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IMPERIO DE CRISTAL " LA REYNA DE MAXIMILIAN"

IMPERIO DE CRISTAL " LA REYNA DE MAXIMILIAN"

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."

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Capítulo 14: Sombras en el Muelle

Maximilian no era un hombre que pasara por alto los detalles. Había construido su imperio detectando la más mínima debilidad en sus adversarios, y en ese momento, la debilidad de Amara era un grito silencioso. Notó cómo el color abandonaba sus mejillas y cómo sus dedos se cerraban sobre el borde del escritorio de obsidiana al mencionar los muelles.

—¿Los muelles inferiores, Yusuf? —preguntó Maximilian, sin apartar la vista de su esposa—. Ese no es lugar para "incidentes" menores. Es zona restringida.

—Hubo una pelea, señor. Dicen que un intruso intentó colarse en uno de los cargueros de exportación de oro. Los guardias lo interceptaron, pero el hombre… parecía conocer las rutas internas —respondió Yusuf, evitando mirar a Amara.

Maximilian se levantó. Su imponente figura proyectó una sombra larga sobre la habitación. Caminó hacia Amara y le tomó el mentón con una mano, obligándola a sostenerle la mirada. Sus ojos café eran dos cuchillas que buscaban la verdad en el fondo de sus pupilas oscuras.

—Pareces agitada, reina mía —susurró él, su aliento rozando su piel—. ¿Acaso tienes algún interés particular en los movimientos de carga de esta noche?

—Solo me sorprende que algo escape a tu control absoluto en esta ciudad —respondió ella, tratando de que su voz no temblara.

Maximilian soltó una risa seca.

—Nada escapa a mi control. Y para que lo compruebes, vienes conmigo. Vamos a ver quién es este intruso que cree que puede burlarse de mi seguridad.

Amara sintió que el aire se le escapaba. Si era Dario, y Maximilian lo encontraba, esta vez no habría destierro en el Mar del Norte; habría sangre sobre el mármol.

Bajaron en el ascensor privado, un descenso vertiginoso desde la gloria de la Torre Ra hasta las entrañas industriales de Neo-Luxor. El aire allí abajo era diferente: húmedo, cargado de salitre, aceite y el eco metálico de las máquinas. Los muelles inferiores eran el corazón sucio de la Ciudad del Sol, donde el oro se procesaba antes de salir al mundo.

Al llegar al muelle 4, un grupo de guardias rodeaba a una figura encogida en el suelo, bajo la luz mortecina de los focos de vapor. Maximilian avanzó con Amara del brazo, apretándola contra su costado con una posesividad que le cortaba la respiración.

—¿Este es el gran intruso? —preguntó Maximilian con desprecio.

El hombre en el suelo levantó la cabeza. No era Dario. Era un hombre mayor, harapiento, con el rostro marcado por la miseria de los niveles bajos. Pero al ver a Amara, sus ojos se abrieron con un reconocimiento que la hizo palidecer.

—Ella… la reina… —balbuceó el hombre—. Él dijo que la reina me pagaría si entregaba esto.

El hombre extendió una mano temblorosa. En su palma descansaba un pequeño amuleto de cobre, una figura egipcia barata que Amara reconoció de inmediato. Era el amuleto que ella le había regalado a Dario en secreto meses atrás, cuando aún creían en los milagros.

Maximilian tomó el amuleto con una lentitud aterradora. Lo observó bajo la luz del foco y luego miró a Amara. El silencio en el muelle fue interrumpido solo por el sonido del agua chocando contra el casco de los barcos.

—Un amuleto de cobre —dijo Maximilian, su voz volviéndose peligrosamente suave—. Un regalo de la reina a un mendigo… o un mensaje de un muerto que se niega a descansar.

Maximilian se giró hacia Yusuf, que permanecía rígido a unos metros.

—Llévense a este hombre. Interróguenlo hasta que confiese dónde encontró esto. Y Amara… —él se acercó a su oído, su barba rozando su piel fría—, espero por tu bien que tu "libertad" no haya empezado con una mentira tan grande como esta ciudad.

Desde la oscuridad de un contenedor cercano, un par de ojos observaban la escena. Dario estaba allí, herido y oculto, viendo cómo el hombre que amaba a su reina la arrastraba de regreso hacia las alturas de oro.

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