Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
NovelToon tiene autorización de Phandi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
“Sombras entre ellos”
I. DON REMIGIO – Lenguas que envenenan
El sol de la tarde golpeaba con pereza las piedras del pueblo.
Don Remigio caminaba con sus bolsas en la mano, metido en los chismes como de costumbre, cuando lo vio.
Lo vio.
Un muchacho alto, de andar lento pero decidido, con el cabello aún enmarañado por los días de encierro.
Tenía el cuello sudado, la camisa sucia.
Pero sus ojos…
—¿Tomás? —murmuró Remigio, tragando saliva.
El joven se le acercó.
—Disculpe… ¿en este pueblo hay alguna propiedad o finca de la familia Luján?
Remigio se quedó blanco.
Piedra.
Parálisis.
—¿Tú… tú eres Tomás?
—No lo sé. Creo que sí. Eso dice el viejo que me encontró.
Tuve un accidente. Perdí la memoria. Solo sé que tenía que venir aquí.
No sé por qué… pero algo me arrastra a este lugar.
La lengua de Remigio vibró de emoción.
En su mente ya armaba la traición.
—Ven conmigo. Hay una señora que alquila habitaciones. Te puede ayudar.
Y lo llevó a la residencia de Doña Pachita, una mujer de 84 años, temida por sus rezos extraños y su té de jengibre con ruda.
El cuarto era sencillo, pero limpio.
Tomás se acomodó.
No sabía que, con cada paso que daba, se acercaba al filo.
Remigio corrió como un sabueso.
Sebastián estaba en la hacienda Montenegro.
—¡Tomás está vivo! —le gritó entrando sin permiso.
—¿¡Qué!?
—¡Lo vi con mis propios ojos! ¡Pero escúchame! No recuerda nada.
No sabe ni cómo se llama. Ni quién es.
Yo lo llevé a donde la bruja Pachita.
Y ahora, mi señor… esto le costará cien libras. Al contado.
Sebastián lanzó un florero contra la pared.
Los ojos inyectados.
La mandíbula apretada.
—Ese maldito no muere. Pero esta vez… esta vez lo mataré.
Y me aseguraré de que no quede ni polvo de él.
Remigio sonrió.
—No se adelante. Lo importante es que está en el pueblo… y no sabe que Elsa fue tuya. Ni que estás por casarte con ella.
II. ELSA – Lo que no pudo ser
Esa misma tarde, Elsa intentó escapar.
El portón trasero estaba mal cerrado.
Pero uno de los hombres de Sebastián, al que todos llamaban "Colmillo", la interceptó.
—Ni lo pienses, muñeca.
La empujó adentro sin escándalo.
La encerraron.
Sebastián llegó una hora después.
No dijo nada.
Solo la miró, con la sonrisa tensa de quien juega al ajedrez con piezas humanas.
—No te preocupes. No haré nada.
No esta vez.
Y se fue.
Ella lo vio irse… pero no se sintió aliviada.
Sintió… que algo se venía.
Algo peor.
III. EL ENCUENTRO QUE NO FUE
Al día siguiente, Sebastián ejecutó su plan.
Se vistió con ropa vieja, un sombrero de ala ancha y un bastón.
Caminó hasta la pensión de Doña Pachita.
Tomás salía a tomar aire.
—Buenas tardes, —dijo Tomás con educación— ¿usted es de aquí?
—De toda la vida, —respondió Sebastián, fingiendo voz ronca.
—Estoy buscando una finca. Algo que pertenezca a la familia Luján.
—No existe esa familia en este pueblo, joven.
Aquí solo están los Montenegro.
Y ese nombre… no lo he escuchado nunca.
Tomás frunció el ceño.
Un malestar frío recorrió su pecho.
—Gracias.
Mientras lo veía regresar a la residencia, Sebastián soltó una sonrisa cargada de sombra.
—Pobre imbécil. Tan cerca… y tan perdido.
IV. LA DECISIÓN DE ELSA
Sebastián no se detuvo.
Ordenó a tres de sus hombres colocarse cerca de la pensión.
Y armó la escena final.
Llevó a Elsa por un camino donde “casualmente” podría ver a Tomás.
Él estaba conversando con los hombres.
Elsa lo vio.
Sus ojos se abrieron.
Era él.
¡Tomás!
Su corazón casi le salió por la boca.
Iba a gritar…
a correr…
Pero los tres hombres de Sebastián abrieron ligeramente sus abrigos.
Y el brillo metálico de las armas brilló.
Ella entendió todo.
Él no estaba libre.
No estaba a salvo.
Estaba rodeado. Manipulado.
Usado.
Sebastián se acercó por detrás.
—¿Ves?
Él no vendrá.
Él no puede.
Elsa tragó saliva.
El pecho le ardía.
—Si quieres salvarle la vida…
entonces cásate conmigo.
Hazlo. Y no volverá a pasarle nada.
Elsa bajó la mirada.
Las lágrimas no le salían.
Solo un suspiro seco, como si el alma se quebrara por dentro.
—¿Y si lo matas igual?
—No lo haré. Pero tú no tendrás forma de saberlo.
Caminó a su casa.
Ya no lloró.
Solo dijo para sí misma:
"Tengo que casarme.
Porque si no lo hago… él morirá.
Y esta vez, sí morirá de verdad."
ecxelente