El amor entra por el estómago y los ojos
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22
La camioneta blindada atravesó los enormes portones de hierro de la mansión Románov como si fuera un tanque entrando en un santuario. Jazmín y Mirna estaban pegadas a la ventana, con los ojos como platos. La propiedad era una fortaleza de mármol, jardines perfectamente podados y hombres armados apostados en cada rincón, quienes se cuadraban al ver pasar el vehículo de Igor.
—Si nos matan aquí, al menos moriremos rodeadas de lujo —susurró Mirna, aunque sus manos apretaban el bolso con fuerza.
—Nadie las va a matar, dejen de ser dramáticas —dijo Igor desde el asiento del conductor, divertido por el pánico de las mujeres—. Aunque si rompen la tarta, no respondo por Sergei.
Al bajar del vehículo frente a la entrada principal, se toparon con una escena inesperada. Un sedán europeo estaba estacionado justo detrás de ellos y, bajando del mismo con su maletín médico, aparecía el doctor Alfonso. En cuanto vio a Igor, el médico soltó una carcajada burlona.
—¡Vaya! Pero si es el niñero de lujo —exclamó Alfonso, caminando hacia ellos—. ¿Qué pasa, Igor? ¿Ya aprendiste a cambiar pañales o sigues siendo el cargabultos oficial de la princesa?
Igor rodó los ojos y se quitó las gafas de sol, encarando al doctor con una sonrisa desafiante.
—Cállate, Alfonso. ¿Qué haces aquí? ¿Vienes a ver si por fin aprendiste medicina o solo vienes a gorrear el té de Inna como todas las mañanas?
—Vengo a ver que la niña no haya tenido una recaída por culpa de los dulces mediocres que seguramente le traes —replicó el doctor, dándole un empujón amistoso en el hombro que casi hace que Igor tropiece.
—¡Mediocres tus diagnósticos, carnicero! —Igor le devolvió el empujón, haciendo que el doctor tambaleara—. Mira lo que traigo aquí —señaló a Jazmín y Mirna—, repostería de verdad. Algo que tú no podrías recetar ni en mil años.
Jazmín y Mirna se miraron, totalmente confundidas. Los dos hombres, que parecían pilares de seriedad y peligro, se estaban empujando y haciendo bromas pesadas como si tuvieran diez años. Alfonso miró a las invitadas y les guiñó un ojo.
—No le hagan caso, señoritas. Este gigante es todo músculo y nada de cerebro. Yo soy el único cuerdo en esta jaula de locos. Alfonso, un placer —dijo el médico, extendiendo su mano hacia Jazmín con elegancia.
—Jazmín... y ella es Mirna —logró decir la pastelera, todavía procesando la dinámica infantil entre el sicario y el doctor.
—¡Ya, muévete, Alfonso! No estorbes la mercancía —Igor empujó al doctor hacia la entrada mientras Neón pasaba por su lado cargando las cajas con una expresión de "esto pasa todos los días".
Entraron en la mansión y el lujo interior las dejó sin aliento. Techos altos, lámparas de cristal y un silencio sepulcral que solo era roto por las risas lejanas de una niña. Al fondo, a través de los ventanales que daban al jardín, pudieron ver a Sergei. Estaba sentado en una silla de hierro forjado, con una taza de té minúscula en la mano y la pequeña Inna saltando a su alrededor.
La figura de Sergei, con su traje oscuro contrastando con el verde del jardín, emanaba una autoridad que hizo que el corazón de Jazmín diera un vuelco. Él se puso de pie al verlos llegar, y su mirada azul se clavó directamente en Jazmín, ignorando por completo las payasadas de Igor y Alfonso.
—Llegan tarde —dijo la voz ronca de Sergei desde el umbral de la terraza, aunque sus ojos decían algo muy distinto a un regaño.
Jazmín sintió que el aire se le escapaba. Estaba en el territorio del lobo, rodeada de hombres que se peleaban como niños pero mataban como monstruos, y el jefe de todos ellos la estaba esperando con una intensidad que prometía cambiarlo todo.
—Traemos los refuerzos, Pakhan —anunció Igor, dándole un último golpe en la nuca al doctor—. El azúcar ha llegado.