Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 11
El sonido de los cascos sobre el empedrado del patio no era un sueño. No esta vez.
Me desperté antes del amanecer, con el corazón martilleando contra mis costillas. Habían pasado tres semanas desde que su carta llegó para incendiar mis noches, y el rumor de que el destacamento de vanguardia regresaba para reabastecerse se había extendido por el cuartel como un reguero de pólvora. Me vestí a toda prisa, con las manos tan temblorosas que apenas podía abrochar los pequeños botones de nácar de mi corpiño.
Cuando bajé a la oficina, el aire era distinto. Ya no olía solo a papel viejo y polvo; el ambiente estaba cargado de esa electricidad que solo Alistair Thorne era capaz de generar.
—Ha vuelto —murmuró el Capitán Vane, sin levantar la vista de un mapa manchado de café—. Y viene con un humor de mil demonios, Elena. Si tienes que entregarle algo, hazlo rápido y sal de ahí. Perdimos hombres en el paso de Blackwood. El hielo se ha cobrado su precio.
Sentí una punzada de angustia. No era solo el miedo a su carácter; era el miedo a lo que la guerra le hubiera hecho a ese hombre que, por un breve momento sobre un escritorio, me había dejado ver su alma.
Subí las escaleras. Cada paso pesaba una tonelada. Al llegar a su puerta, inhalé profundamente el aroma que se filtraba por las rendijas: cuero húmedo, caballo y ese olor metálico a sangre y acero que siempre lo acompañaba tras el combate.
Llamé.
—¡Dije que no quería interrupciones! —el grito me hizo dar un respingo, pero no retrocedí.
—Soy yo, Excelencia. Elena.
Hubo un silencio sepulcral. Podía jurar que escuchaba su respiración pesada al otro lado de la madera. Finalmente, el cerrojo giró con un sonido seco.
—Entra.
Alistair estaba de pie junto a la ventana, dándome la espalda. Se había quitado la coraza, pero aún llevaba la túnica militar negra, manchada de barro seco y nieve derretida. Sus hombros, anchos como el mundo, se veían tensos, como si estuviera cargando el peso de cada soldado caído.
—Traigo los registros de las bajas y las solicitudes de reabastecimiento que pidió —dije, mi voz apenas un susurro. Me acerqué con cautela, dejando los papeles sobre la mesa, justo al lado de donde habíamos tenido nuestro encuentro semanas atrás.
Él se giró lentamente. Se me cortó el aliento. Tenía una cicatriz nueva, fina y roja, que le cruzaba el pómulo izquierdo. Sus ojos grises estaban hundidos, rodeados de ojeras profundas, y su mirada… su mirada era un glaciar. No quedaba ni rastro del hombre que me había escrito que su sangre hervía al recordarme.
—Déjalos y vete —dijo, su voz tan fría que dolió más que una bofetada.
—Alistair… —el nombre se me escapó antes de que pudiera procesar el protocolo. Di un paso hacia él, impulsada por un instinto de consuelo que anulaba mi timidez—. Tu carta… yo pensé que…
—Mi carta fue un error —me cortó, clavando sus ojos en los míos con una crueldad deliberada—. Estaba cansado, rodeado de muerte y con la mente nublada por el frío. No confundas la necesidad física de un hombre en el frente con algo más, Elena.
Sentí cómo se me escapaba el aire de los pulmones. Era como si me hubiera golpeado directamente en el estómago. El calor que había estado alimentando en mi pecho se convirtió en ceniza en un segundo.
—¿Necesidad física? —repetí, mi voz temblando de rabia y humillación—. Me tocaste como si fuera lo único real en tu vida. Me pediste que te escribiera. Me dijiste que terminarías lo que empezamos.
Él se acercó a mí con una rapidez aterradora, atrapándome contra la pared en un movimiento que recordaba demasiado a nuestro último encuentro, pero esta vez no había ternura. Sus manos se apoyaron a ambos lados de mi cabeza, encerrándome.
—Y lo terminaría ahora mismo si fuera un hombre más débil —gruñó, inclinándose tanto que podía sentir el frío de su ropa mojada contra mi vestido—. Podría levantarte este vestido ahora mismo, tomarte sobre esta mesa y borrar ese brillo de esperanza de tus ojos. Pero no soy el hombre que crees. Soy un soldado, y lo que siento cuando te miro… —su mandíbula se tensó hasta el punto de la ruptura— es una debilidad que no puedo permitirme.
A pesar de sus palabras hirientes, su cuerpo me decía algo muy distinto. Su aliento contra mis labios era errático, y pude ver cómo su mirada bajaba irresistiblemente hacia mi boca, hambriento, desesperado. La tensión sensual entre nosotros era tan espesa que casi podía tocarse; un campo de batalla entre su voluntad de hierro y el deseo incontrolable que lo quemaba por dentro.
En un arrebato de valentía nacida del dolor, alargué la mano y toqué la nueva cicatriz en su rostro. Él cerró los ojos y soltó un suspiro estremecedor, inclinando su cabeza hacia mi palma por un segundo, traicionándose a sí mismo.
—No eres de hielo, Alistair —susurré—. Estás ardiendo. Y tienes miedo de que yo sea la única que puede apagar ese fuego.
Él abrió los ojos, y por un instante vi una vulnerabilidad tan pura que me asustó. Pero entonces, la máscara volvió a caer. Se apartó de mí bruscamente, dándome la espalda de nuevo.
—Vete, Elena. Si te quedas un segundo más, haré algo de lo que ambos nos arrepentiremos. Y esta vez, no habrá cartas que lo arreglen.
Salí del despacho casi tropezando, con las lágrimas quemándome los ojos. Mi timidez, esa vieja amiga traicionera, regresó para susurrarme que Genevieve tenía razón: yo era solo un juego.
Bajé a la oficina y, cegada por el dolor y la confusión, cometí el error que marcaría los siguientes días. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no me fijé en el documento que estaba sellando. Era una orden de suministros críticos para el regimiento de caballería que partía esa misma tarde. En lugar de sellar la ruta segura por el valle, por un despiste fruto de mi estado emocional, puse el sello en la ruta del desfiladero… una zona propensa a emboscadas si el clima empeoraba.
No me di cuenta en ese momento. Solo quería desaparecer.
Esa noche, en la soledad de mi habitación, me desnudé con movimientos mecánicos. Me miré en el espejo y odié la forma en que mi cuerpo todavía vibraba por su cercanía, odié cómo mis pezones se endurecían al recordar el roce de su uniforme. Me toqué, pero no hubo placer, solo una punzada de soledad amarga.
"Me terminaría ahora mismo si fuera un hombre más débil", había dicho.
Cerré los puños. Si él quería guerra, la tendría. Si pensaba que podía asustarme con su frialdad después de haberme mostrado su fuego, es que no conocía la fuerza de una mujer que no tiene nada que perder.
Pero mientras intentaba dormir, el peso de su regreso se sentía como una losa. No sabía que mi error con el sello de suministros estaba a punto de provocar un desastre, y que Alistair, a pesar de sus palabras crueles, sería el único capaz de salvarme de las consecuencias de mi propia desesperación.
El hielo no se había roto; se había vuelto más afilado. Pero yo estaba dispuesta a sangrar con tal de atravesarlo.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉