Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 19 Selene
Entrenaron juntos al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Theron le enseñó a pelear en forma de loba: cómo esquivar, cómo usar el peso del oponente en su contra, cómo morder sin soltar. Era un buen maestro, lo cual era irritante, porque Irina habría preferido que fuera malo para tener una excusa para odiarlo.
Pero no podía odiarlo cuando le corregía la postura con las manos en sus hombros y la voz grave diciéndole más bajo, flexiona más las patas, ni cuando la tumbaba en el entrenamiento y le ofrecía la mano para levantarla con esa media sonrisa que cada día duraba un segundo más.
El problema era que cada sesión terminaba con los dos jadeando, cubiertos de tierra y demasiado cerca. Irina podía sentir su calor a través de la ropa, la vibración de la bestia debajo de su piel respondiendo a Kira, ese tirón en el pecho que se hacía más fuerte cada vez que él la tocaba aunque fuera para enseñarle a bloquear un ataque.
Y ninguno de los dos hablaba de ello.
De día entrenaban, discutían, se provocaban. De noche la bestia venía a su habitación y se echaba a su lado, y Kira ronroneaba, y el mundo tenía sentido durante unas horas. Por la mañana, Theron desaparecía antes de que ella abriera los ojos y el ciclo empezaba de nuevo.
Era cómodo. Era predecible. Era insuficiente.
Pero Irina no sabía cómo romper el patrón sin romper algo más, así que lo dejaba estar.
Hasta que Selene apareció.
Llegó un martes a media mañana, cuando Irina estaba en la biblioteca leyendo manuscritos sobre la profecía. Escuchó la camioneta en el patio, las voces en el vestíbulo, y después los tacones inconfundibles de una loba alfa que camina como si el suelo le perteneciera.
Kira.
La huelo. Y no me gusta.
Irina bajó a la cocina porque necesitaba agua y porque quería saber qué estaba pasando sin parecer que le importaba. Lo cual era una mentira tan transparente que hasta Kira se rió.
Los encontró en el despacho de Theron. La puerta estaba entreabierta. Selene estaba sentada frente al escritorio con las piernas cruzadas, la chaqueta de cuero, el pelo negro cayéndole por la espalda. Theron detrás del escritorio revisando documentos que ella le había traído.
Informes del pueblo. Asuntos de seguridad. Cosas legítimas y necesarias. Nada que justificara el nudo que se le formó a Irina en el estómago cuando vio a Selene inclinarse sobre el escritorio para señalar algo en un papel, acercándose a Theron lo suficiente como para que sus brazos se rozaran.
Theron no se apartó.
No porque quisiera el contacto. Porque probablemente ni lo notó. El hombre que sentía la bestia rugir cada vez que Irina entraba a una habitación era el mismo que no registraba cuando otra mujer le rozaba el brazo. Era ciego para todo lo que no fuera ella y ciego para saber que ella necesitaba que lo demostrara.
Selene sí lo notó. Notó que Theron no se apartaba. Y notó que Irina estaba en la puerta mirando.
Sonrió.
No una sonrisa grande. Una curvatura mínima de los labios, casi imperceptible, del tipo que una mujer le dedica a otra cuando quiere decirle estoy aquí y tú estás allá.
Irina se dio la vuelta y se fue.
No te importa, se dijo. No te importa lo que haga con su vida ni con sus brazos ni con quién los roza.
Mentirosa, dijo Kira.
Cállate.
Mentirosa con patas. Que es lo que eres cuando te transformas.
He dicho que te calles, Kira.
Selene se quedó a almorzar. Porque por supuesto que se quedó a almorzar.
Catalina, Irina y Theron en el comedor. Y Selene, invitada por Ezra porque el protocolo lo exigía cuando un alfa del pueblo visitaba el castillo. Ezra y su maldito protocolo.
Selene hablaba de las patrullas del perímetro, de una grieta en la barrera mágica que necesitaba reparación, de un conflicto entre dos familias del pueblo que requería la intervención del rey. Todo importante. Todo necesario.
Y entre cada informe, un toque. La mano de Selene en el brazo de Theron para enfatizar un punto. Los dedos rozándole la muñeca al pasarle un documento. Esa forma de ladear la cabeza cuando le hablaba, exponiendo el cuello, que en el lenguaje de los lobos significaba confianza e intimidad.
Catalina comía en silencio, mirando el espectáculo con la expresión de alguien que está en el teatro y espera el momento en que la protagonista explote.
No tuvo que esperar mucho.
—¿Hay algo más que necesites discutir con el rey, Selene? —preguntó Irina con un tono que podría haber congelado el café—. ¿O podemos terminar de almorzar sin que le toques el brazo cada treinta segundos?
El silencio cayó sobre la mesa como una bomba.
Selene la miró. Theron la miró. Catalina tomó un sorbo de agua con la cara de alguien que acaba de ganar una apuesta consigo misma.
—Solo estoy siendo cordial —dijo Selene con esa voz ronca que hacía que todo sonara a invitación.
—Cordial es un saludo. Lo que tú haces es un catálogo de roces que nadie te pidió.
—Irina... —empezó Theron.
—No. —Lo miró—. No me digas que estoy exagerando. Y no me digas que no es lo que parece. Porque sé lo que parece y sé lo que es, y el hecho de que tú no lo notes es exactamente el problema.
—¿Qué problema?
—Que de noche tu bestia duerme en mi habitación y de día dejas que otra loba te manosee en tu despacho como si yo no existiera. Ese problema.
El silencio se hizo más denso. Selene dejó los cubiertos en el plato con un clic suave. Catalina seguía tomando agua como si estuviera viendo la mejor telenovela de su vida.
—Yo no la manoseo —dijo Selene con calma—. Y lo que hubo entre Theron y yo fue antes de que tú llegaras.
—Fue. Tiempo pasado. Mantenlo así.
—¿Me estás marcando territorio, omega?
—Te estoy poniendo límites, alfa. Que no es lo mismo pero se parece bastante.
Selene la miró con una mezcla de sorpresa y algo que podría haber sido respeto si lo hubiera dejado crecer. Se levantó de la mesa.
—Creo que mi visita terminó por hoy. —Miró a Theron—. Me avisas cuando quieras revisar lo de la barrera, mi rey. Sin audiencia, preferiblemente.
Salió del comedor. Los tacones se perdieron por el pasillo.
Theron miraba a Irina con la expresión de un hombre que acaba de presenciar una detonación controlada y no sabe si aplaudir o correr.
—¿Qué? —dijo Irina.
—Nada. Solo estoy procesando que acabas de echar a mi administradora del pueblo del almuerzo.
—No la eché. Se fue sola. Que es muy distinto.
—Le dijiste que dejara de tocarme.
—Le dije que pusiera límites. ¿No es eso lo que haces tú? ¿Poner límites? ¿Decretos? ¿Órdenes? Pues yo también puedo. No soy la omega que fregaba platos, Theron. Soy la mujer que duerme con tu bestia cada noche y que tiene las cicatrices de plata para probarlo. Y si eso no me da derecho a decirle a la loba del pueblo que deje de tocarte, entonces dime qué derecho tengo, porque todavía no me queda claro.
Theron abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez.
—Tienes derecho a todo —dijo, con una voz tan baja que Irina casi no lo escuchó.
—¿Qué?
—A todo. Tienes derecho a todo, Irina. A esta mesa, a este castillo, a decirle a quien quieras que deje de tocarme. No necesitas mi permiso para eso.
—Entonces no dejes que te toque.
—No me di cuenta de que lo estaba haciendo.
—Ese es exactamente el problema.
Se levantó de la mesa y se fue. Espalda recta, mandíbula apretada, sin mirar atrás.
Catalina dejó el vaso en la mesa y miró a su hijo.
—Te lo dije —dijo.
—¿Qué me dijiste?
—Que iba a explotar. Tardó menos de lo que pensé.
—No estás ayudando, madre.
—No estoy intentando ayudar. Estoy disfrutando.
Esa noche, Irina estaba en la cama con los brazos cruzados y la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes cuando la bestia entró.
Empujó la puerta con el hocico como siempre. Entró con esa lentitud cuidadosa que parecía imposible para algo de su tamaño. Se detuvo junto a la cama y la miró con esos ojos amarillos que no juzgaban, no calculaban, no medían. Solo miraban.
—Tu versión humana es un idiota —le dijo Irina a la bestia.
La bestia ladeó la cabeza.
—Un idiota que no se da cuenta cuando otra mujer le pone las manos encima mientras yo estoy sentada a tres metros, mirando, con la sangre hirviéndome y Kira queriendo arrancarle la cara a la loba del pueblo.
La bestia se echó junto a la cama. El piso tembló. Apoyó la cabeza sobre las patas y emitió un sonido bajo que no era un gruñido sino algo más suave, como un te escucho, sigue.
—¿Y sabes qué es lo peor? Que me importa. Me importa un demonio y no debería importarme porque yo no pedí estar aquí ni pedí que me secuestraran ni pedí enamorarme de un hombre que de noche me abraza dormido y de día no sabe cómo mirarme a los ojos. —Se detuvo—. Mierda. Acabo de decir enamorarme.
Sí, lo dijiste, dijo Kira con un tono que destilaba satisfacción.
—Cállate, Kira.
No te dije nada.
—Ibas a decirlo. Te conozco.
La bestia levantó la cabeza. Se estiró hasta poner el hocico en el borde de la cama, a centímetros de la cara de Irina. Los ojos amarillos, enormes, brillantes, la miraron con esa intensidad que le derretía la rabia como hielo al sol.
Le dio una lamida en la nariz.
—¡Oye! —Irina se limpió con la manga—. Eso es asqueroso.
La bestia lo hizo otra vez.
—¡Para! —Pero se estaba riendo. Contra su voluntad, contra su rabia, contra todo—. ¡Para, bestia babosa!
La bestia emitió ese ronroneo grave que le vibraba en el pecho y se subió a la cama con un peso que hizo crujir todo el armazón. Se acurrucó a su lado, envolviéndola con su cuerpo, y el ronroneo le llenó la habitación como una marea caliente.
Irina se rindió. Se apoyó contra el pelaje negro, cerró los ojos y dejó que la vibración le aflojara los músculos y la rabia.
—Eres mucho mejor que tu versión humana —murmuró contra el pelaje—. Tú por lo menos sabes cuándo callarte y cuándo lamerme la cara.
Eso también es amor, dijo Kira. Solo que más honesto.
Irina no respondió. Pero no la contradijo.
Y se quedó dormida abrazada a la bestia, con las cicatrices de plata brillando en la oscuridad y una palabra nueva instalada en su pecho que no iba a poder desinstalar por más que quisiera.
Enamorarme. Maldita sea.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA