Después de la devastadora pérdida de su madre, Ayla se ve obligada a vivir con su padrastro en el Morro da Rocinha, en Río de Janeiro, donde es sometida a innumerables formas de abuso y violencia. En medio de la desesperación, busca consuelo en noches de alcohol, hasta que un encuentro casual con un grupo de amigos, liderado por Sombra, el dueño del morro, cambia el rumbo de su vida.
Con la ayuda de Sombra, Ayla finalmente logra liberarse de las garras de su padrastro.
Enfrentando traumas del pasado y nuevos desafíos, Ayla descubre que su historia está lejos de terminar. La batalla por la paz y estabilidad apenas comienza, y tendrá que superar muchos obstáculos para encontrar finalmente la tranquilidad que tanto anhela.
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Capítulo 4
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Capítulo Cuatro
Ayla
Me desperté con la luz del sol golpeándome en la cara, me levanté y fui al baño a tomar una ducha, tan pronto como salí vi la hora y gracias a dios no me había atrasado para hacerle el café al infeliz.
Bajé las escaleras y me llevé un susto cuando lo vi tirado en el sofá, en la mesita de enfrente había una botella de aguardiente y varias drogas.
Fui a la cocina y preparé el café y algo para comer, separé el de Raul y lo dejé en la mesita para que lo comiera cuando despertara. Organicé todo en la casa y puse algo de ropa a lavar, ya dejé la mezcla del almuerzo afuera y volví a mi habitación.
Me puse un vestido blanco de florecitas suelto, pues hacía bastante calor, me senté en mi cama y agarré mi notebook para poder adelantar mi trabajo.
Ya llevaba dos horas trabajando cuando oí un ruido de algo rompiéndose en el piso de abajo.
Me levanté y fui caminando despacio hasta la escalera.
Tan pronto como bajé hasta la mitad vi a mi padrastro enloquecido, estaba rompiendo todo, intenté volver a mi habitación pero ya era tarde, él me había visto.
—Ven aquí Ayla. —Gritó.
Sentí mi cuerpo temblar y bajé las escaleras despacio.
—¿Está todo… bien? —Digo tartamudeando.
—Ven aquí cerca de tu papi, querida. —dice él calmado.
Él intenta mantener la calma pero sé bien lo que está haciendo, ya comencé a sentir las lágrimas empeñadas en caer, mis manos se pusieron sudorosas, por favor hoy no, suplicaba en mi mente.
Me detuve a cierta distancia de él y me quedé mirando al hombre frente a mí, él era mucho más grande que yo, era evidente que estaba drogado y por lo que vi se había llenado la cara, todo esto por la mañana.
—Estás tan linda. —Dice él acercándose y yo intento alejarme. —¿Por qué te estás alejando, hija?
—¿Tú… necesitas… algo? —Pregunto con miedo.
Solo quería volver a mi habitación. Él se acerca a mí y cuando intento alejarme de nuevo él me jala por el brazo con fuerza. Siento las lágrimas correr por mi rostro, él jala mi cuerpo cerca de él y comienza a oler mi cuello.
—Tienes un olor tan bueno, me recuerda a tu madre. —Habla él y comienza a pasar la mano por mi cuerpo.
No, de nuevo no, por favor Dios, ayúdame.
Cuando él comenzó a subir mi vestido no sé qué me dio, lo empujé con todo e intenté correr a mi habitación, pero fue en vano, sentí una presión fuerte en mi cabeza y noté que él me había jalado por el cabello, caí al suelo con todo golpeándome la espalda.
—¿Qué piensas que estás haciendo, perra? —Gritó él.
Lo vi entrando en mi campo de visión y ahora su rostro estaba con la rabia estampada. Sentí todos mis músculos del cuerpo temblar de miedo, las lágrimas corrían sin parar por mi rostro.
—Te voy a enseñar a nunca faltarme el respeto, putita. —Él comienza a arrastrarme hasta el sofá.
—Para… por favor… por favor. —Yo imploraba, pero ya era demasiado tarde.
Él comenzó a agredirme de forma agresiva, sus golpes hacían que cada parte de mi cuerpo doliera, mi vestido blanco ya estaba rojo con mi sangre, no conseguía ni siquiera moverme bien, cuando yo pensé que él iba a parar, sentí su cuerpo pesado sobre el mío y allí tuve la certeza de que nuevamente sería violentada.
¿Por qué? ¿Qué hice para merecer esto?
Sentí que él salía de encima de mí y me quedé mirando fijamente una foto mía y de mi madre que había en la estantería que estaba enfrente del sofá, solo me quedé pensando que ella pasó por todo esto y aún murió, yo necesitaba hacer algo o iba a morir también.
No aguanté mucho y acabé desmayándome.
…
Me desperté sintiendo el peor dolor de todos, abrí mis ojos y noté que aún estaba en el sofá de la sala, intenté levantarme y fue una lucha para conseguirlo, subí las escaleras de forma lenta, y cuando llegué a la cima, vi al desgraciado durmiendo en su habitación.
Entré en mi habitación y cerré la puerta, fui caminando toda encogida hasta el baño y tan pronto como me detuve frente al espejo las lágrimas volvieron a caer, yo estaba sangrando y nuevos hematomas aparecían por mi cuerpo.
Me quité mi vestido y lo tiré directo a la papelera, caminé hasta la ducha y tan pronto como el agua entró en contacto con mi cuerpo casi grité de dolor.
Terminé la ducha y volví frente al espejo, noté un morado enorme en mi abdomen, allá fue el lugar que él más me golpeó.
Me puse una ropa y agarré una pastilla del día después en el cajón, desde la primera vez que él hizo esto conmigo, yo fui a la farmacia y compré remedios para mí, no podía dejar que un embarazo sucediera, porque si no además de que él mataría al bebé me mataría también.
Después de tomar la pastilla y los remedios para el dolor, me acosté en mi cama y me apagué.
…
Me desperté con el cuerpo aún enfermo, miré a la ventana y ya era de noche, agarré mi reloj y vi que eran las diez, me levanté y me puse un pantalón de chándal gris, una camiseta de tirantes finita blanca y una blusa de frío ligera gris.
No estaba consiguiendo andar bien, por el dolor en mi abdomen, pero aún así hice un esfuerzo, salí de casa y caminé hasta el bar, necesitaba beber y olvidar toda esta mierda, cuando aparecí frente al bar, vi a los chicos sentados en la mesa riendo, noté también que había un tipo nuevo con ellos, él parecía ser más serio, tampoco dejé de percibir lo guapo que era.
Dejé ese pensamiento de lado y fui acercándome a la mesa, intenté no aparentar que estaba con dolor, pero era casi imposible, acabé cojeando algunas veces.