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Marcada Por El Pecado

Marcada Por El Pecado

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Romance oscuro
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naimastran

Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.

NovelToon tiene autorización de Naimastran para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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La lluvia caía con una furia casi violenta sobre Buenos Aires, como si el cielo intentara limpiar una ciudad que ya estaba demasiado manchada.

Valentina Ríos observaba las gotas deslizarse por el vidrio del taxi, con el corazón latiéndole más rápido de lo normal. No era miedo. No todavía. Era ansiedad… una especie de presentimiento que no sabía explicar.

Tenía una sonrisa leve en los labios.

Esa noche iba a sorprender a Santiago.

Habían pasado semanas extrañas. Distancia. Excusas. Silencios incómodos. Pero ella había decidido no rendirse. No todavía. No con él. No con todo lo que habían construido.

O eso creía.

Sus dedos se deslizaron sobre la bolsa que llevaba en el regazo. Dentro había una botella de vino, velas pequeñas… y algo más. Algo que la hizo sonrojarse apenas de pensarlo.

Quería recuperarlo.

Quería que él volviera a mirarla como antes.

—Ya llegamos —dijo el taxista.

Valentina pagó rápidamente y bajó del auto, ajustándose el abrigo mientras la lluvia empapaba sus piernas. El edificio de Santiago se alzaba frente a ella, elegante, frío… distante.

Como él últimamente.

Caminó hacia la entrada con el corazón acelerado, marcando el código que conocía de memoria. La puerta se abrió con un leve clic.

Todo estaba en silencio.

O eso parecía.

Subió por el ascensor, acomodándose el cabello frente al reflejo del espejo. Respiró hondo.

Una sorpresa.

Una nueva oportunidad.

Un comienzo.

Las puertas se abrieron en el último piso.

Y entonces…

Lo escuchó.

Primero fue un sonido suave. Apenas perceptible.

Después otro.

Más claro.

Más inconfundible.

Un gemido.

El mundo de Valentina se detuvo.

Sus pies avanzaron solos, como si no le pertenecieran. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. Su respiración se volvió irregular.

—No… —susurró.

Pero ya lo sabía.

La puerta del departamento estaba entreabierta.

Y desde adentro…

No había dudas.

Empujó.

Lento.

Demasiado lento.

Como si al hacerlo retrasara lo inevitable.

Pero no pudo evitarlo.

Y lo vio.

Santiago.

Desnudo.

Encima de otra mujer.

Las manos de él recorriendo un cuerpo que no era el suyo. Los labios que tantas veces la habían besado… ahora en otra piel.

El aire desapareció de sus pulmones.

El tiempo dejó de existir.

Algo dentro de ella se rompió.

No hizo ruido.

No gritó.

No lloró.

Solo… se quedó ahí.

Mirando.

Sintiendo cómo todo lo que creía seguro… se convertía en cenizas.

La mujer fue la primera en verla.

—Santiago… —murmuró, apartándose apenas.

Él giró.

Y cuando sus ojos se encontraron con los de Valentina… el pánico cruzó su rostro.

—Valentina…

Ese nombre.

Dicho como si aún significara algo.

Como si todavía tuviera derecho a pronunciarlo.

Ella dio un paso atrás.

Después otro.

Negando con la cabeza.

—No… no… —su voz era apenas un hilo roto.

Pero entonces…

Algo más llamó su atención.

Algo que hizo que ese momento, ya insoportable, se volviera mucho peor.

Porque no estaban solos.

Había hombres en la sala.

Tres.

Vestidos de negro.

Serios.

Armados.

El olor metálico en el aire no era imaginación.

Era sangre.

Valentina sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

—¿Qué es esto? —susurró, mirando alrededor, completamente desorientada.

Santiago reaccionó rápido.

Demasiado rápido.

Se levantó, tomando lo primero que encontró para cubrirse, caminando hacia ella.

—Tenés que irte —dijo en voz baja, urgente. Aunque ya era tarde, porque uno de los hombres se movió, y no cualquiera.

Era él.

Alto.

Imponente.

Vestido con un traje negro perfectamente ajustado a su cuerpo. Su presencia llenaba el lugar sin esfuerzo. No necesitaba levantar la voz. No necesitaba hacer nada.

Porque todo en él… imponía.

Sus ojos oscuros se posaron en Valentina.

Y el aire se volvió más pesado.

Más peligroso.

—¿Y esta quién es? —preguntó, con una calma que helaba la sangre.

Santiago tragó saliva.

—Nadie.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

Los ojos de ese hombre no se apartaron de ella ni un segundo.

La recorrieron lentamente.

Analizándola.

Midiéndola.

Desarmándola sin tocarla.

Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No era como los otros.

Era peor.

Mucho peor.

—Nadie no entra así a un departamento privado —dijo él, dando un paso hacia adelante.

El sonido de sus zapatos contra el suelo fue seco. Definitivo.

—Se equivocó —insistió Santiago, con una tensión evidente en la voz.

Pero el hombre no parecía interesado en sus palabras.

Solo en ella.

Valentina retrocedió.

Instinto puro.

—Yo… yo no vi nada… —balbuceó.

Mentira.

Había visto todo.

Demasiado.

El hombre inclinó levemente la cabeza.

Una sombra de algo parecido a una sonrisa cruzó sus labios, pero no era amable.

Era peligrosa.

—Eso no es lo que me preocupa.

Su voz era baja.

Grave.

Cercana.

Aunque aún no la tocaba.

Y sin embargo… se sentía como si ya lo hiciera.

—Entonces… ¿qué? —preguntó ella, sin poder evitarlo.

Error.

Grave error.

Porque algo en sus ojos cambió.

Interés.

Oscuro.

Intenso.

—Vos —respondió simplemente.

El silencio se rompió en mil pedazos dentro de su cabeza.

Valentina sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.

—Dante… —intentó intervenir Santiago.

Aún así, el nombre ya había quedado suspendido en el aire.

Dante.

Ella lo miró.

Y por primera vez… entendió.

Ese hombre no era solo peligroso.

Era poder.

Era control.

Era el tipo de hombre del que no se escapaba.

—Sacala de acá —ordenó uno de los otros hombres.

Pero Dante levantó una mano, y todos se detuvieron.

—No.

Una sola palabra.

Y bastó.

Se acercó un poco más.

Ahora sí.

Demasiado cerca.

Valentina podía sentir su presencia envolviéndola. Sofocándola.

—¿Cómo te llamás? —preguntó.

Ella dudó, no obstante, algo en su mirada, la obligó.

—Valentina.

Dante repitió el nombre en voz baja, como si lo probara.

Como si lo hiciera suyo.

—Valentina…

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

—Tenés dos opciones —continuó él, con una calma perturbadora—. Quedarte… o correr.

El aire se volvió irrespirable.

—Yo… —empezó ella.

Pero no terminó.

Porque su instinto ya había decidido.

Corrió.

Giró sobre sus talones y salió del departamento sin mirar atrás, sin escuchar los gritos de Santiago, sin pensar en nada más que en escapar.

El sonido de sus pasos resonaba en el pasillo.

El ascensor tardaba demasiado.

Las escaleras.

Bajó.

Tropezó.

Se levantó.

Siguió.

La lluvia la recibió como un golpe cuando salió del edificio, empapándola en segundos.

Pero no se detuvo.

No podía.

No debía.

Porque aunque no lo viera…

Lo sentía.

Esa mirada.

Clavada en su espalda.

Marcándola.

Desde la ventana del departamento, Dante observaba.

En silencio.

Inmóvil.

Sus manos en los bolsillos.

Su expresión… ilegible.

—Es un problema —dijo uno de los hombres detrás de él.

Dante no respondió de inmediato.

Sus ojos seguían fijos en la figura que se alejaba bajo la lluvia.

Pequeña.

Frágil.

Y completamente fuera de lugar en su mundo.

—No —dijo finalmente.

Su voz fue baja.

Pero firme.

—Es interesante.

El otro hombre frunció el ceño.

—¿Qué querés hacer?

Dante sonrió apenas.

Una sonrisa que no prometía nada bueno.

—Nada, por ahora.

Sin embargo, en su mente, ya estaba decidido.

Porque en ese mundo, las cosas no ocurrían por accidente, y Valentina no había sido un error, había sido un comienzo.

Esa noche, mientras corría sin saber hacia dónde, Valentina aún no lo entendía, pero ya era tarde.

Había cruzado la puerta equivocada.

Había visto demasiado.

Y lo peor de todo, jabía llamado la atención del hombre equivocado.

Y Dante Moretti, nunca soltaba lo que le interesaba.

Nunca.

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