La escuela está en pánico, en el pueblo pasan cosas extrañas, los padres ya no dejan salir a sus hijos, algunos murmuran sobre un animal raro, ¿un perro grande, o algo más?, nadie se atreve a decirlo en voz alta.
NovelToon tiene autorización de Mar de cristal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Rompiendo la distancia
El profe Harry todavía tenía el marcador en la mano cuando se abrió la puerta del salón.
Zack entró tarde. Traía la mochila en un hombro. La ceja con una curita nueva. Todos se callaron.
—Siéntate Walker —dijo el profe sin mirarlo— y la próxima vez llega a tiempo.
Zack no contestó. Caminó directo hasta la banca de atrás. La de siempre. Dos filas detrás de mí. Valeria le sonrió desde su lugar. Él no le devolvió la sonrisa.
Irina me apretó el brazo por debajo de la mesa.
—Mira quién decidió aparecer —susurró.
No volteé. Sentía su mirada en la nuca.
El profe pegó el papel amarillo en el pizarrón.
—Campamento de tres días —dijo—En el bosque Estatal Educativo Holmes. Experimento de biología de campo. Obligatorio. Autorización firmada para mañana.
Luke desde la otra esquina chifló bajito.
—Tres días en el bosque —dijo— suena bien.
Zack no se rió. Golpeó el lapicero contra la mesa. Una vez. Dos. El profe lo miró.
—¿Algún problema Walker?
—No —dijo Zack sin levantar la vista— ningún problema.
Sonó el timbre. Todos se pararon. Yo agarré mi mochila rápido. Quería salir antes que nadie.
—Caroline —la voz de Zack detrás de mí— espera.
No esperé. Irina ya me estaba jalando del brazo.
—Vamos —dijo— que este salón se puso chico de repente.
Salí con Irina. Zack se quedó parado junto a su banca.
Estuve con el grupo algunos minutos para despedirme, vi a Zack pasar frente a nosotros con su grupo, ninguno de ellos volteó a mirar.
La casa estaba vacía cuando llegué.
Ni papá. Ni Angi. Solo una nota en el refri: “Volvemos tarde. Hay pizza en el horno.”
Yo dejé la mochila en el sillón. El papel amarillo del campamento en la heladera, Zack llegó detras de mí, cerró la puerta con seguro. Dos vueltas. El sonido me hizo dar un brinco.
—Relájate —dijo sin mirarme— están en una cena. Vuelven hasta las once.
Me senté en la esquina del sillón. Lejos de él. Abrazando un cojín.
—No tengo hambre —dije bajito.
Zack sacó la pizza. La puso en la mesa. No se sirvió. Se quedó parado mirándome.
—Caroline —dijo después de un rato— no voy a hacerte nada.
No contesté. Miraba mis tenis.
Él suspiró. Fue a su cuarto. Regresó con un control. Prendió la tele.
—No sé —dijo rascándose la nuca— ¿qué te gusta ver? ¿Terror? ¿Comedia? ¿Las de Marvel?.
Lo miré por fin.
—¿Por qué haces esto? —dije— ayer me echaste del cuarto. Hoy actúas amable, como si nada.
Zack se sentó en el sillón a mi lado.
—Sin hablar. ¿Trato?
Tragué saliva. El silencio de la casa era peor que sus gritos.
—Trato —dije apenas.
Puso una de Marvel. La de Iron Man. La miramos en silencio, no dijo nada más. Solo me pasó un plato con pizza. Yo le dije___ Gracias.
Le di un mordisco, no por hambre. Por no sentir el nudo en la garganta.
No me sentía segura. Pero por primera vez en días Zack no estaba raro. Solo estaba ahí. Viendo la película.
Desde que empezó la película, yo no vi ni un minuto.
Iron Man volaba en la pantalla. Explosiones, chistes malos. No escuchaba nada. Tenía los ojos pegados en él.
Zack estaba recargado en el sillón, concentrado. Mandíbula apretada. La luz de la tele le marcaba la línea de la nariz. La cicatriz nueva de la ceja. La curita medio despegada. Tenía una sombra de barba que ayer no estaba o recién lo había notado.
No me miraba. No sabía que lo miraba.
Bajé la vista a sus manos. Grandes. Nudillos raspados. Uno con una costra. El de cuando peleó con Luke. Los tenía cerrados sobre las rodillas. Apretados. Como si la película lo tuviera tenso. O como si se estuviera aguantando de algo.
Subí otra vez a su cuello. La línea de la garganta cuando tragó saliva. Una marca roja estaba ahí. No de golpe, de chupones de Valeria. Apreté el cojín.
Él se pasó la mano por el pelo, corto, desordenado.
Se rió bajito con un chiste de Tony Stark. La risa le movió el pecho. No me miró. No supo que yo conté los segundos que le duró la sonrisa. Después volvió a apretar la boca.
Yo respiraba despacio. Estudiaba cada gesto. Cada músculo del brazo cuando agarraba el control. Cada vez que parpadeaba. Cada vez que su pierna rebotaba contra el suelo sin que él se diera cuenta.
No era mi hermanastro ahí. Era Zack y creo que me empezó a gustar.
—Caroline —dijo de repente sin voltear— si sigues viéndome así voy a pensar que la película soy yo.
Me ardió la cara. Bajé la vista a la pizza fría.
—No te estaba viendo —mentí.
Zack soltó el aire por la nariz. Media sonrisa. No me creyó.
—Ajá —dijo y le subió el volumen— entonces mira a Iron Man. Está por salvar el mundo.
No lo miré a él. No miré la película. Me quedé ahí. Perdida en su rostro. En sus manos. En su cuello. Y él concentrado en la pantalla. Fingiendo que no sentía mi mirada quemándole la piel.
La película seguía pero yo no respiraba.
Él lo sintió, dejó de reírse, dejó de apretar los puños, dejó de fingir. Giró la cabeza lento. Muy lento. Como si le costara.
Y me miró.
No como Zack el hermanastro. No como el que me echó del cuarto. No como el que oculta cosas. Me miró como si me viera por primera vez en semanas.
Tenía los ojos grises oscuros. Cansados. Y algo más. Algo que no le había visto nunca. Algo que dolía.
No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada, me atravesó, me leyó. Cada vez que yo bajé la vista a su cuello. Cada vez que miré sus manos. Cada vez que conté sus respiraciones. Él lo supo. Todo.
—Caroline —dijo bajito.
Pronunció mi nombre. “Caroline aléjate de Luke”___ Dijo casi en un susurro.
Se le movió la garganta cuando tragó. La marca roja de Valeria se estiró. A él no le importó. No la tapó. No bajó la vista.
Yo no pude hablar. Tenía el cojín clavado en el pecho. El corazón me golpeaba las costillas. Porque no me miraba con rabia. No me miraba con burla. Me miraba como si quisiera protegerme de todo, de Luke, de Irina, de él mismo. Y no sabía por qué.
Zack se inclinó apenas hacia adelante. Un centímetro. Nada más. Sus nudillos estaban blancos de apretar el sillón.
—No sé qué me pasa contigo —dijo y su voz salió ronca— no sé por qué me duele cuando corres. No sé por qué me mata que me mires así. Llevamos semanas viviendo juntos. Semanas. Y ya no sé si te veo como....
Se calló. Apretó los ojos un segundo. Cuando los abrió seguían en los míos.
—No eres mi hermana —dijo al fin— y aún así te cuido como si lo fueras. Y me estoy volviendo loco por eso.
La tele seguía hablando. Iron Man salvando a alguien. Nosotros nos estábamos ahogando aquí.
Yo no me moví. No podía. Porque por primera vez Zack me miró a los ojos y no vio a una hermanastra de semanas. Vio a la chica que no puede tener. A la que quiere proteger sin entender la razón. Y yo lo vi a él. Y no quise correr.