La escuela está en pánico, en el pueblo pasan cosas extrañas, los padres ya no dejan salir a sus hijos, algunos murmuran sobre un animal raro, ¿un perro grande, o algo más?, nadie se atreve a decirlo en voz alta.
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Todo apunta a Zack
Me tragué la rabia, me dolía el brazo, y volví a mi cuarto, no podía seguir ahí mirándolo fingir, la casa seguía en silencio, me metí a la cama sin taparme, no iba a poder dormir.
Escuché el motor, las llantas en la grava, la puerta principal, eran casi las seis, papá había vuelto, su radio ya no sonaba, pero los pasos se oían pesados, como si cargara con otro cuerpo en la conciencia.
No salí, me quedé quieta, y entonces lo oí, la puerta de Zack se abrió con un crujido, pasos, la voz de Angi, bajita. Entró a su cuarto y cerró de inmediato, me levanté sin hacer ruido, descalza, crucé el pasillo, pegué la oreja a la puerta de Zack.
Solo murmullos, nada claro, Angi hablaba demasiado bajo, y Zack respondía con palabras cortas, como si no quisiera usar su voz, aguanté la respiración, intenté distinguir algo, cualquier cosa, pero solo era un susurro inútil, inentendible.
Entonces la puerta se abrió de golpe, Zack estaba ahí, parado frente a mí, con los ojos duros, Angi detrás, con una taza de té en la mano, me miró sin sorpresa, como si ya supiera que yo estaba ahí.
___ Buenos días, cariño —Dijo Angi, con la voz plana, pero cálida.
Zack no dijo nada, solo me sostuvo la mirada, y luego bostezó, demasiado fuerte, demasiado falso, cerró la puerta en mi cara, dejándome con el oído ardiendo y las manos vacías, sin una sola palabra que pudiera usar contra él.
No dormí nada, pero igual tuve que ir.
La escuela estaba irreconocible, patrullas en la entrada, padres llorando en la banqueta, la cinta amarilla cruzaba toda la cancha de futbol, brillando bajo el sol de las siete, nos hicieron formar en el patio, lejos, pero se veía todo.
Los policías iban y venían, tomando fotos, hablando por radio, en el centro de la cancha, tapado con una sábana blanca, estaba el cuerpo, los tenis del profe Salgado se asomaban por debajo, los reconocí, los usaba ayer para correr con nosotros.
—Formación en silencio —Dijo la directora, pálida, con la voz quebrada—, hubo un incidente grave, las clases quedan suspendidas, esperen a que sus padres vengan por ustedes.
Las niñas de primero lloraban, los de mi salón murmuraban, “lo atacó un animal”, “dicen que le desgarró la garganta”, “yo vi sangre en el pasto” dijo otro me tapé los oídos, pero igual escuchaba.
Busqué a Zack con la mirada, él estaba en la fila de los de último año, recargado en la pared, tranquilo, demasiado tranquilo, me vio, y se encogió de hombros, como si nada, como si no supiera que anoche él no estaba en su cama, como si no oliera a tierra y a lodo cuando me agarró del brazo.
Un policía se acercó a la directora, le dijo algo al oído, ella asintió y nos miró a todos—Nadie sale del plantel hasta que demos declaraciones, vamos a pasar salón por salón.
El viento movió la cinta amarilla, y juré que el olor que traía no era solo de pasto cortado, era el mismo olor que Zack tenía anoche, a bosque, a baldío, a algo salvaje.
Fue Zack, tenía que ser él, anoche no estaba en su cama, olía a tierra, a sangre, me marcó el brazo, y ahora el profe Salgado estaba muerto en la cancha, destrozado, pero no dije nada, nadie se atrevió a decir nada.
Pasaron salón por salón, un policía gordo, sudando, con una libreta, nos preguntaba uno por uno—¿Vieron algo raro anoche, escucharon ruidos, algún perro suelto cerca de la escuela?.
Todos decían lo mismo, “No, oficial”, “yo estaba dormido”, “debe ser un perro rabioso, de esos que se meten del baldío”, hasta la directora asintió, “sí, tenemos problemas con perros callejeros, ya habíamos reportado antes”.
Yo apreté los dientes, quería gritar, quería señalar a Zack, que seguía recargado en la pared del pasillo, con las manos en los bolsillos, mirando el piso, sin una gota de nervios, pero me acordé de anoche, de sus dedos en mi brazo.
—Caroline —dijo el policía, mirándome— ¿Tú viste algo, hija?
Lo miré, miré a Zack, que por un segundo levantó los ojos y me los clavó, oscuros, advirtiendo, tragué saliva, el olor del baldío me volvió a la nariz.
—No —mentí, la voz me salió bajita—, no vi nada, señor, seguro fue un perro, como dicen todos.
El policía anotó y se fue, Zack volvió a mirar el piso, y yo me quedé con el secreto atorado en la garganta, sabiendo que en esas casas y en esta escuela, nadie se atreve a decir lo que pasa en la noche. ¿De luna llena?.
La directora habló por el micrófono del patio:
—Debido a los hechos ocurridos, la escuela declara dos días de duelo, no habrá clases, regresamos el jueves, por favor, cuídense y hablen con sus padres si necesitan apoyo.
Todos empezaron a salir en fila, los policías seguían en la cancha, la cinta amarilla no la quitaban, yo me quedé pegada a la pared, viendo cómo Zack se iba con Angi sin decirme nada, como si yo no existiera.
Fue ahí cuando la vi, estaba sola, sentada en las escaleras de la entrada, con una mochila negra que no era de esta escuela, el pelo muy rubio, casi blanco, y los ojos claros, de esas personas que no parpadean cuando te miran.
Los policías le habían hecho preguntas antes, la vi desde lejos, pero ella no lloraba, no temblaba, solo contestaba con la cabeza.
Se paró cuando me vio mirarla, caminó directo hacia mí, sin miedo a la cinta, sin miedo a los policías.
—Tú tampoco crees lo del perro, ¿verdad? —dijo, la voz bajita, con un acento raro que no era de aquí—Me llamo Irina, entré hoy, transferencia, bonito día para llegar.
No supe qué decir, nadie hablaba así, nadie decía eso en voz alta, ella sonrió, pero no con la boca, solo con los ojos.
—Te vi, cuando el policía te preguntó —siguió, metiéndose la manos a las bolsas—Vi cómo miraste al chico, al que no le importa nada, ¿es tu hermano?
El corazón se me fue al estómago, no le había dicho nada a nadie, y esta niña nueva, Irina, ya sabía demasiado.