Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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La Pesadilla
CAPÍTULO 22: La pesadilla
Eran las tres de la madrugada cuando Alfred despertó gritando. Laura se incorporó de golpe, con el corazón en la garganta. A su lado, Alfred estaba sentado en la cama, empapado en sudor, con los ojos abiertos pero mirando a ninguna parte.
— ¡Alfred! —Laura lo tomó por los hombros—. ¡Alfred, soy yo! ¡Estás en casa!
Él parpadeó varias veces, como si emergiera de un túnel oscuro. Poco a poco, su mirada se fue enfocando en el rostro de Laura.
—Lo siento —susurró, con la voz rota—. Lo siento.
— ¿Qué soñaste?
Alfred pasó una mano por su rostro. Estaba pálido, demacrado.
—La misma pesadilla con Valeria robándose el dinero, y las cuentas vacías.
Laura lo abrazó con fuerza.
—Ya pasó. Está aquí contigo.
—Pero en el sueño, todo vuelve a pasar. Me despierto y tú no estás. Te has ido con todo el dinero, como ella.
Laura lo separó un poco para mirarlo a los ojos.
—No soy Valeria, Nunca lo fui, y nunca lo seré.
—Lo sé —respondió Alfred, con la voz quebrada—. Pero el miedo no se va. Sigue ahí en el fondo de mi cabeza, diciéndome que esto es demasiado bueno para ser verdad.
Laura no dijo nada. Lo abrazó otra vez y lo sostuvo, hasta que sus temblores cesaron.
—Háblame de ese día —dijo al fin—. Del día en que Valeria se fue, porque eso nunca me lo has contado por completo. Y quiero saber por qué no te acabas de librar de esas pesadillas.
Alfred guardó silencio un largo rato, y Laura creyó que no iba a responder como había sucedido otras veces. Pero finalmente Alfred abrió su corazón.
—Ese día llegué a casa antes de la hora habitual—comenzó, con la mirada perdida en el techo—Porque había cerrado un contrato importante, y quería celebrar con ella. Incluso le compré flores, encargué una botella de vino Oporto, y pensaba regalarle un collar de perlas que había visto en una joyería.
— ¿Y qué encontraste?
—Los armarios vacíos, que se había llevado su computadora, y todos los documentos de la empresa. Pero lo que más me dolió fue la nota, que me había dejado en la mesa de noche.
— ¿Qué decía?
—"No me busques. Me llevé el dinero porque me lo debías. Nunca supiste quererme y al final solo terminaste comprándome."
Laura apretó los dientes de rabia.
—No deberías culparte, porque ella fue la que te robó, y no al revés.
—Lo sé. Pero durante mucho tiempo creí que yo era el culpable de lo que sucedió. Leí tantas veces la maldita nota que se me grabó en la mente, y me convencí de que tenía razón al afirmar, que yo era un hombre que no sabía querer.
— ¿Fue por eso empezaste a beber?
—Sí, era tan grande la frustración que tenía conmigo mismo, que empecé a beber sin ningún control —confirmó Alfred—. Y no paré hasta que te conocí.
Laura le tomó la cara entre las manos, y depositó un beso tierno en la frente de su esposo.
—Escúchame bien. Tú sabes querer, y me has demostrado más amor en dos años, que cualquier otra persona en toda mi vida. ¡Por favor no dejes que el fantasma de Valeria te quite eso!
Alfred esbozó una sonrisa triste.
—Eres demasiado buena para mí.
—Eso no es cierto porque somos el uno para el otro. Y como lo hicimos antes, vamos a superar estos problemas juntos.
A la mañana siguiente, Alfred despertó con una determinación que no sentía desde hacía meses.
—Necesito contarte algo —dijo, mientras Laura preparaba el café.
—Dime.
—Antes de conocerte después de que Valeria se fue, fui a pedirle dinero a mi madre porque Valeria me dejó prácticamente sin nada.
—Vaya, que interesante. Conociendo como piensa tu madre, estoy interesada en saber cómo reaccionó.
—Margaret me entregó un cheque, y al mismo tiempo me dio un ultimátum.
Laura se sentó a su lado, poniendo toda su atención en lo que iba a preguntar.
— ¿Qué te dijo?
—Me dijo que era la última vez que me ayudaba. Que invirtiera ese dinero en la empresa, o en algo que me diera ganancias, porque no volvería a recibir nada de ella. Y luego cortó toda comunicación hasta que metí la pata, invirtiendo en una empresa fantasma de la mafia.
—Al escuchar una confesión completa, sobre un episodio en la vida de Alfred que estuvo enterrado hasta ese momento, Laura acarició la barbilla de su marido, y le hizo una pregunta que Alfred ya estaba esperando.
— ¿Por qué me cuentas esto ahora, y no lo hiciste antes cuando te lo pregunté?
—Porque anoche en el sueño, vi la cara de mi madre cuando me entregó ese cheque. Y lo que vi no era indiferencia. Era dolor porque aunque no me lo dijo, ella también había sufrido por mi culpa.
— ¿Y eso qué cambia?
—Que a pesar de que nuestra relación ha mejorado, quizá sea hora de hablar con ella para pedirle perdón. Tal vez sacando ese peso de mi cabeza, se terminen esas terribles pesadillas.
Laura sonrió.
—Creo que es una excelente idea. Pero ya que te decidiste a cerrar el círculo, para que no haya reservas ni resentimientos entre ustedes, coge el teléfono y llámala ahora mismo, porque mañana puede ser un poco tarde.
Alfred tomó su teléfono y marcó el número de Margaret. Ella no contestó. Entonces se llenó de valor y dejó un mensaje de voz:
—Mamá soy yo, necesito verte para hablar sobre nosotros, y poder decirte de frente que te pido disculpas por todo, y cuanto te quiero. Por favor, llámame cuando escuches mi mensaje.
Colgó y miró a Laura.
—Ya está. Ahora solo queda esperar.
Laura le dio un beso en la mejilla.
—Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos.
Esa tarde, Laura fue a la oficina de BrightClean con la cabeza en otro lugar. Apenas había dormido, y el encuentro de Alfred con su madre la tenía nerviosa, a pesar de lo bien que se estaban llevando últimamente. Cuando llegó a su escritorio encontró un montón de papeles desordenados, y una nota pegada con cinta adhesiva en su computadora.
"La próxima vez que faltes a una reunión, no te voy a cubrir. Thompson."
Laura arrugó la nota y la tiró a la basura. Thompson era un problema que venía arrastrando, desde que ascendió a supervisora general. Él había aspirado al puesto, y no soportaba que una mujer más joven, latina, y con menos años en la empresa lo hubiera desplazado.
Beatriz se acercó a su escritorio.
— ¿Otra vez Thompson?
—Otra vez —respondió Laura—. Aprovechó que falté a la reunión de esta mañana, para hacerme quedar mal.
— ¿Y qué vas a hacer?
—Enfrentarlo pero no en este momento, porque ahora tengo que hacer algo más importante.
— ¿De qué se trata? Dime en qué te puedo ayudar.
Laura guardó sus cosas en el bolso.
—Voy a visitar a Michel.
Beatriz abrió los ojos.
— ¿A tu ex? ¿A ese que te maltrató?
—Sí. Me llamó anoche por enésima vez, y me di dijo que necesitaba verme. Que quería pedirme perdón en persona, pero tenía que ir a verlo a la prisión.
— ¿Y vas a ir?
—Alfred cree que debo hacerlo. Que mientras no enfrente a Michel, no voy a poder cerrar ese capítulo, como hice con Maritza.
Beatriz la miró con preocupación.
— ¿Y si te hace daño?
—Está en la cárcel, allí no puede hacerme nada.
—No me refiero a físico.
Laura sonrió con tristeza.
—Ese daño ya me lo hizo y yo lo superé. Ahora solo quiero que me deje en paz, y que escuche
de mis labios que no quiero volver a saber de él.
Con el carácter y la seguridad que la caracteriza, Laura salió de la oficina sin mirar atrás. Beatriz se quedó observándola, con una mezcla de admiración y respeto.