Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 21 — Donde no debes mirar
No sé en qué momento dejé de prestar atención al camino.
Tal vez fue cuando pasamos el segundo pasillo.
O cuando la casa empezó a sentirse menos como un lugar… y más como un mundo diseñado para atraparme.
Pero cuando Alessio abrió aquella puerta…
todo lo demás dejó de importar.
Me quedé inmóvil.
No por duda.
Por impacto.
—¿Qué es esto…?
Mi voz salió en un susurro.
No hacía falta elevarla.
El lugar hablaba por sí solo.
Era una biblioteca.
Pero no cualquier biblioteca.
Era mi biblioteca.
Lo supe en el instante en que mis ojos comenzaron a recorrer los estantes.
Romance.
Dark romance.
Misterio.
Thriller psicológico.
Aventura.
Historias que conocía.
Otras que había buscado.
Algunas que había querido leer y nunca encontré.
Todo estaba ahí.
Perfectamente organizado.
Perfectamente pensado.
Para mí.
Di un paso hacia adelante.
Luego otro.
Mis dedos rozaron los lomos de los libros como si necesitara comprobar que eran reales.
—Esto…
Negué suavemente con la cabeza.
—No puede ser casualidad.
—No lo es.
Su voz detrás de mí fue baja.
Calma.
Segura.
Como siempre.
Giré lentamente.
—¿Cómo sabías?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Te lo dije.
Se acercó un poco más.
—Investigo lo que es mío.
Esa frase…
esa maldita frase…
ya no se sentía igual.
Porque esta vez…
no me molestó.
Esta vez…
me afectó distinto.
Mi mirada volvió al espacio.
Había un sofá amplio, cómodo, colocado estratégicamente frente a un ventanal que dejaba ver el bosque nevado.
Una pequeña nevera.
Una televisión.
Luz cálida.
Todo…
todo era perfecto.
—Es demasiado…
—¿Demasiado qué?
—Demasiado para mí.
El silencio cayó.
Pero no incómodo.
—Nada es demasiado para ti.
Esa respuesta…
me hizo mirarlo de nuevo.
Y algo cambió.
No supe exactamente qué.
Pero lo sentí.
Claro.
Directo.
Peligroso.
Di un paso hacia él.
Lento.
Consciente.
Sin apartar la mirada.
—¿Siempre haces esto?
—¿Esto qué?
—Dar exactamente lo que no te piden.
Su mandíbula se tensó apenas.
—Solo cuando quiero.
Mi corazón latía más rápido.
Pero no retrocedí.
No esta vez.
—Entonces querías esto.
—Quería que lo vieras.
Silencio.
Pesado.
Cargado.
—Ya lo vi.
Otro paso.
Más cerca.
—¿Y?
Su voz bajó.
—¿Valió la pena?
Lo miré.
De verdad.
No como antes.
No como alguien que lucha.
Como alguien que… empieza a entender.
—Sí.
La palabra salió suave.
Pero fue suficiente.
Porque en ese momento…
dejé de pensar.
De medir.
De controlar.
Y actué.
Me lancé hacia él.
No con brusquedad.
Pero sí con decisión.
Mis manos se aferraron a su camisa mientras mis labios encontraron los suyos sin previo aviso.
El beso no fue lento.
No fue contenido.
Fue… impulso.
Fue respuesta.
Fue todo lo que no había querido admitir hasta ahora.
Él no reaccionó de inmediato.
Solo un segundo.
Uno.
Pero luego…
respondió.
Con fuerza.
Con presencia.
Sus manos fueron directas a mi cintura, acercándome completamente a él, eliminando cualquier espacio que quedara.
El beso se volvió más intenso.
Más profundo.
Más… real.
Como si todo lo acumulado entre nosotros finalmente encontrara una salida.
El aire se volvió pesado.
Caliente.
Inestable.
Y por un segundo…
todo dejó de importar.
Hasta que—
—Señora.
La voz cortó el momento como un golpe.
Nos separamos de inmediato.
Mi respiración estaba completamente descontrolada.
Mi pulso… peor.
Giré la cabeza.
Lleliam estaba en la puerta.
Inmóvil.
Serio.
Como si no hubiera visto nada.
Pero lo había visto todo.
—Su teléfono no ha parado de sonar.
El mundo volvió de golpe.
—¿Qué?
Se acercó un paso.
Extendiendo el dispositivo.
Mi teléfono.
Mi corazón dio un salto.
—Gracias…
Lo tomé.
Y entonces…
lo vi.
Nombre en pantalla.
Emiliano.
El aire se congeló.
Literalmente.
Porque cuando levanté la mirada…
Alessio ya no estaba igual.
Su expresión había cambiado por completo.
Fría.
Oscura.
Peligrosa.
—Contesta.
Su voz fue baja.
Pero no fue una sugerencia.
Fue una orden.
—No es necesario—
—Contesta.
Más firme.
Más directo.
No había opción.
Tragué saliva.
Y deslicé el dedo.
—Hola…
—Valeria —la voz de Emiliano llegó inmediata—. ¿Por qué no respondes?
Mi mirada se cruzó con la de Alessio.
Seguía ahí.
Frente a mí.
Escuchando.
Analizando.
Esperando.
—Estaba ocupada.
—¿Con él?
Silencio.
Maldita sea.
—No empieces.
—No me gusta esto.
—¿Qué cosa?
—Dónde estás.
Cómo estás.
Con quién estás.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Estoy bien.
—No suenas bien.
—Estoy bien.
Repetí.
Pero ni yo me lo creí.
—Valeria—
—¿Qué quieres, Emiliano?
Mi tono cambió.
Más firme.
Más controlado.
Necesitaba cortar esto.
Necesitaba controlarlo.
—Quiero verte.
El silencio cayó.
Pesado.
Peligroso.
Porque sabía lo que eso significaba.
Porque sabía quién estaba escuchando.
—No es posible.
—Hazlo posible.
—No puedo.
—¿Por él?
Mis dedos se tensaron alrededor del teléfono.
—Por todo.
El silencio se estiró.
—No me gusta esto.
—No tiene que gustarte.
—Valeria…
Su voz bajó.
Más suave.
Más cercana.
—No confío en él.
Error.
Sentí el cambio inmediato en Alessio.
Esa mínima tensión.
Ese mínimo movimiento.
—No es tu decisión.
—Pero sí es mi problema.
—No.
Negué ligeramente.
—Ya no.
Silencio.
Y entonces…
lo dijo.
—No te alejes de mí.
Mi corazón dio un golpe fuerte.
—Es tarde para eso.
La frase salió sola.
Sin pensar.
Sin medir.
Sin control.
Y cuando colgué…
el silencio fue absoluto.
Pesado.
Irrompible.
Levanté la mirada lentamente.
Alessio seguía ahí.
Observándome.
Pero ya no había duda.
Ya no había calma.
Solo…
fuego.
—Así que…
Su voz fue baja.
Peligrosa.
—“Cassie”.
El nombre sonó distinto ahora.
Más oscuro.
Más cargado.
Y supe…
en ese instante…
que todo acababa de cambiar.