"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El Refugio Profanado
NARRADOR
La vida después de la gran fiesta no trajo la calma que Aitana tanto anhelaba. Al contrario, parecía que haber abierto las puertas de su casa para la celebración había dado un permiso invisible a los demás para entrar y salir a su antojo. Para Aitana, la rutina se volvió una marcha forzada entre un trabajo que la asfixiaba y un hogar que empezaba a sentirse ajeno.
En la empresa de sobrecamas, Aitana ya dominaba los pasillos y la bodega. Sabía dónde estaba cada código y atendía a los clientes con una eficiencia impecable mientras estaba dentro del local. Pero el terror regresaba cada vez que le entregaban los catálogos para salir a la calle. La presión de las ventas era una sombra que la perseguía.
— Aitana, hoy tienes que traer diez afiliaciones —le decía la encargada con tono autoritario.
Aitana salía al centro, pero el nudo en la garganta no la dejaba hablarle a los extraños. El miedo a ser rechazada o, peor aún, a ser mirada de más por algún hombre, la paralizaba. Para evitar el juicio en el trabajo, Aitana empezó a hacer algo desesperado: ella misma usaba su propio dinero para auto-comprarse los catálogos. Prefería perder parte de su sueldo antes que admitir que no podía enfrentarse a la multitud. "Es el precio de mi paz en el trabajo", pensaba mientras entregaba el dinero de ventas que ella misma había financiado.
Sin embargo, la paz en casa también se estaba evaporando. Una noche, Aitana regresaba con sus padres después de que ellos la hubieran ido a buscar. Al doblar la esquina, el corazón se le hundió. Las luces de su casa estaban encendidas de par en par y la música retumbaba en la calle.
— ¿Otra vez, hija? —le recriminó su padre, Roberto, con la voz cargada de decepción—. Tu casa ya parece una cantina. No es posible que permitas esto, mira nada más el escándalo.
Aitana no respondió. Sintió una mezcla de vergüenza y coraje. Se bajó de la camioneta, caminó hacia su puerta y, al entrar, la escena la golpeó con fuerza. Su cuñado mayor y un grupo de amigos estaban instalados en la sala con cervezas por todos lados. No solo eso: habían prendido el aire acondicionado de su cuarto y dejado la puerta abierta para que el frío refrescara también la sala.
— ¡Hola, Aitana! Qué bueno que llegas —dijo su cuñado con la soltura de quien se siente en su propia casa—. Julián nos prestó las llaves porque él todavía no sale de trabajar. Pásale, no te quedes ahí.
Aitana saludó por cortesía, pero sus ojos se fijaron en la mesa. Allí estaban sus vasos de vidrio, unos que ella guardaba con recelo para una ocasión especial, esos que casi no usaba para que no se maltrataran. Sus cuñados los habían tomado para servirse cerveza. En ese momento, uno de los amigos se apoyó con demasiada fuerza en la mesa, perdiendo el equilibrio. La mesa se tambaleó y, en un segundo, el sonido del cristal rompiéndose llenó la habitación. Sus vasos favoritos estaban hechos añicos en el suelo.
— ¡Uy! Perdón, ahorita limpiamos —dijo el hombre, restándole importancia.
Aitana sintió que algo se rompía dentro de ella también. No gritó, no reclamó. El silencio fue su única respuesta. Sin decir una palabra, dio media vuelta, agarró las llaves de su moto y salió de la casa. Necesitaba aire, necesitaba encontrar a la única persona que se suponía debía proteger ese espacio.
Manejó hasta la tienda donde Julián trabajaba y se estacionó afuera a esperar. Cuando dieron las once y él salió, la vio ahí, sentada en la moto, con los ojos cargados de una frustración que ya no podía esconder.
— ¿Qué haces aquí, Aitana? ¿Pasó algo? —preguntó Julián acercándose.
— Julián, ¿por qué les diste la llave? —le soltó ella, tratando de que la voz no le temblara—. Llegué y la casa es un desastre. Están todos ahí tomando, usaron mis vasos de vidrio, los que tanto cuido, y ya los rompieron todos. Quería llegar a descansar y ni siquiera puedo entrar a mi cuarto porque tienen todo invadido.
Julián suspiró, rascándose la nuca con nerviosismo.
— Me la pidieron, Aitana... no supe decirles que no. Es mi hermano. Ya voy para allá, voy a hablar con él, te lo prometo.
Regresaron juntos. Al llegar, los invitados limpiaron los vidrios de mala gana y terminaron de beber lo que quedaba. Aitana entró a su cuarto, se acostó y cerró los ojos, tratando de ignorar las voces que aún se escuchaban en su sala.
Pero la historia se repitió días después, esta vez con el hermano menor. Julián volvió a ceder la llave porque su hermano "quería impresionar a unas chavas" con un amigo. Cuando Aitana llegó, la falta de respeto había subido de nivel: la tapa del baño estaba rota.
— ¿Cómo rompieron esto, Julián? —preguntó ella, señalando el daño en el baño—. Es nuestra casa. Son nuestras cosas.
— No sé, Aitana, seguro fue un accidente —respondió Julián, restándole importancia una vez más.
— No es un accidente, Julián. Es que no respetan. Yo ya no siento que esta sea mi casa. Me siento una extraña en mi propio hogar. Llego de trabajar, cansada de aguantar gente en la calle, y aquí tengo que aguantar lo mismo.
Aitana se quedó mirando el baño roto, sintiendo que su refugio ya no existía. Las paredes que debían protegerla ahora se sentían de papel, y la llave que Julián entregaba con tanta facilidad era, para ella, la entrega de su última pizca de tranquilidad. Estaba cansada de fingir, cansada de ser la "nuera perfecta" y la "esposa comprensiva", mientras su propio espacio se convertía en la cantina de otros. En el silencio de la noche, Aitana se dio cuenta de que si ella no empezaba a poner límites, terminaría por desvanecerse en su propia casa.