Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capítulo 02: Yo te protegeré
Lilith Gray
El luto en la Manada Luna Creciente no era silencioso. Era un aullido constante, una vibración baja que parecía emanar de la misma tierra. Rayan Holdw no solo había perdido a sus mejores amigos; el mundo de los hombres lobos había perdido una parte de su corazón.
El día del homenaje, el cielo de Luna Creciente se vistió de gris plomo. Recuerdo haber estado allí, de pie entre Rayan y Delfina, sintiéndome como un fantasma entre los vivos. Rayan habló durante horas. Su voz, generalmente firme y autoritaria, se quebraba como cristal seco cada vez que mencionaba el nombre de mi padre. Habló de la valentía del Alfa Damian Gray, de la sabiduría que poseia la Luna Celia, de cómo la Manada Darkfire había sido el estándar de oro para todos nosotros.
La gente lloraba. Los guerreros golpeaban sus pechos en señal de respeto. Pero yo... yo estaba vacía. No podía llorar. Mis lágrimas se habían secado en aquel bosque, reemplazadas por una costra de sal y ceniza. Miraba las llamas de la pira ceremonial y solo podía pensar en una cosa: ¿Por qué ellos y no yo tambien? ¿Por qué la luna me dejó aquí si ya no tengo a donde pertenecer?
El tiempo después de eso se convirtió en un borrón de sombras.
Pasaron los meses, y la mansión de los Holdw, que solía ser un lugar de risas y entrenamientos, se volvió mi prisión voluntaria. Me encerré en mi habitación, una alcoba hermosa con vista a los jardines, pero para mí era solo una caja de madera y seda. No quería ver la luz del sol; el sol me recordaba que la vida seguía adelante sin mis padres, y eso me parecía el acto de traición más grande del universo.
Comer dolía. Cada bocado de la deliciosa comida que Delfina me traía personalmente sabía a cartón y culpa. Dormir era aún peor, porque en mis sueños siempre estaba en Darkfire, siempre escuchaba los gritos, y siempre despertaba justo cuando el cuchillo del pícaro rozaba mi garganta.
—Lilith, cariño, tienes que probar un poco de sopa —decía Delfina cada tarde, sentada al borde de mi cama, acariciando mi cabello con una ternura que me quemaba—. Rayan ha traído frutas frescas del valle. Hazlo por mí, pequeña.
Yo solo me giraba hacia la pared, tapándome hasta la nariz con las mantas.
—No tengo hambre, tía. Gracias.
Me dolía el cuerpo, me dolían los huesos. Me dolía el alma de una forma que un niño no debería comprender. Estaba convencida de que me estaba marchitando, y una parte de mí lo deseaba. Quería ser una sombra, desvanecerme hasta que solo quedara el recuerdo de la hija de los Gray.
Hasta que un martes por la tarde, la puerta no se abrió con el empuje decidido de alguien que no aceptaba un "no" por respuesta.
Era James.
Él tenía unos pocos años más que yo, pero en ese entonces, parecía un gigante. James siempre había sido el sol de Luna Creciente: rubio, de ojos azules que brillaban con una picardía constante, y dueño de una energía que agotaba a cualquiera. Antes de la masacre, éramos inseparables cada vez que nuestras manadas se visitaban. Él era el hermano que nunca tuve, el cómplice de mis travesuras en los establos.
Entró en la habitación y se quedó de pie junto a la ventana cerrada. Frunció el ceño, mirando el desorden de bandejas de comida casi intactas y la penumbra densa.
—Aquí huele a cueva de oso —dijo, sin saludar. Caminó hacia las cortinas y las abrió de par en par. La luz del sol golpeó mis ojos, y solté un gemido de protesta, cubriéndome la cara.
—Vete, James —susurré desde debajo de las sábanas—. No quiero hablar con nadie.
—Qué mal, porque yo si, tengo mucho que decir —respondió él, sentándose con pesadez en el suelo, justo al lado de mi cama, apoyando la espalda contra el colchón—. Mi padre está de un humor de perros, mi madre llora cada vez que sale de aquí, y yo... yo extraño a mi compañera de juegos.
Me quedé rígida. No respondí. James se quedó en silencio un momento, y luego empezó a hablar, no de la guerra, ni de la muerte, sino de nosotros.
—¿Te acuerdas de la vez que intentamos montar al semental negro de tu padre? —soltó una risa pequeña, melancólica—. Damian casi nos mata del susto cuando nos encontró colgados de las crines. Tú tenías cinco años y jurabas que podías domar a cualquier bestia porque eras una Gray.
Un nudo se formó en mi garganta. Recordaba ese día. Papá nos había bajado del caballo y, después de regañarnos, nos había dado dulces a escondidas de mamá.
—O cuando nos escapamos al arroyo de la frontera —continuó James, ignorando mi silencio—. Me obligaste a comer esas bayas que resultaron ser amargas y me pasé toda la tarde con la lengua azul. Me dijiste que eran "frutas de poder".
Sentí la primera lágrima rodar por mi mejilla, empapando la almohada. Los recuerdos, que yo había tratado de enterrar para no sufrir, estaban siendo arrancados por James con una delicadeza cruel.
—Eramos felices, Lilith —su voz bajó de tono, volviéndose más suave, más madura—. Yo sé que ahora todo es oscuridad. Sé que el mundo se siente como un lugar horrible que te ha robado lo que más amabas. Pero no puedes quedarte aquí para siempre.
—¿Por qué no? —logré decir, mi voz rompiéndose—. Ya no tengo nada, James. Mi manada es ceniza. Mis padres son parte de la tierra. No tengo un hogar al que volver.
—Tienes este hogar —dijo él con firmeza. Escuché cómo se movía y, de repente, sentí su mano sobre la mía, que asomaba por el borde de la manta. Me obligó a destaparme la cara y a mirarlo—. Y me tienes a mí.
Sus ojos azules estaban llenos de una seriedad que nunca le había visto. Ya no era el niño travieso; en ese momento, vi un destello del Alfa en el que se convertiría. Al ver su rostro, al ver la preocupación genuina y el dolor por verme así, las compuertas se rompieron.
Me incorporé en la cama y me lancé a sus brazos, sollozando con una fuerza que me dejó sin aliento. Era un llanto ronco, primitivo, el llanto de una niña que finalmente aceptaba que sus padres no iban a volver a buscarla. James me rodeó con sus brazos, apretándome contra su pecho, dejando que mojara su camiseta con mis lágrimas.
—Duele mucho... James, me duele mucho —gemí, aferrándome a su espalda como si fuera lo único sólido en un mar de caos.
—Lo sé, pequeña. Lo sé —susurró él, apoyando su barbilla en mi cabeza—. Pero no vas a pasar esto sola. Te lo prometo.
Me separó un poco, tomándome la cara entre sus manos. Sus pulgares secaron mis mejillas.
—Escúchame bien, Lilith Gray. De ahora en adelante, yo seré tu escudo. Nadie volverá a hacerte llorar. Te protegeré de los pícaros, de las pesadillas y de cualquier cosa que se atreva a cruzarse en tu camino. Estaré para ti en las buenas, pero sobre todo en las malas. Te lo juro por mi honor.
Yo lo miré, hipando, buscando una mentira en sus ojos y no encontrando nada más que una lealtad absoluta. En ese momento, James Holdw se convirtió en mi mundo. Él era la única luz en mi túnel infinito.
—¿Siempre? —pregunté con voz débil, la voz de una niña que necesitaba desesperadamente algo a lo que aferrarse.
—Siempre —aseguró él con una sonrisa triste pero valiente—. No importa lo que pase, Lilith. Tú y yo contra el mundo. Un día, cuando sea Alfa, te haré mi Luna, y reconstruiremos todo lo que perdiste. Seremos invencibles.
Le creí. Con toda la inocencia que aún quedaba en mi alma herida, le entregué mi fe. Esa tarde, por primera vez en meses, salí de mi habitación. Caminé hacia el comedor de la mano de James, y cuando Delfina nos vio entrar, lloró de alegría. Comí, y aunque todavía dolía, el sabor de la comida era un poco menos amargo.
James me había devuelto la vida. O al menos, eso era lo que yo creía mientras me refugiaba en su sombra, sin saber que la verdadera Lilith Gray, no sabía que el destino de los Lobos no se escribe con promesas infantiles, sino con el aroma mas afrodisiaco... el capricho del vínculo del "Mate". No sabía que años después, ese mismo rubio que hoy me consolaba sería el responsable de romper lo que quedaba de mi corazón.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/