Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23 El viaje de regreso
Don Eusebio se fue en su carreta roja, con una sonrisa tan grande que parecía que se le iba a resbalar de la cara. Los caballos, sintiendo el buen humor de su amo, trotaron ligeros por el camino de tierra.
Martina se quedó en la puerta, agitando la mano hasta que la carreta desapareció en la polvareda.
—Tía —dijo Sabina, saliendo de la casa—. Estás llorando.
—Son lágrimas de vieja —respondió Martina, secándose los ojos con el delantal—. No les hagas caso.
—Son lágrimas de felicidad.
—También. Un poco.
Sabina la abrazó. Era un abrazo breve, pero sincero.
—Te mereces esto, tía. Te mereces todo.
—Lo sé —respondió Martina, separándose—. Pero primero tú. Primero Abel. Lo de Eusebio puede esperar.
—No tiene que esperar. Podemos hacer las dos cosas al mismo tiempo.
Martina la miró con esos ojos sabios que tanto habían visto.
—Sabes que no. Tú eres mi prioridad, mi niña. Eso no va a cambiar porque un hombre me prometa paseos de la mano.
Sabina quiso protestar, pero Martina levantó una mano.
—Cuando tú estés segura, cuando Abel esté a salvo, entonces hablaremos de Eusebio. Pero mientras haya peligro, yo estoy aquí. Contigo. Como siempre.
No hubo forma de convencerla. Sabina lo sabía. Su tía era terca, tanto como ella. Tal vez por eso se entendían tan bien.
*_*
Ernesto había presenciado toda la escena desde el corredor. Vio a Martina decir esas palabras que cambiaron la vida del magistrado. Vio a Sabina abrazar a su tía. Vio la luz en los ojos de esa mujer mayor, una luz que no tenía nada que ver con la juventud y todo que ver con la esperanza.
También aquí hay secretos, pensó. Secretos de amor, no de muerte. Pero secretos al fin.
Se quedó mirando el horizonte, donde la carreta roja ya era solo un punto diminuto.
—Buen viaje, don Eusebio —murmuró—. Y cuídela. Esa mujer vale más que todas las fortunas juntas.
Luego se fue a las caballerizas. Había trabajo que hacer. Y él había prometido ayudar.
Pero en su corazón, algo había cambiado. Ver a Martina y a don Eusebio, ver cómo dos personas maduras podían encontrar el amor después de tantas pérdidas, le hizo pensar en lo solo que estaba.
Y en lo mucho que me gustaría, se confesó a sí mismo mientras cepillaba el lomo del overo, que alguien me mirara como ese magistrado mira a doña Martina.
La imagen de Sabina, con sus ojos celestes y su espalda siempre erguida, apareció en su mente sin que él la invitara.
—No —dijo en voz alta—. No voy por ahí. Ella es un problema. No una solución.
Pero el corazón, a veces, no escucha razones.
Y el de Ernesto Montenegro, sin que él lo supiera, ya había comenzado a latir al ritmo de la viuda.
La calma después de la partida de don Eusebio duró apenas unas horas. Fue como esa paz falsa que precede a una tormenta, ese silencio en el campo antes de que el viento empiece a aullar entre los árboles.
Sabina lo sintió en el aire. Una opresión en el pecho, un hormigueo en la nuca. Algo malo se acercaba.
No se equivocaba.
El mediodía quemaba cuando dos carretas lujosas se detuvieron frente a la casona. No eran como la de don Eusebio, elegante y discreta.
Estas eran ostentosas, pintadas de colores chillones, con cortinas de terciopelo asomando por las ventanillas. Los caballos eran de pura raza, pero llevaban el paso cansado, como si hubieran recorrido un largo trecho.
Sabina estaba en la cocina, ayudando a doña Alicia a pelar papas, cuando escuchó el ruido. Martina cosía en un rincón. Abel jugaba en el patio con un perro callejero que se había encariñado con él.
—Doña Alicia —dijo Sabina, secándose las manos en el delantal—. Lleva a Abel a su habitación. No salgan hasta que yo les diga.
—¿Qué pasa, señora? —preguntó la cocinera, alarmada.
—Los buitres —respondió Sabina—. Otra vez.
Martina dejó la costura y se puso de pie con una agilidad que contrastaba con su edad.
—¿Quiénes son? —preguntó.
—Los hermanos de Felipe. El segundo y el tercero. Fulgencio y Ramiro Montenegro.
—Los que ya han venido antes a reclamar la herencia —recordó Martina, frunciendo el ceño.
—Los mismos. Pero esta vez no están solos. Escucho más de una carreta.
Sabina salió al corredor. Desde allí vio a dos hombres bajando de los vehículos. El primero era Fulgencio Montenegro, el mayor de los hermanos vivos de Felipe.
Tenía unos sesenta años, el cabello engominado hacia atrás y una barriga prominente que su chaleco de seda no lograba disimular. Vestía como un potentado: traje oscuro, botas de piel de cocodrilo, anillos de oro en los dedos.
Pero su rostro era cruel, con los ojos pequeños y la boca siempre torcida en una mueca de desprecio.
Detrás de él bajó Ramiro, el tercero. Más joven, cincuenta y tantos, pero igual de desagradable. Era delgado, nervioso, con las manos siempre moviéndose como si estuvieran buscando algo que robar.
Los dos hermanos se miraron entre sí y luego dirigieron sus ojos hacia la casona. Fulgencio ajustó su corbata, alisó su chaqueta y caminó hacia la puerta con paso de propietario.
—¡Sabina Montenegro! —gritó, sin siquiera golpear primero—. ¡Salga ahora mismo!
Ernesto apareció desde las caballerizas. Había visto las carretas llegar y supo de inmediato quienes eran. Sus primos. Sus odiosos primos. Se secó las manos en un trapo y caminó hacia la entrada, deteniéndose a unos metros de Sabina.
—¿Necesitas que me quede? —preguntó en voz baja.
—No —respondió ella—. Esto es asunto mío.
—Será asunto tuyo, pero yo también soy Montenegro.
Sabina lo miró un instante. Había algo en su rostro, una determinación que no recordaba haber visto antes. Asintió sin decir palabra.
Fue a abrir la puerta.
continúa por favor