En un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido y los secretos pesan más que las palabras, Melika Rivas siempre creyó conocer a las personas que la rodeaban. Hasta que empezó a notar cosas imposibles. Chicos demasiado fuertes. Miradas que esconden algo salvaje. Noches donde el bosque parece respirar. Y en medio de todo aparece Orión Lurks, el mejor amigo de su hermano, tan misterioso como peligroso. Alguien que parece saber más sobre ella de lo que debería. Mientras la luna llena se acerca, Melika descubrirá que en su pueblo existen secretos capaces de destruir familias, despertar monstruos… y cambiarla para siempre.
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el lugar donde el silencio respira
El pueblo no aparecía en los mapas con importancia. A veces incluso parecía que el mundo se olvidaba de marcarlo del todo.
No era grande, no era moderno, y tampoco parecía tener intención de serlo.
Allí la señal del celular fallaba sin pedir permiso, el internet era algo intermitente que funcionaba “cuando quería”, y las conversaciones todavía se daban en las veredas, no en pantallas.
A la gente eso le gustaba.
Decían que en ese lugar el tiempo pasaba más lento.
Que la vida era más… real.
Y quizá tenían razón.
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La casa de los Rivas estaba en una de las calles de tierra que bordeaban el pueblo, donde los árboles empezaban a cerrarse como si quisieran proteger lo que había adentro.
Ahí vivía la Melika, junto a su familia.
Su madre era de esas mujeres que siempre parecían saber más de lo que decían. Su voz era tranquila, pero tenía una forma de mirar que hacía que uno dudara antes de mentirle.
Su padre, en cambio, era más práctico. De manos firmes, palabras justas, y una paciencia que se gastaba solo cuando alguien tocaba temas que no debía.
Y luego estaban ellos.
Los mellizos.
Dos años mayores que ella, pero lo suficientemente diferentes como para que nadie los confundiera.
La hermana, con una presencia fuerte, de esas personas que entran a una habitación y automáticamente cambian el ambiente.
Y el hermano, igual de fuerte , observador, de mirada constante que podría atreverte el alma , siempre sabía si mentía
Entre los dos había una complicidad extraña. No necesitaban hablar mucho para entenderse.
Y eso, a veces, incomodaba.
Melinka solía pensar que su familia era… normal.
Hasta que se detenía a observarlos demasiado tiempo.
Hasta que notaba cosas pequeñas.
Silencios que duraban un segundo de más.
Puertas que se cerraban cuando ella pasaba.
Conversaciones que terminaban cuando entraba a una habitación.
Pero en un pueblo como ese, donde todos guardaban secretos aunque fingieran no hacerlo, era fácil convencerse de que no pasaba nada raro.
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Esa mañana, el aire tenía un frío distinto.
No era invierno todavía, pero el viento traía un olor a bosque húmedo, como si la tierra estuviera respirando más profundo de lo habitual.
lo sintió apenas abrió la ventana.
El pueblo estaba en calma.
Demasiado en calma.
Las calles vacías, las gallinas cruzando sin apuro, y el sonido lejano de alguien cortando leña.
Todo parecía normal.
Y aun así…
Había algo en el aire.
Algo que no encajaba.
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—Llegas tarde otra vez —dijo su madre desde la cocina sin mirarla.
—No es tarde —respondió ella, tomando una tostada.
Su padre no levantó la vista del diario.
Los mellizos ya no estaban.
Habían salido temprano, como siempre, sin explicar demasiado.
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La protagonista salió de la casa unos minutos después.
El camino de tierra crujía bajo sus zapatillas.
El pueblo la saludaba con esa familiaridad silenciosa de los lugares donde todos se conocen… pero nadie se cuenta todo.
Y mientras caminaba hacia la escuela, tuvo esa sensación otra vez.
Como si alguien —o algo— la estuviera observando desde el borde del bosque.
No se detuvo.
Pero por primera vez, no fue porque no le importara.
Fue porque, en el fondo, no estaba segura de querer saber qué era.