Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: Las grietas del hielo
Viollet
Amaneció con el rumor de las olas rompiendo contra los acantilados y el peso de un brazo sobre mi cintura.
Abrí los ojos con lentitud, temerosa de que el contacto fuera un sueño. Pero no lo era. Rubén dormía a mi lado, con el rostro vuelto hacia mí, y en la penumbra gris de la madrugada, sus facciones se veían diferentes. Sin la máscara de hielo que llevaba puesta en la corte, era casi joven. Casi vulnerable.
No nos habíamos acostado juntos la noche anterior. Después del beso en la biblioteca, después de que sus brazos me rodearan y el mundo se redujera a la presión de sus labios sobre los míos, algo se había quebrado entre nosotros. No era deseo —aunque también eso, latente, bullendo bajo la superficie—, sino algo más simple y más aterrador: la rendición. Él había dejado caer su guardia, y yo había dejado caer la mía, y por unas horas habíamos sido solo dos personas rotas que se encontraban en la oscuridad.
Luego, sin mediar palabra, me había tomado de la mano y me había llevado a sus aposentos. No a los míos, no a la biblioteca. A su habitación, el santuario donde nadie entraba. Me había tendido en la cama a su lado, con la ropa puesta, y me había abrazado como si yo fuera un ancla en medio de la tormenta.
Habíamos dormido así. Sin sexo, sin promesas. Solo con el calor de nuestros cuerpos entrelazados.
Ahora, al sentir mi movimiento, él abrió los ojos. Esos ojos grises que tanto me habían intimidado la primera vez, que ahora me miraban con una intensidad que me desnudaba el alma.
—Buenos días —susurré, sin atreverme a moverme.
—Buenos días —respondió, y su voz era ronca, aún empañada por el sueño.
Por un momento ninguno se movió. Luego, con una lentitud que me pareció eterna, él llevó una mano a mi rostro y rozó mi mejilla con el dorso de los dedos.
—No debería haber hecho esto —dijo, pero su voz no tenía arrepentimiento.
—¿El qué? ¿Besarme? ¿O traerme a tu cama?
—Ambos.
Sonreí, y fue una sonrisa sin artificios.
—Pues yo creo que deberías haberlo hecho antes.
Rubén soltó una exhalación que pudo ser una risa contenida.
—Eres imposible.
—Lo sé. —Me incorporé sobre un codo, dejando que el cabello blanco cayera sobre mi hombro—. Pero no voy a pedirte nada que no estés dispuesto a dar, Rubén. Esto… lo que sea que esté pasando entre nosotros… quiero que sea tuyo también. No quiero que te sientas obligado.
Él me observó en silencio un largo rato. Sus dedos descendieron desde mi mejilla hasta mi cuello, donde se detuvieron sobre el latido acelerado de mi corazón.
—¿Y si lo que siento no es obligación? —preguntó, y en su voz había una honestidad cruda que me desarmó—. ¿Y si es algo que no sé cómo nombrar?
—Entonces lo nombraremos juntos —respondí, inclinándome para rozar sus labios con los míos—. Pero no ahora. Ahora tenemos un día por delante y un intruso que interrogar.
El nombre de la realidad cayó entre nosotros como un cubo de agua fría. Rubén se apartó, y el hielo volvió a sus ojos, aunque esta vez no era frío. Era determinación.
—Tienes razón. Bájate. Yo hablaré con el prisionero.
—Nosotros hablaremos con el prisionero —corregí, incorporándome por completo—. Fui yo quien lo inmovilizó. Tengo derecho a saber quién lo envió.
Rubén arqueó una ceja.
—¿Siempre fuiste tan obstinada o es algo nuevo?
—Siempre. Pero antes nadie se quedaba el tiempo suficiente para descubrirlo.
Algo brilló en su mirada. Algo que no supe interpretar, pero que me calentó el pecho.
—Está bien —dijo, levantándose de la cama con un movimiento fluido que mostró la musculatura de su espalda bajo la camisa arrugada—. Pero te quedas detrás de mí. Y si hay peligro, haces lo que yo diga.
—Sí, señor duque —respondí con una reverencia exagerada.
Me lanzó una mirada que era pura advertencia, pero en el fondo de sus ojos vi el destello de una sonrisa contenida.
El prisionero estaba en las mazmorras de la finca, un espacio húmedo y mal iluminado que Rubén había habilitado para interrogatorios. No era un lugar que esperara encontrar en una mansión costera, pero los Dubrey eran una familia militar, y la guerra, me estaba dando cuenta, los seguía a todas partes.
El hombre estaba atado a una silla de hierro, con el pasamontañas retirado. Era un tipo de rostro común, barba de dos días, ojos de un marrón tan opaco que parecían muertos. Cuando entramos, alzó la vista y su mirada pasó de Rubén a mí con una mezcla de miedo y desprecio.
—No voy a hablar —dijo antes de que nadie abriera la boca.
—Todos hablan al final —respondió Rubén con una calma que resultaba más amenazante que cualquier grito—. La única cuestión es cuánto dolor prefieres antes de hacerlo.
El hombre escupió al suelo.
—Haz lo que quieras. No me importa.
Rubén se acercó a él con paso lento, y yo vi cómo sus dedos se cerraban alrededor del puño de su cinturón. Iba a golpearlo. Lo sabía porque la primera vez había visto a su hermano Emilio usar esa misma violencia contenida, y el gesto era idéntico.
—Espera —dije, adelantándome.
Rubén se volvió hacia mí con el ceño fruncido.
—Esto no es asunto tuyo.
—Es mi asunto porque ese hombre vino a matarte a ti —respondí, sin inmutarme—. Y porque sé que hay formas más efectivas que la violencia para hacer hablar a alguien.
Me acerqué al prisionero, consciente de que Rubén tensaba el cuerpo a mi espalda, listo para saltar si el hombre hacía un movimiento brusco. Pero el hombre estaba bien atado. No podía lastimarme.
Me arrodillé frente a él, hasta quedar a la altura de sus ojos.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
Él me miró con desconfianza.
—No voy a…
—No te pido que confieses. Solo tu nombre. Es lo mínimo que podemos hacer antes de que mi esposo te arranque las uñas una por una, ¿no crees?
El hombre tragó saliva. Sus ojos se desviaron hacia Rubén, que seguía detrás de mí con los brazos cruzados y una expresión de puro granito.
—Goran —dijo al fin—. Me llamo Goran.
—Goran —repetí, saboreando el nombre—. Dime, Goran, ¿tienes familia? ¿Una esposa? ¿Hijos?
Él enmudeció. Sus labios se tensaron, y en sus ojos vi el dolor que intentaba ocultar.
—Una hija —respondió en un susurro—. Se llama Mila.
—Mila. Es un nombre bonito. ¿Cuántos años tiene?
—Siete.
Asentí, con el corazón encogido. No era la primera vez que usaba esta táctica, pero nunca se volvía más fácil.
—Goran, yo sé que no viniste por voluntad propia. Alguien te pagó, o te amenazó, o las dos cosas. Pero quiero que sepas algo: mi esposo no es el monstruo que te han dicho. No va a matarte si hablas. Y yo… yo puedo proteger a tu hija.
El hombre me miró con unos ojos que oscilaban entre la esperanza y el miedo.
—¿Por qué harías eso? Usted no me conoce.
—Porque sé lo que es perder a alguien que quieres —respondí, y esta vez mi voz tembló apenas, porque las palabras eran verdad—. Y porque no quiero que Mila crezca sin su padre por un error que tú cometiste por necesidad.
El silencio se alargó. Rubén no intervino, aunque sentía su mirada clavada en mi nuca, evaluando cada palabra.
Goran rompió a llorar.
Fue un llanto feo, desgarrador, el de un hombre que ha estado conteniendo las lágrimas durante días. No intenté consolarlo. Solo me quedé allí, arrodillada, esperando.
—Fue el hermano del duque —dijo al fin, entre hipidos—. Emilio Dubrey. Me pagó para que entrara a los aposentos de su hermano y lo matara mientras dormía. Dijo que era una misión fácil, que el duque estaría solo, que la guardia estaría distraída. No me dijo que la duquesa… no me dijo que usted… —no pudo terminar.
Rubén dio un paso al frente, y yo levanté una mano para detenerlo.
—¿Por qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta—. ¿Qué gana Emilio con la muerte de su hermano?
—No lo sé —respondió Goran, secándose las mejillas con el hombro porque las manos estaban atadas—. Solo sé que trabaja con alguien más. Alguien poderoso. Un noble. O quizá… —bajó la voz—. Quizá el propio rey.
El nombre cayó en la habitación como una bomba. Rubén enmudeció, y yo vi cómo sus manos se cerraban en puños a los costados.
—¿Tienes pruebas? —pregunté.
—Cartas. Emilio me dio órdenes escritas. Las escondí en mi casa, debajo de las tablas del suelo. Si van allí, las encontrarán.
Me puse de pie y me volví hacia Rubén. Su rostro era una máscara de furia contenida, pero en sus ojos vi algo más: decepción. La traición de un hermano siempre duele más que la de un enemigo.
—Ahora sabes la verdad —dije en voz baja.
—Parte de ella —respondió él, y su voz era un hilo de acero—. Pero necesito más. Necesito saber hasta dónde llega esta conspiración.
—Entonces empecemos por las cartas —propuse—. Y por encontrar aliados en los que podamos confiar.
Rubén asintió. Luego, para mi sorpresa, se acercó a Goran y cortó sus ataduras con un movimiento seco de su daga.
—Vete —le dijo—. Y no vuelvas a poner un pie en mis dominios. Si vuelvo a verte, te mataré. Pero si lo que has dicho es verdad, tu hija no pagará por tus errores.
Goran cayó de rodillas, balbuceando gracias. Yo me aparté, dejando que Rubén lo escoltara fuera de la mazmorra. Cuando regresó, sus pasos resonaban con una determinación que no le había visto antes.
—Viollet —dijo, tomándome por los hombros y obligándome a mirarlo a los ojos—. Lo que hiciste ahí dentro… ¿dónde aprendiste a interrogar así?
—En los libros —mentí, porque no podía decirle que lo había aprendido en la primera vida, viendo cómo los verdugos del rey arrancaban confesiones falsas a los inocentes—. Y en la necesidad. Cuando vives entre enemigos, aprendes a leer a las personas.
Él me observó un largo rato. Luego, sin soltarme, inclinó la frente hasta apoyarla contra la mía.
—Eres la mujer más aterradora que he conocido —murmuró.
—¿Eso es un cumplido?
—No lo sé todavía.
Sonreí, y nuestros labios se rozaron en un beso que no fue de pasión, sino de alianza. De dos personas que acababan de descubrir que el mundo estaba en su contra, y que la única forma de sobrevivir era hacerlo juntos.
______________________________
Rubén
Las cartas de Emilio estaban donde Goran había dicho.
Envié a mi capitán de confianza, Lars, a buscarlas con una escolta de seis hombres. Mientras tanto, yo no podía quedarme de brazos cruzados. La revelación de que mi propio hermano quería verme muerto había abierto una grieta en mi pecho que no sabía cómo cerrar.
Pasé la tarde en el estudio, revisando cada uno de los informes de los últimos meses. Buscando patrones, buscando señales que hubiera pasado por alto. Y las encontré.
Misiones que deberían haber sido fáciles y que resultaron emboscadas. Suministros que desaparecían. Cartas que llegaban tarde. Todo apuntaba a alguien con acceso a mi información, alguien que sabía mis movimientos antes de que yo los ejecutara.
Emilio siempre había estado allí. Siempre sonriendo, siempre ofreciendo su ayuda. Y yo, imbécil, la había aceptado.
—¿Rubén?
La voz de Viollet me arrancó de mis pensamientos. Estaba en la puerta del estudio con una bandeja de té, y su presencia, de alguna manera, calmó la tormenta en mi interior.
—Entra —dije, apartando los papeles.
Dejó la bandeja en la mesa y se sentó frente a mí, con las manos entrelazadas sobre el regazo. No dijo nada. Solo me miró, y en sus ojos violetas había una paciencia infinita.
—Mi hermano quiere matarme —dije al fin, porque necesitaba decirlo en voz alta para creerlo—. Hemos crecido juntos. Hemos luchado codo a codo. Y él…
—La traición nunca viene de los enemigos —respondió ella con suavidad—. Viene de aquellos en quienes confiamos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque a mí también me traicionaron. —Su voz se quebró apenas, y vi cómo sus dedos se tensaban sobre sus propias manos—. Personas que debían quererme. Mi padre, mi madrastra, mi hermana… todos ellos me vendieron por un puñado de monedas.
—¿Grecia? —pregunté, recordando a la joven de sonrisa melosa que había visto en la boda.
—Grecia —confirmó Viollet, y en su voz había un odio contenido que me heló la sangre—. Algún día te contaré toda la historia. Pero ahora no. Ahora solo quiero que sepas que te entiendo. Y que no estás solo.
Me levanté de la silla y rodeé la mesa para sentarme a su lado. Tomé sus manos entre las mías, y sentí cómo temblaban.
—¿Por qué me ayudas? —pregunté—. Podrías haberte quedado en tu rincón, fingiendo que nada de esto te importa. Pero no lo haces. ¿Por qué?
Viollet levantó la vista hacia mí, y en sus ojos había una verdad tan cruda que me cortó la respiración.
—Porque en otra vida —dijo lentamente—, te dejé morir. Y no voy a cometer el mismo error dos veces.
No entendí sus palabras. No podía. Pero en la forma en que las pronunció, con la certeza de quien ha visto lo que no debería ver, supe que no estaba loca. Que había algo en ella, algo más grande que yo, que la impulsaba a protegerme.
—No voy a morir —dije, apretando sus manos—. No mientras tú estés a mi lado.
—Eso espero —susurró ella—. Porque si mueres, juro que te seguiré al infierno para rescatarte.
Y en ese momento, con las olas rugiendo allá afuera y las cartas de la traición aún calientes sobre la mesa, supe que Viollet Dubrey no era solo la mujer con la que me había casado por deber. Era algo más. Era mi segunda oportunidad.
Aunque aún no supiera de qué.
.............
En la capital, Emil Dubrey rompió la carta que acababa de recibir en pedazos diminutos.
—Han descubierto al asesino —dijo Grecia, que estaba sentada frente a él en la cámara secreta—. Mi informante en la finca dice que Goran cantó todo antes de que lo soltaran.
—Lo sé —respondió Emil, con la mandíbula tensa—. Pero no importa. Goran no sabe quién está detrás de todo. Solo conoce mi nombre, y yo puedo negarlo todo. Soy el hermano del duque. ¿Quién va a creer a un asesino a sueldo contra mí?
—El rey no estará contento —advirtió Grecia.
—El rey no tiene por qué saberlo todo —respondió Emil, y en sus ojos color avellana brilló algo peligroso—. Tengo otro plan. Mejor que el anterior. Y esta vez, no dependerá de asesinos baratos.
Grecia arqueó una ceja.
—¿Qué vas a hacer?
Emil sonrió, y su sonrisa era la de un zorro que ha encontrado el gallinero abierto.
—Mi hermano se ha enamorado. Eso lo vuelve débil. Y las debilidades, querida Grecia, son para explotarlas, no para compadecerlas.
—¿Cómo sabes que se ha enamorado?
—Porque anuló una misión por ella. Porque la llevó a la finca de los acantilados, donde jamás ha llevado a nadie. Porque duermen en la misma habitación, según mis espías. Rubén Dubrey, el hombre de hielo, se ha derretido. Y cuando el hielo se derrite, solo queda agua. Fácil de moldear. Fácil de romper.
Grecia lo observó en silencio, y por un instante, algo parecido al miedo cruzó sus ojos grises.
—No subestimes a mi hermana —dijo—. Es más astuta de lo que parece.
—Todos lo son —respondió Emil, levantándose de la mesa—. Hasta que dejan de serlo.
Afuera, la noche caía sobre Giosem, y en los acantilados, dos personas que habían encontrado algo frágil y precioso se aferraban el uno al otro sin saber que la tormenta que se avecinaba no sería de viento ni de mar, sino de fuego y traición.
...****************...
Gracias por leer 😊
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰