Tras un matrimonio que se desmorona en el silencio y la indiferencia, un encuentro fortuito la sumerge en la vorágine de una pasión que jamás creyó posible. Alejandro, un hombre enigmático y arrollador, emerge de entre las sombras de su pasado, trayendo consigo no solo un amor avasallador, sino también un turbulento secreto que podría destruirlos.
Isabella, una mujer que ha luchado por mantener en pie su independencia y su corazón, se ve arrastrada a un mundo de deseo incontrolable y decisiones prohibidas. A medida que sus cuerpos se entrelazan en encuentros que desafían toda convención, también lo hacen sus almas, forjando un vínculo que es tan peligroso como irresistible. Pero el camino del amor verdadero nunca es sencillo.
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Capitulo 5
La sucesión de "encuentros casuales" entre Isabella y Alejandro se había vuelto tan constante que ya no podían llamarse coincidencias. Era un juego peligroso, una danza de miradas y palabras apenas veladas, que mantenía a Isabella en un estado de excitación y nerviosismo constantes. Cada vez que su teléfono sonaba o que veía su silueta a lo lejos en algún evento social, su corazón daba un vuelco.
Una tarde, Leonardo le informó que debía asistir a un coctel de negocios, una reunión informal donde se presentaría un ambicioso proyecto inmobiliario en el que la empresa de Alejandro Vargas era socia mayoritaria. Isabella, por supuesto, debía acompañarlo, representando el "frente perfecto" del matrimonio Lombardi. Apenas llegaron al salón, amplio y elegantemente decorado, los ojos de Isabella buscaron instintivamente a Alejandro. Lo encontró de pie, cerca de una de las grandes ventanales, conversando con un grupo de inversionistas, pero tan pronto como sus miradas se cruzaron, él le dedicó una pequeña y enigmática sonrisa que solo ella pudo percibir.
Leonardo, fiel a su estilo, la dejó a un lado para sumergirse en conversaciones que consideraba más importantes. Isabella, sintiéndose como una figura decorativa más, tomó una copa de champán y se retiró a un rincón, observando la escena con una creciente sensación de alienación.
De pronto, sintió una presencia a su lado.
—¿Perdida en la contemplación de la alta sociedad, Isabella? —la voz profunda de Alejandro la sobresaltó, pero una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios.
—Solo observo el espectáculo —respondió ella, girándose para enfrentarlo. Él vestía un traje impecable que acentuaba su figura, y su mirada, al caer sobre ella, pareció despojarla de cualquier fachada.
—El espectáculo más interesante está en los ojos de quien lo mira —dijo él, con una intensidad que la dejó sin aliento. Tomó una copa de la bandeja de un camarero que pasaba y la elevó ligeramente—. Por el éxito de este nuevo proyecto. Y por los nuevos horizontes que se abren, para todos.
Isabella elevó su copa, y cuando sus dedos se rozaron con los de Alejandro al tomar la bebida, una corriente eléctrica, fina y potente, recorrió su brazo. No fue un accidente. Él mantuvo el contacto por un microsegundo más de lo necesario, y ese roce, apenas perceptible para cualquier observador externo, fue un mundo entero para Isabella.
Alejandro bajó la mano con lentitud, pero su pulgar se detuvo, como por descuido, sobre el dorso de la mano de Isabella. La caricia fue fugaz, un roce apenas audible, pero el efecto fue devastador. La piel de Isabella se erizó, y un calor subió desde sus venas hasta su rostro. Una humedad sutil apareció en sus palmas, y el ritmo de su corazón se desbocó.
—Espero que este proyecto nos traiga grandes sorpresas —susurró Alejandro, su voz grave, con un matiz que evocaba promesas de pasión inexplorada. Se inclinó ligeramente, para que sus palabras fueran solo para ella, mientras sus ojos seguían fijos en los suyos—. Sorpresas que nadie esperaría… y que solo nosotros dos conoceremos.
Isabella sintió que la tierra se movía bajo sus pies. Esas palabras no eran sobre el proyecto inmobiliario, sino sobre ellos. La intensidad de su mirada, la promesa tácita en su voz, el fuego latente en sus ojos. Todo en él la invitaba a cruzar una línea, a abandonar la seguridad de su jaula de oro y lanzarse a un abismo desconocido. Y por primera vez, se dio cuenta de que no quería escapar. El miedo estaba allí, sí, pero era un miedo dulce, eclipsado por una excitación arrolladora, por el anhelo de sentir, de vivir, de arder.
Leonardo apareció justo en ese momento, con su sonrisa postiza. —Ah, Vargas, ya veo que estás haciendo tu magia con mi esposa.
Alejandro retiró su mano lentamente de la de Isabella, pero el contacto permaneció, grabado en su piel. —Solo admirando la belleza, Lombardi. Algo que siempre es un placer.
Mientras Leonardo la arrastraba para presentarla a otro socio, Isabella no pudo evitar mirar hacia atrás. Alejandro seguía allí, con esa sonrisa enigmática, y un guiño apenas perceptible que le prometía que aquello era solo el comienzo. El primer toque había sido dado, y el camino hacia el punto sin retorno se abría, aterrador y a la vez irresistiblemente tentador.