El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 6: El Veneno de la Duda
El regreso al Palacio de Topkapi fue un desfile de silencio sepulcral. El sol se ocultaba tras las cúpulas de la ciudad, tiñendo el Bósforo de un rojo violáceo que parecía premonitorio. Selim no había soltado la mano de Dorian en todo el trayecto, pero su agarre no era tierno; era una cadena de hierro. El aroma del Sultán, usualmente cálido como el ámbar, ahora era punzante, cargado de una feromona de Alfa herido y territorial que hacía que incluso los guardias jenízaros mantuvieran la distancia.
Nada más cruzar el umbral de los aposentos privados, Selim hizo una señal brusca. Los sirvientes y eunucos retrocedieron como si hubieran visto a la muerte misma, cerrando las pesadas puertas de ébano y dejando a los dos hombres solos en la inmensidad de la habitación.
Selim se quitó la capa de montar y la arrojó al suelo con una violencia contenida. Se giró hacia Dorian, que permanecía de pie junto a la mesa de mármol, manteniendo una calma que parecía insultante para el estado de agitación del Sultán.
—¿Te parece divertido, Dorian? —preguntó Selim. Su voz era un gruñido bajo, el tipo de sonido que precede a la ejecución de una sentencia.
Dorian arqueó una ceja, desabrochándose los puños de su túnica azul. —No sé a qué os referís, Majestad. Si habláis de la caza, me pareció... instructiva.
—¡Hablo de Ibrahim! —rugió Selim, acortando la distancia entre ellos en tres pasos largos. Se detuvo a centímetros de Dorian, rodeándolo con su presencia física, obligando al omega a mirar hacia arriba—. Hablo de la forma en que permitiste que ese perro se acercara a ti. Hablo de cómo le sonreías mientras él te devoraba con los ojos, como si fueras una pieza de fruta que pudiera comprar en el mercado.
Dorian no retrocedió. Al contrario, dio un paso hacia adelante, desafiando el espacio personal del Alfa. —Yo no le sonreía a él, Selim. Le sonreía a su estupidez. Ibrahim cree que puede usarme para llegar a vos. Cree que soy una debilidad que puede manipular con halagos baratos.
—¡Él te tocó! —Selim agarró el brazo de Dorian, no con fuerza para lastimarlo, sino con una necesidad desesperada de marcar posesión—. Su pierna rozó la tuya, sus susurros estaban demasiado cerca de tu cuello. Mi instinto me gritaba que le arrancara la garganta allí mismo, frente a todo el ejército. Y tú... tú parecías disfrutar de su juego.
Dorian soltó una risa seca, una chispa de fuego en sus ojos azules. —¿Disfrutar? Selim, por favor. Sois el hombre más poderoso de la tierra, pero en este momento parecéis un cachorro celoso. Lo que viste en el bosque no fue un coqueteo, fue una maniobra. Mientras él intentaba "conquistarme", yo estaba confirmando lo que ya sospechaba: el Visir no solo es un ladrón, es un traidor que intentó matarme hoy para daros una lección de pérdida.
Selim apretó la mandíbula, sus ojos ámbar brillando con una mezcla de furia y confusión. —Sé que intentó matarte. Sé que ese "accidente" con el caballo fue provocado. Pero lo que no soporto, Dorian... lo que me quema las venas, es que uses tu seguridad como moneda de cambio para tus intrigas políticas. Te pusiste en peligro para humillarlo.
—Me puse en peligro para demostraros que podéis confiar en mí más que en él —replicó Dorian, su voz volviéndose suave pero letal—. Ibrahim os quiere dócil, rodeado de omegas que solo sepan decir "sí" a vuestros deseos. Yo os ofrezco la verdad, aunque duela. Él os ofreció poesía; yo os ofrecí la cabeza de un jabalí que él no tuvo el valor de cazar.
Selim soltó el brazo de Dorian y pasó una mano por su cabello, frustrado. El conflicto entre su deseo por el hombre y su deber como Sultán lo estaba desgarrando. —No eres como nadie que haya conocido —murmuró Selim, acercándose de nuevo, pero esta vez sin violencia. Su mano subió a la nuca de Dorian, sus dedos acariciando la piel sensible sobre la glándula—. Me vuelves loco. No sé si quiero encerrarte en una torre de oro para que nadie vuelva a mirarte, o si quiero ponerte una armadura y que conquistes el mundo a mi lado.
Dorian sintió el estremecimiento recorriendo su espalda ante el contacto. El aroma de Selim estaba cambiando, la ira se transformaba en una pasión oscura y necesitada. —No podéis hacer ninguna de las dos cosas, Selim —susurró Dorian, aunque sus labios estaban a centímetros de los del Sultán—. Porque si me encerráis, me marchitaré. Y si me ponéis una armadura, seré yo quien os guíe a vos.
—Entonces guíame —dijo Selim, su voz rompiéndose—. Dime qué quieres de mí. Porque este "coqueteo" con el Visir... si vuelve a ocurrir, no me importará la política ni la Valide Sultan. Lo mataré con mis propias manos.
Dorian sonrió, una sonrisa triunfante y cargada de una sensualidad que no había mostrado hasta ahora. Estiró sus manos y las puso sobre el pecho de Selim, sintiendo el latido errático del corazón del Alfa bajo la seda. —Lo que pasó con el Visir fue una lección para él. Esto... —Dorian se puso de puntillas, rozando los labios de Selim con los suyos— es solo para vos. Pero recordad, Majestad: un león no comparte su presa, pero la presa que yo soy... decide quién puede cazarla.
Selim no pudo aguantar más. Capturó los labios de Dorian en un beso que sabía a posesión, a alivio y a una promesa de fuego. Fue un beso que selló su alianza y, al mismo tiempo, su perdición. En la penumbra de los aposentos, Dorian supo que había logrado lo imposible: había convertido los celos del hombre más peligroso del mundo en su escudo más fuerte.
Sin embargo, mientras Selim lo estrechaba contra su cuerpo, Dorian miró hacia la puerta cerrada. Sabía que Ibrahim Pasha no se quedaría de brazos cruzados. El Visir había fallado en el bosque, y un hombre acorralado es capaz de las traiciones más viles. La guerra en el palacio acababa de subir de nivel, y Dorian tendría que jugar su siguiente carta con un cuidado extremo si no quería que ese beso fuera el último.
Espero disfruten esta nueva aventura