Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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14
El despacho de Ivan se convirtió, de la noche a la mañana, en la última línea de defensa de su cordura. El hombre que no temía a las balas ni a las traiciones de la mafia, había instaurado una política de "puertas cerradas" digna de un búnker nuclear. Para Ivan, ese espacio era su trinchera, el único rincón donde el perfume de vainilla de Luna y sus rizos rebeldes no podían desarmar su aura oscura.
Igor, por supuesto, no ayudaba en nada. Se paseaba por el pasillo frente al despacho con una sonrisa que le partía la cara, disfrutando del espectáculo de ver al "Espectro de Moscú" huyendo de una mujer de un metro cincuenta y cinco.
—¿Otra vez encerrado, Vania? —preguntó Igor, asomando la cabeza por la puerta tras un breve y burlón toque—. No sabía que el protocolo de seguridad ahora incluía esconderse de la maestra de español. Si quieres, puedo ponerle un cascabel a Luna para que sepas cuándo viene y puedas meterte debajo del escritorio.
—Vete al infierno, Igor —gruñó Ivan sin levantar la vista de unos mapas que ni siquiera estaba leyendo—. Estoy trabajando. No quiero distracciones. Esta casa es un mausoleo por una razón: aquí se guarda silencio.
—Claro, silencio —rió Igor con sarcasmo puro—. Lo que pasa es que cuando ella habla, tú escuchas, y eso te aterra. Es más fácil dirigir un imperio criminal que mantenerle la mirada a esa mexicana, ¿verdad?
Mientras tanto, en el resto de la mansión, Luna intentaba sobrevivir al lujo asfixiante. Había explorado la biblioteca tres veces y contado cada una de las armaduras del pasillo principal. El silencio del lugar le pesaba en los hombros como una capa de plomo.
—¡Ay, Diosito! —exclamó Luna, su voz resonando en las paredes de mármol—. Aquí hasta los fantasmas deben de estar aburridos. ¿Dónde se metió el oso gruñón?
Luna sabía perfectamente que Ivan se estaba escondiendo. Lo sentía en la forma en que el aire se volvía más denso cerca del despacho. Estuvo a punto de ir a tocar la puerta y exigirle que saliera a tomar un café, pero su orgullo mexicano le dijo que no. "Si quiere jugar al ermitaño, que se quede en su cueva", pensó con un destello de su carácter de los mil infiernos.
A las cuatro de la tarde, el rugido de un motor rompió la monotonía. Mila regresó del colegio, entrando como un torbellino de tul rosa y energía adolescente.
—¡Hola! ¡Ya llegué! —gritó Mila en un español sorprendentemente bueno para su quinta lección.
Luna corrió a recibirla, sintiendo que el oxígeno regresaba a la casa.
—¡Mila! Gracias al cielo. Si me quedaba un minuto más a solas con estas estatuas, iba a empezar a ponerles nombres y a contarles mi vida.
—¿Vania sigue encerrado? —preguntó Mila, dejando su mochila en el suelo y mirando hacia el despacho—. ¡Es un aburrido! Igor me dijo que está en su "club de chicos". Vamos, Luna, ignóralo. Tengo un nuevo brillo de labios que huele a sandía y necesito que me enseñes a decir "estoy fabulosa" en español.
Luna rió, abrazando a la chica. Mientras subían las escaleras, Luna sintió una mirada clavada en su espalda. Giró la cabeza justo a tiempo para ver la puerta del despacho entreabierta por apenas unos milímetros. Ivan estaba ahí, oculto en las sombras, observándola como el depredador que se niega a admitir que ha sido capturado por su propia presa.
—¡Oso gruñón! —le gritó Luna con una sonrisa desafiante y traviesa antes de desaparecer por el pasillo.
Dentro del despacho, Ivan cerró la puerta de golpe, el corazón latiéndole con una fuerza que el miedo nunca había logrado provocarle.