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Entre Marea Y Silencio

Entre Marea Y Silencio

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencuentro / Completas
Popularitas:925
Nilai: 5
nombre de autor: Orozco

ella es bióloga marina volviendo a su pueblo costero para salvar el arrecife. el es el hijo del empresario que quiere construir el resort que lo destruiría. se odiaban en el colegio.diez años después la química no se fue

NovelToon tiene autorización de Orozco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

la grieta

Septiembre llegó con lluvia y con la primera grieta seria en el proyecto.

No fue Bahía Dorada. No fue Ricardo. Fue el dinero.

La segunda transferencia de la UNESCO se retrasó. Tres meses sin aviso, sin respuesta a los correos. 450 mil euros que no llegaban y una nómina de 18 personas que sí.

Marina lo supo un lunes a las 7 AM, cuando el banco le marcó para decirle que la cuenta estaba en números rojos.

“¿Cuánto tiempo tenemos?” preguntó.

“Tres semanas antes de que boten a tu equipo por falta de pago”, respondió el gerente. Voz amable, noticia de mierda.

No le dijo nada a los buzos ese día.

Les pagó con lo que quedaba de la caja chica y les pidió que siguieran. “Solo una semana más”, dijo. Mentira. No sabía si había una semana.

Esa noche, en el laboratorio, se sentó en el suelo con la espalda contra la pared y dejó de ser fuerte por diez minutos.

Diego la encontró ahí, con el teléfono en la mano y 17 llamadas perdidas de la UNESCO.

“No contestan”, dijo ella sin llorar. “Como si no existiéramos”.

“Existen”, respondió él. “Solo que alguien en Bruselas está de vacaciones”.

Mateo se enteró por un audio de 30 segundos que ella le mandó a las 2 AM.

No dijo nada de dinero. Solo dijo: “Hoy se me rompió una colonia trasplantada. Se me fue entre los dedos”.

Él llamó a las 6 AM de Australia.

“¿Qué necesitas?”

“Que no me digas que todo va a estar bien”.

“Entonces no te lo digo”. Pausa. “Pero te digo que no estás sola. Y que si tienes que vender mi moto para pagarles, la vendes”.

Marina se rió. La primera risa en 48 horas.

“No tienes moto”.

“Exacto. Así de jodidos estamos”.

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La grieta se hizo más grande cuando la cooperativa se dividió.

Tres guías se fueron con una agencia de Mérida que ofrecía el doble por llevar turistas a “ver el proyecto de Punta Negra” sin cumplir las reglas. Sin límite de personas, sin control de bloqueador, sin guía comunitaria.

“Nosotros no firmamos para ser pobres eternos”, dijo uno de ellos en la reunión.

Marina no discutió.

“Pueden irse. Pero si vuelven a meter a alguien sin permiso a la zona de restauración, denuncio. Y pierden la licencia”.

Se fueron.

Se quedaron 7 guías. 7 personas que ganaban menos de lo que ganaban antes, pero que dormían tranquilas.

Don Ernesto fue el que habló por ellos al final.

“Nosotros no estamos aquí por el dinero, doctora. Estamos aquí porque por primera vez en 20 años, mi nieto me preguntó si podía venir a ver el coral el domingo”.

Marina asintió. No dijo nada. No hacía falta.

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El problema de dinero se filtró al pueblo.

Los rumores empezaron como siempre: en la tienda, en la iglesia, en el grupo de WhatsApp de las mamás.

“Se acabó el proyecto”.

“La doctora se robó la lana”.

“Va a vender todo a los canadienses”.

Marina no salió a desmentir.

Hizo algo mejor: abrió las cuentas.

Puso en la pared del laboratorio una hoja grande con tres columnas: Entradas, Gastos, Saldo.

Actualizada cada viernes.

Cualquiera podía pasar y ver que el saldo era -18,400 pesos.

La gente dejó de hablar.

Y empezó a llegar con cosas: cajas de mangos, gasolina para la lancha, dos tanques de aire que “estaban arrumbados en mi casa”.

No era suficiente. Pero era algo.

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La solución llegó de donde menos lo esperaba: de Ricardo.

Apareció en el laboratorio con una carpeta y cara de quien había peleado con alguien. Probablemente consigo mismo.

“Tengo un contacto en un fondo privado de Suiza”, dijo. “Inversión de impacto. Dan dinero si les demuestras que el proyecto genera retorno social medible”.

Marina lo miró.

“¿Cuál es el truco?”

“Ninguno. Solo que tienes que dejar que auditen todo. Cada peso. Cada buceo. Cada niño del vivero”.

“Ya lo hacemos”.

“Ya, pero ahora con notario y firma”.

Marina leyó la propuesta toda la noche.

No había letra chica que la matara. Solo exigencias de transparencia que ella ya hacía, pero sin papel membretado.

Firmó.

El fondo respondió en 72 horas.

Préstamo puente de 120 mil dólares. 0% interés. Pago en 18 meses, si el proyecto cumplía metas de restauración y empleo comunitario.

No era el dinero de la UNESCO. Pero era aire.

“¿Por qué me ayudas?” le preguntó Marina a Ricardo cuando le dio la noticia.

“Porque mi nieta me dijo que quiere ser bióloga marina como tú”, respondió él. “Y porque si te caes, yo me caigo con esto. Y ya me cansé de caerme solo”.

No se abrazaron. Pero se quedaron en silencio cinco minutos. Que para ellos, era mucho.

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Octubre trajo la buena noticia: la UNESCO respondió.

Hubo un error administrativo en Bruselas. El dinero estaba liberado.

Caería en la cuenta en noviembre.

Marina no celebró.

Pagó a su equipo.

Pagó el préstamo puente con los primeros 30 mil dólares.

Y guardó el resto para seis meses de colchón.

“Ahora sí”, dijo en la reunión del equipo. “Ahora sí podemos planear a un año”.

La gente aplaudió. Bajito. Como si no quisieran asustar a la suerte.

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Noviembre llegó con la primera tormenta tropical de la temporada.

No fue un huracán. Solo lluvia y oleaje. Pero suficiente para probar si el arrecife estaba aguantando.

Marina se quedó 36 horas en el laboratorio monitoreando los sensores.

Cuando pasó, bajó a bucear.

La zona 3, la que hace un año era arena muerta, tenía tres colonias nuevas pegadas a los arrecifes artificiales.

Y en medio de ellas, un pez loro juvenil.

Pequeño. Del tamaño de una mano.

Comiendo.

Marina salió del agua llorando.

No por el pez.

Por lo que significaba: que el sistema empezaba a sostenerse solo.

Esa noche le mandó un video a Mateo.

Sin texto. Solo el pez loro comiendo coral.

Él respondió con un audio de 8 segundos.

Se oía el mar de Moreton Island y su voz:

“Yo también vi uno hoy. Igualito. Te extraño, Marina”.

Ella no respondió con palabras.

Guardó el audio y se durmió con el teléfono en la mano.

---

Diciembre llegó sin que nadie se diera cuenta.

El proyecto no se había caído.

Había 14 guías comunitarios trabajando.

Había 1,200 fragmentos de coral en el vivero.

Había tres tortugas que habían vuelto a anidar.

Y había una cuenta bancaria que ya no estaba en números rojos.

Marina se sentó en el muelle 3 la noche del 23 de diciembre.

Sola.

No había prisa. No había incendios.

Solo el mar y el olor a sal y a algo que se parecía a paz.

Sacó el teléfono.

Le escribió a Mateo:

_Vuelve. El pez loro te está esperando_.

Él respondió en cinco minutos:

_Vuelo el 28. No te vayas de aquí_.

Ella no respondió.

No hacía falta.

No se iba a ir.

No otra vez.

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