Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 21 ¿Dormiste bien?
La luz del amanecer se filtró por las cortinas automáticas, pintando la habitación de tonos dorados. Fabiana fue la primera en despertar.
La primera sensación fue calor, una placidez profunda y una pesadez reconfortante alrededor de su cintura.
Luego, el olor: a limpio, a hombre, a algo indefiniblemente familiar y a la vez nuevo.
Abrió los ojos.
Vio la mano grande y pálida de un hombre enroscada alrededor de ella.
Vio la costura perfecta de la camisa de pijama de seda contra su mejilla. Oyó el latido constante de un corazón bajo su oído.
El pánico fue un disparo de adrenalina fría que la despertó por completo. ¡Dios mío! ¡Me metí en la cama de Lucian!
Intentó retirarse con un movimiento sigiloso, pero el brazo que la rodeaba se tensó, no con fuerza, sino con una posesividad dormida.
—No te vayas —murmuró Lucian, su voz ronca por el sueño, sin siquiera abrir los ojos.
—Tus pies ya se calentaron.
La simpleza de la frase, la domesticidad absoluta de la queja, la dejó paralizada. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Sacudirlo y gritar "Soy tu asistente!"?
En vez de eso, una parte de ella —la parte que había pasado un mes velando por él, la parte que había sentido esa paz horas antes— se rindió.
Permaneció quieta, conteniendo la respiración, sintiendo cómo él se acomodaba a su espalda con un suspiro satisfecho.
Fue entonces cuando la puerta del dormitorio se abrió un centímetro y apareció el ojo curioso y divertidísimo de Lucrecia.
Vio la escena, su sonrisa se estiró de oreja a oreja y, antes de que Fabiana pudiera reaccionar, guiñó un ojo y cerró la puerta sin hacer ruido.
El mensaje era claro: "El show debe continuar. Y vaya show."
Fabiana cerró los ojos, deseando que la tierra se la tragara.
Pero, extrañamente, envuelta en su calor y con el sonido de su respiración en su nuca, el deseo no era tan fuerte como creía.
Salir de esa cama fue una de las cosas más difíciles que Fabiana había hecho en su vida. No por la comodidad (que era abrumadora), sino por la coreografía de vergüenza que requería: deslizarse del abrazo de Lucian sin despertarlo, escabullirse de la habitación como una ladrona, y llegar al dormitorio de huéspedes justo cuando Lucrecia se estiraba con una sonrisa que podía iluminar la ciudad.
—Buenos días, cuñada dormilona —saludó Lucrecia, con una voz cantarina.
—¿Dormiste bien? ¿O te desveló el… calor de la habitación de al lado?
Fabiana le lanzó una mirada que prometía muerte por sofocación con una almohada, pero solo logró un gruñido.
Se duchó a la velocidad de la luz, cambiándose con nerviosismo.
¿Qué ropa ponerse para un desayuno familiar con el hombre con el que acabas de dormir (por accidente) y que cree que es tu marido? ¿Algo demasiado casual? ¿Demasiado formal? Al final, optó por unos jeans y un suéter, esperando pasar desapercibida. Era una esperanza vana.
Cuando entró al comedor, la escena ya estaba montada.
Ana y Lino estaban en un extremo de la mesa, viendo con asombro cómo Marta disponía un bufé de desayuno que hubiera abastecido a un hotel.
En la cabecera, Lucian, impecable en pantalones de vestir y una camisa azul celeste abierta en el cuello, leía algo en su tablet con una taza de café negro al lado.
Parecía tan fresco y dueño de sí como si no hubiera pasado la noche abrazando a su asistente.
Al verla, bajó la tablet. Una sonrisa pequeña, íntima, jugueteó en sus labios.
No era la sonrisa triunfante del hombre que ha ganado algo, sino la sonrisa tranquila del que ha tenido un buen descanso.
—Buenos días, preciosa —dijo, y su voz era suave, matutina.
—¿Dormiste bien? En la cama al amanecer; estabas tan profundamente dormida…
Fabiana sintió que todo el oxígeno abandonaba la habitación. ¡Él SABÍA! ¡Y lo decía así, delante de todos! Ana dejó caer su cuchara con un tintineo.
Lino tosió. Lucrecia, que acababa de entrar, se sirvió jugo de naranja con una expresión de puro disfrute.
—Yo… sí, bueno, me desperté con sed y… me confundí de habitación —tartamudeó Fabiana, dirigiéndose a la silla más alejada de él.
—No hay habitaciones equivocadas aquí —respondió Lucian con naturalidad, como si estuviera citando una ley universal.
—Es tu casa. —Hizo una pausa y añadió, mirando a Ana y Lino:
—Aunque tal vez, para la próxima, podríamos buscar una cama más grande. Mi esposa se mueve más que un partido de tenis, papá Lino.
Lino enrojeció, sin saber si reír o esconderse bajo la mesa. Ana, sin embargo, recuperó la compostura más rápido.
—Eso es hereditario, Lucian. De mi lado de la familia. Prepárate para las patadas —dijo, con un tono tan seco y cómplice que por un segundo pareció la verdadera suegra.
La tensión se quebró en una risa incómoda pero general.
Fabiana quiso morir, pero también quiso abrazar a su madre. Lucrecia aprovechó para lanzar un panecillo directamente a la cabeza de Lucian, que lo esquivó con elegancia.
—¡Basta de coqueteo doméstico! —exclamó Lucrecia.
—Tengo hambre. Y tú, primo, tienes cita con el neurólogo en dos horas. Recordatorio amistoso de que tu encantadora amnesia sigue siendo un asunto médico, no solo una excusa para tener una esposa joven y cariñosa.
La mención del médico trajo de vuelta un velo de realidad. Lucian asintió, serio de nuevo.
—Tienes razón. Fabi, ¿vendrás conmigo?
Era una pregunta, no una orden. Y en sus ojos había algo más que la expectativa de su "esposa".
Había un atisbo de… ¿Necesidad real? ¿O era otra proyección de su delirio?
Fabiana, aún acalorada, con el panecillo de Lucrecia rodando cerca de su plato y la mirada cómplice de su madre sobre ella, asintió.
—Claro. Por supuesto que iré.
Desayunaron. El café sabía a normalidad forzada, los huevos a surrealismo, y el pan de plátano sobrante de la noche anterior a una complicidad que ya no podía ignorar.
El nido de mentiras era cada vez más acogedor, y Fabiana, la intrusa, se encontraba a gusto en él, aterrada por lo que eso
En el fondo quiero creer que lo haces a propósito 🤭
Cómo lo analizaste tú, todo su vida ha vivido con el desapego de quienes debieron darle todo el amor, más ese tiempo escuchando tu voz, tus cuidados lo hicieron reaccionar con el reflejo que anhela su corazón 🤔
cómo que tontería 🤔 ????
cogerse nada más y nada menos que a la amiga de tu novia, y encima en su cama 🤷🏼♀️