Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
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Meses
Los tres magos no estaban de acuerdo con la elección de Tracy.
No lo ocultaban.
En las reuniones hablaban entre ellos con voces bajas, miradas largas y silencios cargados de desaprobación. Carl fruncía el ceño cada vez que veía los registros de entrenamiento.. Valety tomaba notas como si ella fuera una variable mal colocada.. Mikel guardaba silencio, pero su expresión decía más de lo que admitía.
Para ellos, la conclusión era evidente.
Por su personalidad firme.
Porque había logrado romper un cristal cuando antes no podía ni agrietarlo.
Porque llevaba una ...marca de alma.., algo raro, peligroso y valioso.
Tracy era material de ataque.
Una maga para el frente.
Para el ejército.
Para servir al reino de Bernicia.
Pero Tracy pensaba algo muy distinto.
[Viejos de mierda. Solo piensan en el reino, nunca en mí.]
Y esa idea, lejos de enfurecerla, le provocaba risa.
A veces caminaba por los pasillos de la torre con una sonrisa apenas contenida, consciente de que estaba desobedeciendo todas las expectativas que habían puesto sobre ella. Avanzaba en su aprendizaje a su propio ritmo, ignorando los murmullos y las miradas de reproche.
Mientras los magos debatían sobre su “potencial desperdiciado”, Tracy pasaba casi todo el día en otro lugar.
Las salas de enfermos.
Eran amplias, silenciosas, con camas alineadas y ventanas altas por donde entraba la luz del día. El aire siempre olía a hierbas, a sudor, a dolor humano. Allí no había gloria, ni aplausos, ni discursos sobre el reino.
Solo gente.
Había soldados heridos, sí, pero también sirvientes agotados, ancianos con dolores crónicos, niños con fiebres persistentes. Mujeres del pueblo que habían llegado buscando ayuda y ahora esperaban en silencio.
Muchas de ellas eran cuidadoras.
Mujeres que actuaban como enfermeras, aunque nadie las llamara así. Limpiaban heridas, cambiaban vendas, daban agua, sostenían manos temblorosas mientras esperaban que un sanador tuviera fuerzas suficientes para usar magia.
Porque, aunque la mayoría de las enfermedades podían curarse con magia, no era algo inmediato.
La sanación real requería tiempo.
Concentración.
Resistencia.
Un sanador podía agotar su maná en pocas horas si no tenía cuidado.
Tracy lo descubrió pronto.
Aprendió a dosificar su poder, a usar pequeños impulsos constantes en lugar de grandes estallidos. Se sentaba junto a las camas, hablaba con los enfermos, escuchaba historias que nadie más tenía tiempo de oír.
Algunas veces sanaba del todo.
Otras, solo aliviaba el dolor.
Y eso también importaba.
Las cuidadoras comenzaron a mirarla con respeto. Al principio con curiosidad, luego con gratitud sincera. No era una maga distante ni arrogante. No llegaba, lanzaba un hechizo y se iba.
Se quedaba.
—Gracias, señorita Tracy —le decían en voz baja.
Ella sonreía, cansada pero satisfecha.
Mientras tanto, en la torre alta, los tres magos seguían coincidiendo en lo mismo.
—Sería más útil en ataque.. El reino la necesita.
—Está desperdiciando un don excepcional.. La marca de alma no aparece en sanadores comunes.
—Es una elección peligrosa.. Para ella… y para Bernicia.
Pero Tracy no los escuchaba.
O, mejor dicho, los escuchaba y no le importaba.
Cada noche, cuando regresaba agotada a su habitación, con las manos aún tibias por la magia usada, pensaba lo mismo antes de dormir..
[No soy un arma. No soy del reino. Soy mía.]
Y al día siguiente, volvía a las salas de enfermos.
No para demostrar nada.
No para desafiar a nadie.
Sino porque allí, entre camas y susurros, su magia tenía sentido.
Y porque, aunque los magos no lo entendieran, Tracy ya había elegido el tipo de poder que quería tener.. uno que no destruía… sino que permanecía.
Así fueron pasando los meses para Tracy.
El tiempo dejó de medirse en días y comenzó a contarse en cuerpos que sanaban, en respiraciones que se estabilizaban, en llantos que se apagaban lentamente. Cada jornada la encontraba más firme, más segura de su control, más consciente de los límites de su propio maná… y de cómo estirarlos sin romperse.
La magia de sanación dejó de ser un esfuerzo torpe.
Se volvió precisa.
Tracy aprendió a cerrar heridas profundas sin dejar cicatriz, a calmar infecciones antes de que se volvieran mortales, a fortalecer cuerpos débiles para que resistieran tratamientos largos. Ya no se mareaba con facilidad ni quedaba al borde del desmayo después de cada sesión. Sabía cuándo detenerse. Sabía cuándo continuar.
Y pronto, la torre de magia dejó de ser su único mundo.
Comenzaron a llamarla desde fuera del templo.
Primero fueron enfermedades simples en casas cercanas. Luego partos complicados, mujeres que gritaban de dolor mientras las parteras la miraban con desesperación. Tracy llegaba con las manos firmes, la voz serena, y trabajaba durante horas si era necesario.
Cuando un niño nacía sano.
Cuando una madre sobrevivía.
Tracy sentía que algo dentro de ella encajaba.
No había aplausos.
Solo lágrimas de alivio.
Y eso le bastaba.
Cada vez que regresaba a la torre, agotada y cubierta de polvo del camino, se cruzaba con las miradas de los tres magos.
Carl la observaba con una mezcla de desaprobación y cálculo.
Valety la analizaba como si fuera un problema que se negaba a resolverse.
Mikel… parecía preocupado.
Tracy lo notaba todo.
Y sonreía.
Algunas tardes, cuando la tensión le hervía bajo la piel, no iba directo a las salas de sanación.
Se desviaba.
Entraba al patio de entrenamiento.
El lugar estaba vacío la mayoría del tiempo, con muñecos de práctica, bloques de piedra, cristales reforzados. Tracy se paraba en el centro, cerraba los ojos y dejaba caer la máscara tranquila que usaba frente a los enfermos.
Respiraba hondo.
Y soltaba todo.
La rabia.
El cansancio.
Las miradas que decían “te equivocas”
El maná explotaba desde ella con violencia contenida.
Cristales estallaban en fragmentos brillantes.
Bloques de piedra se partían como si fueran barro seco.
Los muñecos de práctica quedaban reducidos a restos humeantes.
No era elegante.
No era controlado.
Pero era poderoso.
Tracy abría los ojos, respirando agitada, con una sonrisa torcida en los labios.
[¿Ven? Puedo hacerlo.]
A veces sabía que alguno de los magos la observaba desde lejos, desde una ventana alta o el borde del patio. Sentía sus presencias aunque no los viera.
Y eso hacía la burla aún más dulce.
Mientras se limpiaba el polvo de las manos, pensaba con ironía..
[Si van a hablar porque no elegí el ataque… Que hablen con razón.]
Luego volvía a recomponerse.
Regresaba a las salas de sanación.
A las casas humildes.
A las mujeres en trabajo de parto.
A su verdadero campo de batalla.
Porque Tracy no necesitaba demostrar nada.
Ya lo estaba haciendo, día tras día, cuerpo a cuerpo con la vida misma.
Y mientras su poder crecía, silencioso y constante, también lo hacía algo más peligroso aún:
La certeza absoluta de que nadie volvería a decidir por ella.