El Mafioso y la Promesa Rota
Dante nunca quiso tener hijos.
Y mucho menos una familia.
Pero todo cambia cuando una joven llega con dos adolescentes, y una verdad increíble:
Ellos son sus hijos.
Como si fuera poco, ella también es perseguida por un hombre peligroso… y Dante es el único que puede protegerlos.
Ahora, obligados a convivir, lo que empieza con desconfianza se transforma en algo mucho más intenso.
Porque Dante no confía en ella.
Y ella lo odia.
Pero cuanto más intentan alejarse el uno del otro…
más peligrosa se vuelve su conexión.
🔥 Entre secretos, promesas rotas y un deseo imposible de ignorar…
Algunas historias no empiezan con amor.
Empiezan con el caos.
NovelToon tiene autorización de marilu@123 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12
Visión de Dante
El día tardó más de lo que debía.
O tal vez… solo era mi cabeza.
Porque cada minuto parecía arrastrarse.
Lento.
Pesado.
No conseguí enfocarme en nada.
Trabajo.
Reuniones.
Nada importaba.
Solo una cosa.
El resultado.
Al final de la tarde…
Casi noche…
La puerta de la oficina se abrió.
Y Jason entró.
Sin prisa.
Como siempre.
Pero lo noté.
El sobre en su mano.
Blanco.
Simple.
Pero con un peso que… cambiaba todo.
Mi mirada fue directa a aquello.
Y por un segundo…
No me moví.
Jason tampoco dijo nada.
Apenas se aproximó.
Y colocó el sobre en la mesa.
Entre nosotros.
— Llegó.
Simple.
Directo.
Pero el silencio que vino después…
Fue diferente.
Pesado.
Expectante.
Me quedé mirando el sobre.
Sin tocar.
Sin abrir.
Como si… en aquel pequeño espacio de tiempo…
Aún tuviera elección.
Pero no la tenía.
Nunca la tuve.
Lo agarré.
Despacio.
Lo rasgué.
Sin ceremonia.
Sin paciencia.
Lo abrí.
Mis ojos pasaron por las palabras.
Rápido.
Entrenado.
Pero esta vez…
Leí.
De verdad.
Cada detalle.
Cada línea.
Cada confirmación.
Y entonces…
El mundo se detuvo.
Silencio.
Total.
Mi respiración se volvió más lenta.
Pesada.
Como si algo hubiera cambiado dentro de mí.
Y cambió.
Jason me estaba observando.
Lo sentí.
Pero no lo miré.
Continué encarando el papel.
Como si fuera a desaparecer.
Como si aquello no fuera real.
Pero lo era.
Muy real.
Solté el aire despacio.
Pasé la mano por el rostro.
Cerré los ojos por un segundo.
Y entonces…
Acepté.
— ¿Y ahí?
La voz de Jason vino calmada.
Pero había algo allí.
Expectativa.
Levanté la mirada.
Lo encaré.
Directo.
— Son míos.
Simple.
Sin rodeos.
Sin duda.
Jason asintió lentamente.
Como si ya lo esperara.
— Entonces soy tío.
Solté un pequeño aire por la nariz.
Casi imperceptible.
— Parece que sí.
Silencio.
Pero esta vez…
Diferente.
Menos tenso.
Más… real.
Me levanté.
Pasé la mano en el traje.
Intentando organizar los pensamientos.
Pero no servía de nada.
Porque ahora…
No era más hipótesis.
Era hecho.
Agarré el celular.
Abrí los mensajes.
Y mandé.
“Ganaste dos sobrinos.”
Sabía que él iba a entender.
No necesitaba explicar nada más.
Guardé el celular.
Miré a Jason.
— Vamos.
Él ni cuestionó.
Apenas asintió.
Porque él sabía.
Era hora.
—
El camino hasta el apartamento fue rápido.
Pero mi mente…
Aún estaba procesando.
Hijos.
Dos.
Diecisiete años.
Una vida entera… sin saber.
Una vida entera… lejos de mí.
Y ahora…
Allí.
Bajo mi alcance.
Bajo mi responsabilidad.
Estacioné.
Salí del coche.
Sin esperar.
Sin pensar demasiado.
Entré.
Subí.
Cada paso firme.
Directo.
Sin hesitación.
La puerta fue abierta antes incluso de que yo llamara.
Jason ya había avisado.
Claro.
Entré.
Y paré.
La sala estaba silenciosa.
Y solo ella estaba allí.
Rebecca.
En pie.
Tensa.
Ansiosa.
Los ojos pegados en mí.
Esperando.
Mi mente podría haber enrollado.
Podría haber analizado.
Podría haber hecho mil cosas.
Pero no hice.
Fui directo.
— Son míos.
La voz salió firme.
Sin emoción aparente.
Pero cargada de verdad.
Ella se trabó.
Literalmente.
Como si el cuerpo de ella hubiera olvidado cómo reaccionar.
— Los gemelos.
Completé.
— Son mis hijos.
El silencio cayó.
Pesado.
Y entonces di un paso más.
Más cerca.
— Quiero conocerlos.
Sin rodeo.
Sin suavizar.
Sin dar tiempo para la duda.
Porque ahora…
No era más una posibilidad.
Era realidad.
Y no iba a quedarme lejos de eso.
Ni un segundo más.