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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 7
Ko no me soltó hasta dos horas después.
Me llevó a su habitación otra vez. No para lo de siempre. Esta vez solo se sentó en la cama, con la cabeza entre las manos, mordiéndose las uñas hasta hacerse sangrar los dedos.
—No entiendo a mi padre —murmuró—. Por qué mandarte a ti. Por qué no a otro.
Yo estaba de pie, apoyada en la pared, mirándolo. Por un segundo casi sentí pena por él. Casi.
—Porque tu prima quiere verme muerta —dije sin rodeos—. Y tu padre le cumple todo.
Ko levantó la cabeza. Sus ojos verdes se humedecieron.
—No voy a dejarte morir.
—No vas a estar ahí.
—Entonces no voy a permitir que vayas.
Suspiré. Me acerqué a él y le toqué la mejilla. No por cariño. Por estrategia. Porque sabía que así se calmaba.
—Cuida de mi hermana —repetí—. Eso es todo lo que te pido.
Me agarró la mano y la besó. Lloró. Yo no.
Las lágrimas me las gasté hace años.
Salí de la habitación y busqué a mi hermana.
Estaba en la cocina del piso de Ko, comiendo una manzana. La más roja. La más grande. Cosas que nunca tendría en el refugio común.
—Ven —le dije, tendiéndole la mano.
Fuimos al balcón. El sol de la mañana calentaba sin permiso. Abajo, la ciudad seguía siendo una jaula.
—¿Vas a irte otra vez? —preguntó ella, con esa sabiduría prematura que le partía a uno el alma.
—Sí —respondí—. Pero voy a volver.
—¿Me lo juras?
Me arrodillé frente a ella. La miré a los ojos. Los mismos que los míos. La misma sangre. La misma orfandad.
—Te lo juro por mamá.
Ella asintió grave, como si ese juramento fuera sagrado. Y lo era. Porque mamá era la única verdad que nos quedaba.
Me abrazó. Sus brazos pequeños rodearon mi cuello. Cerré los ojos y respiré su olor. Jabón barato. Infancia robada. Promesa rota antes de hacerla.
Mentí.
Otra vez.
Pero las mentiras a veces son la única forma de amor que aprendemos.
Después fui a buscar a Seven.
Lo encontré en el entrenamiento, golpeando un saco de boxeo con los nudillos ensangrentados. Su espalda ancha, sus brazos marcados por años de pelea.
—¿Te contaron? —pregunté.
Dejó de golpear. Se giró. Su rostro moreno estaba cubierto de sudor y de rabia contenida.
—La misión. Sí.
—Voy a ir.
—Lo sé.
Se acercó a mí. Me puso una mano en el hombro. La apretó.
—Voy contigo —dijo.
—No puedes. La orden es solo para mí.
—Me importa una mierda la orden.
Sonreí. La primera sonrisa real en días.
—Te quiero, Seven. Pero no voy a dejar que mueras por mí.
—Entonces no mueras —respondió él—. Es una orden. De tu mejor amigo.
Nos quedamos en silencio. El sol nos pegaba a los dos. Dos huérfanos que aprendieron a pelear antes que a leer.
—Si no vuelvo —empecé.
—No digas eso.
—Si no vuelvo —insistí—, cuida de mi hermana. Y de Ko también. Aunque sea un imbécil.
Seven me miró extrañado.
—¿Ko? ¿Por qué querrías que cuide de él?
No supe responder.
Porque no estaba segura de nada.
Parte B: Killa – Fiebre en el cuartel
Killa
La pantalla gigante del cuartel general llevaba horas encendida.
Sobre ella, el rostro de Nox se repetía en bucle. Sus ojos oscuros. Su boca apretada. Su mirada que no pedía permiso.
Killa no se había movido de su silla en toda la noche.
—Coronel —se atrevió a decir el teniente desde la puerta—. Lleva doce horas aquí. Debería descansar.
—No me digas lo que debo hacer.
La voz de Killa sonó plana. Sin enfado. Sin nada. Eso era lo que más miedo daba.
El teniente tragó saliva y se fue.
Killa siguió mirando la pantalla.
El hacker —ese chico flaco de gafas gruesas— le había entregado todo el expediente de Nox. Cada vídeo. Cada foto. Cada informe de inteligencia.
Nox. Verdadero nombre: Luz.
23 años. Sin familia registrada (ejecutada hace 11 años por el Régimen).
Se unió a la resistencia a los 12.
Implicada en 17 atentados confirmados. 34 sospechosos.
Más buscada. Nivel: ROJO.
Killa sonrió.
—Diecisiete atentados —murmuró para sí mismo—. Y sigue viva.
Eso no era casualidad. Eso era talento. O suerte. O un ángel de la guarda borracho. Pero Killa no creía en la suerte.
Creyó en ella.
Reprodujo un vídeo. Nox colocando un explosivo bajo un puente militar. Se movía como agua. Rápida. Silenciosa. Letal.
Reprodujo otro. Nox escapando de un pelotón. Corriendo por tejados. Saltando de una azotea a otra como si el miedo fuera un invento de otros.
—Magnífica —susurró otra vez.
Un militar entró sin llamar.
Killa ni se giró.
—¿Qué quieres?
—Informe de los rebeldes, mi coronel. Hemos detectado movimientos inusuales cerca del banco central.
Killa arqueó una ceja.
—¿Van a atracarlo?
—Eso parece.
—Estúpidos —dijo Killa, pero sin convicción. Su mente ya estaba armando otro rompecabezas—. Prepara un contingente. Vamos a recibirlos.
Se levantó por fin. Estiró el cuello. Crujió los huesos.
Antes de apagar la pantalla, le dedicó una última mirada a la foto de Nox.
—Ojalá estés entre ellos —dijo en voz baja—. Tengo una cuenta pendiente contigo.
Apagó la pantalla.
Pero la imagen de ella se quedó grabada en sus retinas.
Como una bala alojada.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...