Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
NovelToon tiene autorización de Crystal Suárez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El final esperado
No todo se rompe en el momento en que deja de sostenerse.
A veces… lo más difícil no es derribar algo, sino observar cómo intenta mantenerse en pie cuando ya no tiene base. Y eso era exactamente lo que estaba ocurriendo con Aurelian Vereth.
Los días posteriores no fueron caóticos ni escandalosos, no hubo denuncias formales ni intervenciones inmediatas de la administración, porque en la academia, las cosas no se resolvían de forma impulsiva, se observaban, se analizaban… y luego se actuaba, pero eso no significaba que nada estuviera pasando, al contrario, lo que ocurría era mucho más profundo, más silencioso y, por eso mismo, más irreversible.
El respeto seguía ahí, pero ya no era absoluto.
La autoridad seguía presente, pero ya no era incuestionable.
Y lo más importante… ya no era invisible.
Entré al aula como siempre, con la misma calma, con el mismo ritmo, pero incluso antes de sentarme pude percibirlo, ese cambio sutil en el ambiente, esa forma distinta en la que los estudiantes se posicionaban, no físicamente, sino mentalmente, ya no estaban simplemente recibiendo lo que Aurelian decía, ahora… lo evaluaban.
Como él había hecho siempre.
Era irónico.
Pero justo.
Aurelian comenzó la clase con normalidad, o al menos con la apariencia de ella, sus palabras eran precisas, sus explicaciones impecables, sus evaluaciones… correctas, demasiado correctas, como si cada frase estuviera cuidadosamente medida para no dejar espacio a interpretaciones, para no repetir los errores que lo habían expuesto.
Pero ahí estaba el problema, ya no podía ser natural, ya no podía actuar como antes y esa diferencia… era evidente.
—La consistencia en la evaluación es fundamental —dijo en un momento, como si intentara establecer un principio general, una base sobre la cual reconstruir su autoridad—. Sin ella, el aprendizaje pierde dirección.
Mis dedos se detuvieron apenas sobre la página del libro, interesante, muy interesante, porque no estaba enseñando.
Estaba justificando.
No levanté la mirada de inmediato, no respondí, no era necesario, porque esta vez… no era mi turno.
—Entonces… —una voz surgió desde el otro lado del aula, firme, pero respetuosa— ¿las evaluaciones anteriores fueron inconsistentes?
El silencio cayó como una presión contenida, no fue una acusación directa, no fue un ataque, pero fue… suficiente.
Aurelian no respondió de inmediato.
Y ese pequeño espacio de tiempo… fue más revelador que cualquier palabra.
—Toda evaluación puede mejorar —dijo finalmente, eligiendo cuidadosamente cada término.
No negó, no confirmó, pero tampoco… convenció. Y eso… fue lo que terminó de romper lo poco que quedaba.
Porque ya no se trataba de demostrar que era injusto. Ahora se trataba de que él mismo… no podía sostener lo contrario.
La clase continuó, pero ya no era la misma, cada palabra suya era escuchada, sí, pero no aceptada sin filtro, cada corrección era analizada, cada observación comparada, y eso… lo limitaba más que cualquier confrontación directa.
No podía equivocarse, no podía desviarse, no podía… ser él mismo. Y para alguien como Aurelian Vereth, eso era peor que ser expuesto. Porque significaba perder el control.
Cuando la clase terminó, no hubo orden inmediata de salida, nadie se levantó de golpe, nadie rompió el silencio de forma brusca, pero las miradas… eran claras. Ya no lo veían igual. Y él… lo sabía.
—Quédese un momento, Selene.
Su voz me detuvo antes de salir, no me sorprendió, era inevitable.
Me giré con calma, regresando al centro del aula mientras los demás comenzaban a salir, aunque más lento de lo habitual, algunos claramente atentos a lo que pudiera ocurrir.
Cuando finalmente quedamos solos, Aurelian me observó en silencio durante unos segundos.
No había enojo evidente, no había frustración visible, pero había algo más. Algo que antes no estaba.
Cuidado.
—Eres… excepcional —dijo finalmente.
No respondí.
—Tu capacidad, tu comprensión… no son normales para tu edad.
Asentí levemente.
—Lo sé.
El silencio volvió.
—Pero eso también te coloca en una posición delicada —continuó—. Las mentes brillantes… tienden a alterar el orden.
Ahí estaba, no una amenaza directa, pero tampoco una advertencia vacía.
—El orden no debería depender de evitar preguntas —respondí con calma.
Sus ojos se detuvieron en mí, más tiempo del necesario.
—Depende de quién las haga —corrigió.
No aparté la mirada.
—Entonces el problema no son las preguntas.
Silencio.
Largo.
Pesado.
Pero esta vez… no incómodo. Sino… definitivo. Porque no había respuesta que pudiera dar sin confirmarlo todo. Y él lo sabía.
—Puedes retirarte —dijo finalmente.
Salí del aula con la misma calma con la que había entrado, sintiendo el aire distinto, más ligero, no porque el problema hubiera desaparecido, sino porque… ya no estaba oculto.
Encontré a Estefan esperándome, como siempre, apoyado cerca del pasillo, su postura tranquila, su expresión contenida, pero sus ojos se movieron hacia mí en cuanto me acerqué.
—Te llamó —dijo.
—Sí.
—¿Qué quería?
Lo miré.
—Mantener lo que ya perdió.
No preguntó más.
Caminamos en silencio por unos momentos, pero esta vez no era el mismo silencio de antes, no era pesado, no era distante… era compartido.
—Ya no lo hará —dije finalmente.
—No —respondió él.
Y esta vez… hubo algo más en su voz. No alivio. Pero sí… certeza.
Esa noche, en la biblioteca, no abrí ningún libro.
No lo necesitaba.
Mi espíritu flotaba a mi lado, más activo que de costumbre, como si también percibiera el cambio, ese punto final que no requería una conclusión dramática, porque ya todo estaba hecho.
Primero: una grieta.
Segundo: una duda.
Tercero: evidencia.
Cuarto: validación.
Quinto: exposición.
Y ahora… Consecuencia.
No una expulsión inmediata, no un castigo público, sino algo más duradero.
La pérdida de control, la pérdida de credibilidad, la pérdida… de lo que lo hacía peligroso.
Apoyé la espalda en la silla, dejando escapar un suspiro leve, no de cansancio, sino de cierre.
Esto… terminó.
Pero apenas unos días después… algo nuevo comenzó. Los rumores llegaron primero. Susurros entre profesores. Movimientos inusuales.
Reuniones que no se anunciaban, pero que todos notaban. Y un nombre comenzó a repetirse.
El Bosque Oscuro.
Un lugar que ya conocía. Uno que en la historia original… marcaba un cambio importante.
Donde los sacerdotes acudían regularmente para purificar la corrupción mágica. Donde la oscuridad siempre estaba presente… pero controlada. Hasta ahora, porque esta vez… no lo estaba.
Monstruos de alto nivel habían comenzado a aparecer, demasiados, demasiado fuertes y los intentos de purificación… habían fallado.
La noticia no tardó en llegar a todos. Y con ella… la preocupación, porque había algo más, algo que inevitablemente iba a surgir, una solución.
La Santa.
Yo.
Mis dedos se tensaron ligeramente sobre la mesa, sabía lo que venía, lo recordaba, el debate, las decisiones, las dudas, las perdidas y lo más importante… El peligro.
Porque esta vez… no iba a ser solo una historia. Iba a ser real. Y esta vez… No iba a permitir que nadie enfrentara eso solo.