"A veces, el final de un matrimonio es solo el prólogo de tu verdadera historia de amor."
A sus 40 años, Elena creía tener la vida perfecta: un matrimonio sólido de dos décadas y una posición social envidiable. Todo se derrumba la noche en que descubre que su esposo, el frío y calculador Julián, no solo le es infiel, sino que planea dejarla en la ruina para iniciar una nueva vida.
Humillada y al borde del abismo, Elena decide que no será la víctima de esta historia. En su camino hacia la libertad, aparece Gabriel, un hombre mucho más joven, audaz y peligrosamente encantador, que ve en Elena la pasión y el fuego que Julián intentó apagar durante años.
Mientras Elena orquesta su venganza contra el hombre que la traicionó, deberá enfrentar sus propios prejuicios: ¿Es demasiado tarde para volver a amar? ¿O es este el momento perfecto para descubrir quién es ella realmente?
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capitulo 2
El sol de la mañana se filtra por las rendijas de las persianas, dibujando rayas de luz sobre la alfombra del vestidor. No he dormido nada, pero no siento cansancio. Siento una lucidez eléctrica, una claridad que nunca experimenté en mis décadas de "buena esposa". Me levanto de la otomana con los huesos crujiendo, pero con la mente afilada.
Bajo a la cocina. El silencio de la madrugada ha sido reemplazado por el ruido doméstico que solía ser mi orgullo y que hoy me produce náuseas. Julián está sentado en la cabecera de la mesa, leyendo noticias en su tableta mientras toma el café que, por inercia, la cafetera automática preparó a la hora de siempre.
Frente a él, sentada en *mi* silla, está ella.
Es más joven, por supuesto. Tendrá unos veintitantos, la piel tersa y ese aire de triunfo que solo tienen quienes creen que han ganado un premio, sin darse cuenta de que se están llevando un fardo de basura. Lleva puesta una de mis batas de seda, la de color perla que Julián me regaló hace dos aniversarios. Verla ahí, bebiendo de mi taza favorita, debería haberme roto el corazón. En cambio, me provoca una risa seca que logro sofocar en mi garganta.
—Elena, finalmente bajas —dice Julián sin apartar la vista de la pantalla—. Ella es Rebeca. Ya te dije anoche cómo serán las cosas. Rebeca tiene un embarazo delicado y necesita tranquilidad. Espero que no hagas ninguna escena.
Rebeca me mira por encima del borde de la taza. No hay rastro de culpa en sus ojos, solo una curiosidad casi cruel, como quien observa a un animal herido en el zoológico.
—Hola, Elena —dice con una voz dulce, ensayada—. Julián me ha hablado mucho de ti. Siento mucho lo de tu... condición. De verdad. No quiero ser una carga.
No respondo. Camino hacia la nevera, saco un cartón de zumo y bebo directamente de él. Julián se tensa. Él odia los malos modales, odia que se rompa la etiqueta de su mesa perfecta.
—Elena, por Dios, usa un vaso —gruñe él, dejando la tableta sobre la mesa—. Y podrías al menos saludar. Rebeca está haciendo un esfuerzo por ser amable.
Me limpio la boca con el dorso de la mano y lo miro. Julián parece un extraño. El hombre al que le planché las camisas durante nueve años es solo un extraño con un traje caro.
—¿Amable? —pregunto con voz ronca—. ¿Es amable mudarse a la casa de una mujer que acaba de recibir un diagnóstico terminal mientras lleva el hijo de su marido? No sabía que la amabilidad había cambiado tanto de definición.
—No empieces —advierte él, señalándome con el dedo—. Te advertí las condiciones. Si quieres que tu abuela siga recibiendo su tratamiento en el San Jorge, vas a mantener la boca cerrada y vas a ayudar a que Rebeca se sienta cómoda. Ella no sabe cocinar, así que espero que sigas encargándote de la casa. Al menos hasta que... bueno, hasta que ya no puedas.
"Hasta que ya no puedas". Se refiere a mi muerte. Lo dice con la misma naturalidad con la que hablaría de un electrodoméstico que está a punto de quemarse.
Miro a Rebeca. Ella se acaricia el vientre, todavía plano, con un gesto posesivo.
—Me gustaría desayunar huevos benedictinos, Elena —dice ella, con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Julián dice que te salen deliciosos.
Siento un calor que me sube por el cuello. No es vergüenza, es fuego. Durante años, mi valor en esta casa se midió por lo bien que servía, por lo limpia que estaba la plata, por lo silenciosa que era mi presencia. Pero hoy, ese sobre blanco que dejé en el vestidor me ha dado un superpoder: el derecho a no importarles.
—Si quieres huevos, cocínalos tú —digo con calma—. O que los cocine tu amante. Yo he terminado de ser la empleada gratuita de este matrimonio de tres.
Julián se pone de pie, su silla chirría violentamente contra el suelo.
—¿Qué has dicho?
—Lo que has oído, Julián. Me quedan meses de vida. ¿Realmente crees que voy a pasarlos batiendo huevos para la mujer que te acuesta? —Me río, y esta vez la risa sale libre, salvaje—. Estás loco. Estás absolutamente desquiciado si crees que tu chantaje sobre mi abuela me va a convertir en la criada de tu amante.
—Elena, ten cuidado —sisea él, acercándose—. No me tientes. Puedo llamar a la residencia ahora mismo.
—Hazlo —lo desafío, dando un paso hacia él—. Llama. Pero recuerda que si mi abuela sale de ahí, yo no tengo ninguna razón para mantener las apariencias. Iré a tu oficina. Iré a la prensa. Les contaré cómo el "Arquitecto del Año" tiene a su esposa con cáncer viviendo con su amante embarazada para ahorrarse el divorcio. ¿Cómo crees que afectará eso a tus contratos con la alcaldía?
Julián se detiene. Sus ojos se entrecierran. He dado en el blanco. Su reputación es lo único que ama más que a sí mismo. Rebeca mira a Julián, esperando que él me ponga en mi sitio, pero él guarda silencio, procesando la amenaza.
—Solo será por un tiempo, Julián —añado, suavizando el tono pero manteniendo el veneno—. Pero las reglas han cambiado. A partir de hoy, yo no existo para ustedes, y ustedes no existen para mí. Voy a salir.
—¿A dónde vas? —pregunta él, recuperando algo de su tono autoritario—. Tienes que descansar, estás enferma.
—Voy a gastar tu dinero, Julián. Mucho de tu dinero. Consideralo un pago por adelantado por los servicios prestados durante casi una década.
Salgo de la cocina sin esperar respuesta. Subo a la habitación, ignoro el desorden que han dejado en nuestra cama —mi cama— y busco mi bolso. Tomo las tarjetas de crédito, las adicionales que él siempre controlaba con lupa. Hoy no me importa el límite.
Conduzco hacia el centro de la ciudad. El aire que entra por la ventanilla se siente distinto. Veo a la gente caminar, apresurada, preocupada por sus trabajos, por sus deudas, por el tráfico. Yo los miro con una envidia dolorosa. Ellos tienen tiempo. Tienen mañanas aburridas aseguradas. Yo tengo una cuenta atrás que hace tic-tac en mi pecho.
Llego a una de las zonas más exclusivas. Entro en una boutique donde siempre me daba miedo comprar porque la ropa era "demasiado llamativa" para el gusto sobrio de Julián. Él siempre decía que una mujer de mi posición debía vestir colores neutros, cortes clásicos, nada que gritara.
—Buenos días —me recibe una dependienta joven, evaluando mi aspecto cansado y mi ropa de ayer—. ¿Busca algo en especial?
—Busco algo que me haga sentir viva —respondo, mirándola directamente—. Algo que mi marido odiaría.
La chica sonríe, comprendiendo más de lo que debería. Me trae vestidos de seda roja, faldas de cuero negro que se ajustan como una segunda piel, tacones de aguja que parecen armas. Me pruebo un vestido verde esmeralda con la espalda descubierta. Al mirarme al espejo, casi no me reconozco. La palidez de mi rostro resalta, sí, pero mis ojos tienen una chispa que la Elena de hace dos días no poseía.
—Te ves increíble —dice la chica—. Ese color le da luz a tu piel.
—Me lo llevo. Me llevo todo.
Salgo de la tienda con varias bolsas. No siento la satisfacción de la compra, siento la satisfacción del saqueo. Camino por la calle y me detengo frente a un escaparate. Hay un hombre joven, de unos veinticinco años, apoyado contra una pared, fumando con una despreocupación envidiable. Tiene el pelo algo revuelto y una chaqueta de mezclilla desgastada. Cuando nuestras miradas se cruzan, no aparta la vista. Me recorre de arriba abajo con una curiosidad franca, no con la lástima que vi en el médico ni con el desprecio de Julián.
Me sostiene la mirada durante tres segundos que se sienten como una eternidad. Siento un pequeño vuelco en el estómago, una sensación de calidez que creía muerta. Le devuelvo una media sonrisa desafiante y sigo caminando.
El resto de la tarde es un borrón de movimiento. Voy a un salón de belleza.
—Córtalo —le digo a la estilista, señalando mi melena larga y castaña que Julián siempre me obligaba a mantener porque le gustaba "la elegancia tradicional"—. Algo corto, moderno. Y cámbialo de color. Quiero algo que no sea aburrido.
Mientras las tijeras caen, siento que me quito capas de una piel vieja. Cada mechón en el suelo es una cena aburrida que soporté, cada humillación que tragué. Cuando termina, soy otra persona. El cabello me llega apenas por debajo de la mandíbula, con un estilo desenfadado y un tono chocolate intenso con reflejos cobrizos que me hace parecer diez años más joven.
Salgo del salón cuando el cielo empieza a teñirse de violeta. No quiero volver a casa. No quiero ver a la feliz pareja en mi sala. Busco en el teléfono un lugar donde pueda estar sola pero rodeada de gente. Encuentro una galería de arte que tiene una inauguración esta noche.
Al llegar, el ambiente está cargado de perfume caro, vino tinto y conversaciones intelectuales. Camino entre las esculturas modernas, sintiéndome como una infiltrada. Me acerco a una pieza de hierro retorcido que se titula "El peso del aire". Me quedo mirándola, sintiéndome identificada con esa estructura que parece a punto de colapsar pero que sigue en pie.
—Es una metáfora de la resistencia, ¿no crees?
Me sobresalto. A mi lado está el chico de la calle. El de la chaqueta de mezclilla. Solo que ahora lleva una camisa negra de cuello alto que lo hace ver más maduro, pero mantiene esa mirada eléctrica.
—Es una metáfora de estar cansado de aguantar —respondo, sin mirarlo, tratando de controlar los nervios—. A veces el aire pesa demasiado.
Él suelta una risa corta, melodiosa.
—Tienes razón. El aire es lo que más pesa cuando intentas no ahogarte. Soy Gabriel.
Se gira hacia mí y extiende una mano. Dudo un segundo antes de aceptarla. Su piel está caliente, sus dedos son largos y fuertes.
—Elena —digo simplemente.
—Elena —repite él, y mi nombre suena distinto en su boca. No suena a una orden, ni a un reproche. Suena a un descubrimiento—. Te vi esta tarde cerca de la boutique. Es difícil pasar desapercibida con esa mirada que tienes.
—¿Qué mirada? —pregunto, finalmente girándome hacia él.