contengas nada, tirame con todo tu inventario.
Gideon, que estaba terminando de ajustarse los guantes de cuero negro, levantó una ceja, mirándome con una mezcla de sorpresa y pura fascinación.
—¿Estás segura, Cassandra? —preguntó con esa voz profunda y ronca que siempre me hacía vibrar las costillas—. Mi magia de sombras no es un juego de luces. Es densa, fría y está diseñada para cazar.
—Hacete cargo de tu flujo, bombón, que yo me encargo del mío —le respondí con una sonrisa de lado, desafiante—. Mostrame de qué estás hecho.
A unos metros, sentado sobre un barril de roble y dándole un mordisco a una manzana verde, Félix nos miraba con los brazos cruzados y una sonrisa sobradora.
—Yo que vos no la subestimo, duque —acotó el comandante, masticando—. La jefa viene con el balance picado hoy. Pagaría por ver cómo le ponés los puntos.
Gideon dio un paso al frente y, con un movimiento fluido de sus brazos, el aire del patio se congeló de golpe. Una neblina oscura, pesada y cargada de hilos purpúreos empezó a brotar de sus manos, expandiéndose por el suelo como un depredador acechando. Su mirada azul se volvió afilada, letal. El Duque de la Noche en modo combate era un espectáculo que te quitaba el aliento.
Yo no me quedé atrás. Respiré hondo, busqué el núcleo en mi pecho y liberé mi maná. Una onda morada, brillante y perfectamente controlada, cubrió mi cuerpo, chocando contra sus sombras en el centro del patio y creando chispas de energía mística que crujían en el aire.
El simulacro arrancó con todo el potencial de ser una batalla épica. Gideon lanzó el primer ataque: una ráfaga de sombras veloces que buscaba rodearme las piernas. Con un movimiento rápido de cadera y un chasquido de mis dedos, levanté una barrera runa que disolvió su ataque en un segundo.
El enredo fue que, en vez de mantener la distancia militar y la seriedad táctica, el chip de la provocación se me activó por pura inercia física al tenerlo enfrente.
—Che, duque... qué movimientos tan fluidos tenés —le solté en voz alta, esquivando otra de sus sombras con un paso elegante hacia el costado—. Con esa agilidad para acorralar, me estás dando un par de ideas que no tienen nada que ver con el Templo Sagrado.
Gideon se congeló un milisegundo a mitad de su siguiente hechizo. Las sombras de sus manos parpadearon y el color rosado amagó con subirle por el cuello de la camisa. Intentó recuperar la compostura, entornando los ojos con una intensidad peligrosa.
—Concéntrese, Duquesa —siseó, aunque su voz sonó más ronca de lo normal—. Esto es un entrenamiento a muerte.
—Yo estoy re concentrada, mi amor —le respondí, lanzándole un hilo de maná morado directo al pecho, no para lastimarlo, sino para obligarlo a moverse.
Gideon esquivó el ataque con una zancada felina, apareciendo a escasos centímetros de mí por el flanco izquierdo. Estiró su mano enguantada para atrapar mi muñeca y anular mi flujo, pero yo giré sobre mi propio eje, pegando mi espalda contra su pecho y provocando que su brazo me rodeara la cintura por pura inercia del movimiento.
Nos quedamos estáticos en medio del patio. La magia de ambos seguía activa, pero los hilos morados y las sombras oscuras se habían trenzado a nuestro alrededor, envolviéndonos en un capullo místico que parecía más una danza de apareamiento que un combate de vanguardia. El calor de su cuerpo me pegó de lleno y yo eché la cabeza hacia atrás, mirándolo de reojo con los labios entreabiertos.
—Tocar la cintura en medio de un duelo... Qué táctica tan sucia, duque. Me parece que el reglamento militar no dice nada de andar abrazando a la rival —le susurré, sintiendo cómo sus dedos se apretaban con fuerza en mi cadera, delatando que su autocontrol pendía de un hilo.
—Usted me provocó primero, Cassandra —respondió Gideon cerca de mi oído, con la respiración entrecortada y los ojos azules fijos en mi boca, olvidándose por completo de la Santa, de la Iglesia y del carajo.
Desde el barril, un aplauso lento y sarcástico rompió la burbuja de tensión superficial.
—¡Bueno, listo! ¡Corten, corten! ¡Es un papelón esto! —gritó Félix, tirando los restos de la manzana al piso y levantándose de un salto, revoleando los ojos con total desparpajo—. De verdad, son un par de calenturientos infumables. Le pidio un simulacro de combate para salvar el pellejo contra el Vaticano y terminan frotándose la magia en el medio del patio como si estuvieran en el bar de la plaza a las cuatro de la mañana. ¡Qué falta de profesionalismo, por favor!
Gideon soltó mi cintura de golpe, dando un paso atrás y acomodándose la chaqueta con una tos seca, completamente colorado hasta la punta de las orejas por la puteada de su comandante.
Yo me di la vuelta, acomodándome las calzas con una sonrisa radiante y reatándome el pelo, disfrutando del cortocircuito que le habíamos causado al pobre Félix. El simulacro de combate había salido técnicamente para el demonio, pero en el balance de la tensión, nos habíamos llevado un diez absoluto. La Santa Ariadna no se imaginaba el nivel de fuego cruzado que le iba a caer en su propio Templo.