Helena Duarte siempre creyó que el amor verdadero era ese que acelera el corazón y hace que la vida se vea un poco más hermosa.
Hasta que conoció a Gabriel Ferraz.
Intenso, arrogante, increíblemente guapo de una forma casi molesta… y completamente fuera de su alcance.
Lo que empezó como una noche impulsiva se convirtió en meses de pasión descontrolada. Se hicieron promesas, construyeron sueños… y luego todo se desmoronó.
Cuando Helena descubre que está embarazada, Gabriel desaparece de la peor manera posible: creyendo en una mentira que destruye todo entre ellos.
Abandonada, con el corazón roto y una vida creciendo en su interior, Helena decide empezar de nuevo lejos de él.
Pero el destino tiene un sentido del humor cruel.
Años después, Gabriel conoce la verdad.
Y también descubre que tiene un hijo.
Ahora está dispuesto a hacer lo que sea para recuperar a Helena… aunque ella esté decidida a no dejarlo acercarse nunca más.
Porque algunas heridas no sanan fácilmente.
Y algunas promesas… llegan demasiado tarde.
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Capítulo 3
Helena pasó toda la noche sin dormir.
Después de la llamada con Gabriel, el silencio que vino del otro lado de la línea fue peor que cualquier respuesta.
Ella aún lo recordaba claramente.
—Yo… me hice una prueba hoy.
—¿Prueba?
—De embarazo.
—…
—Gabriel… estoy embarazada.
Y entonces nada.
Ninguna palabra.
Ninguna reacción.
Solo el sonido distante de su respiración.
—¿Gabriel? —llamó, con la voz débil.
Algunos segundos pasaron antes de que él finalmente hablara.
—Eso… ¿eso es serio?
La pregunta sonó extraña.
Fría.
Helena sintió una opresión en el pecho.
—¿Crees que te llamaría para bromear con una cosa de esas?
Él suspiró del otro lado de la línea.
Pesado.
Confuso.
—Helena… nosotros… solo nos vimos una vez.
—Lo sé.
—Y eso fue hace tres meses.
—Lo sé.
—¿Estás segura de que…?
Él no terminó la frase.
Pero ella entendió.
Y aquello dolió más de lo que esperaba.
—¿Estás preguntando si el hijo es tuyo?
Silencio.
Aquel silencio de nuevo.
—Gabriel.
—Yo… solo estoy tratando de entender la situación.
Helena cerró los ojos.
—No me acosté con nadie más.
Su voz salió firme.
—Este bebé es tuyo.
Otro silencio.
Más pesado.
—Necesito pensar —dijo finalmente.
Helena sintió el estómago hundirse.
—¿Pensar?
—Esto es mucha cosa para procesar.
—Gabriel—
—Te llamo después.
Y la llamada se cortó.
Helena se quedó mirando el celular por varios segundos.
Sin saber exactamente qué sentir.
Miedo.
Ansiedad.
O una punzada de algo peor.
Duda.
—
A la mañana siguiente, Gabriel Ferraz estaba sentado detrás de la mesa enorme de su oficina.
Pero no estaba trabajando.
El laptop abierto frente a él mostraba una planilla que no había leído ni una sola línea.
Porque su cabeza estaba en otro lugar.
Embarazada.
Helena estaba embarazada.
Él pasó la mano por el rostro.
Aquello no tenía sentido.
Quiero decir… biológicamente sí.
¿Pero emocionalmente?
Era demasiado rápido.
Demasiado intenso.
Y la peor parte era que él mal conocía a aquella mujer.
Pero la recordaba.
Muy bien.
De la forma en que ella reía.
De la forma en que había agarrado su camisa aquella noche.
De la forma en que se había ido sin siquiera mandar un mensaje.
Gabriel se levantó de la silla y comenzó a andar por la oficina.
Maldición.
Él necesitaba hablar con alguien.
Tomó el celular.
Llamó a la única persona que conocía lo suficientemente bien para oír aquella bomba.
—Habla —dijo la voz del otro lado.
—Lucas, ¿estás ocupado?
—Siempre. Pero puedes hablar.
Lucas era su mejor amigo.
Y también su socio en la empresa.
Gabriel respiró hondo.
—Aquella mujer… de la noche en el bar.
—¿La que te obsesionó por dos semanas?
—Yo no me obsesioné.
—Sí te obsesionaste.
Gabriel ignoró.
—Ella me llamó ayer.
—¿Y?
—Ella dijo que está embarazada.
Silencio.
Entonces—
—CARAJO.
Gabriel soltó un suspiro cansado.
—Pues sí.
—¿Y el hijo es tuyo?
—Ella dijo que sí.
Lucas quedó quieto por algunos segundos.
—¿Y tú crees?
—Yo… no sé.
—¿La conoces bien?
—No.
—¿La viste después de aquella noche?
—No.
—Entonces, amigo…
Gabriel apretó el puente de la nariz.
—Sé cómo parece.
Lucas suspiró.
—No estoy diciendo que ella está mintiendo.
—¿Pero?
—Pero tú tienes dinero, Gabriel.
Aquello hizo que algo dentro de él apretara.
—¿Crees que ella está tratando de darme un golpe?
—No sé —respondió Lucas—. Pero ya he visto suceder.
Gabriel quedó en silencio.
Porque la idea…
Ahora estaba plantada en su cabeza.
—
Del otro lado de la ciudad, Helena estaba sentada en el sofá del apartamento de Carolina.
El celular en la mano.
Esperando.
Desde ayer.
Ningún mensaje.
Ninguna llamada.
Nada.
Carol apareció en la sala con dos tazas de café.
—¿Aún nada?
Helena sacudió la cabeza.
—No.
Ella le entregó el café.
—Él puede solo estar en shock.
—Lo sé.
Pero su voz no parecía muy convencida.
Fue cuando el celular vibró.
Las dos miraron hacia él inmediatamente.
Gabriel.
Helena sintió el corazón dispararse.
—¡Contesta! —susurró Carol.
Helena deslizó el dedo en la pantalla.
—¿Aló?
Su voz vino seria.
Distante.
—Helena, necesitamos conversar.
—Yo también creo.
—¿Puedes encontrarme hoy?
—Puedo.
—En el café de la Avenida Central. A las seis.
—Está bien.
Él quedó en silencio por un segundo.
—Helena…
—¿Sí?
—Solo necesito entender algunas cosas.
El corazón de ella apretó.
—Yo también.
—
A las seis en punto, Helena estaba sentada en la mesa del café.
Las manos nerviosas alrededor de la taza de té.
Cuando Gabriel entró, ella casi paró de respirar.
Él parecía exactamente como recordaba.
Alto.
Imponente.
Serio.
Pero algo en su mirada estaba diferente.
Más frío.
Él se sentó frente a ella.
—Hola.
—Hola.
Silencio.
Pesado.
—Entonces… —Helena comenzó— me hice dos pruebas. Y fui al médico hoy.
Gabriel no dijo nada.
—Estoy de casi doce semanas.
Él asintió lentamente.
—Cierto.
Helena respiró hondo.
—No espero que sepas qué hacer ahora.
—Bueno.
La palabra salió dura.
Ella frunció el ceño.
—¿Bueno?
Gabriel se inclinó levemente en la silla.
—Necesito ser honesto contigo.
Un frío recorrió el cuerpo de ella.
—Yo también.
Él respiró hondo.
—Helena… no sé si ese hijo es mío.
Las palabras fueron como una bofetada.
—¿Qué?
—No estoy diciendo que estás mintiendo.
—Pero lo estás insinuando.
—Solo estoy siendo racional.
Ella soltó una risa sin humor.
—¿Racional?
—Nos vimos una única vez.
—¡Lo sé!
—Y apareces tres meses después diciendo que estás embarazada.
Helena sintió la sangre hervir.
—¡Porque lo estoy!
—¿Cómo puedo estar seguro?
El silencio cayó sobre la mesa.
Pesado.
Cortante.
Helena lo miró por algunos segundos.
Tratando de entender.
Tratando de aceptar.
Pero lo que vino fue otra cosa.
Ira.
Mucha ira.
—¿Quieres una prueba de ADN?
Gabriel no respondió.
Pero su silencio ya era respuesta suficiente.
Helena se levantó de la silla.
—¿Sabes una cosa?
Él alzó los ojos.
—¿Qué?
Ella tomó el bolso.
Los ojos brillando de lágrimas que ella se rehusaba a dejar caer.
—Vete a la mierda, Gabriel.
Algunas personas en el café miraron.
A ella no le importó.
—No voy a implorar para que creas en mí.
—Helena—
—¡No!
Su voz salió alta.
Firme.
—¿Crees que inventaría una cosa de esas?
Gabriel quedó en silencio.
Y aquello respondió todo.
Su corazón se partió allí mismo.
—Quédate tranquilo —dijo, con la voz temblando—. No te necesito.
Entonces ella volteó la espalda.
Y salió del café.
Sin mirar hacia atrás.
Sin saber…
Que aquella mentira plantada en la cabeza de Gabriel…
Acabaría alejando a los dos por mucho más tiempo de lo que cualquiera de ellos imaginaba.
Y que él solo descubriría la verdad…
Cuando tal vez fuera demasiado tarde.