Sandra, una joven diseñadora floral con un pasado que la persigue, se aferra a la idea de reencontrarse con Guillermo, su primer amor. La vida los separó abruptamente años atrás, dejándola con un vacío y preguntas sin respuesta. Ahora, el destino los cruza de nuevo en la vibrante escena artística de la ciudad. Guillermo, un exitoso arquitecto, carga con sus propias cicatrices y la culpa de una partida inesperada. A medida que sus caminos se entrelazan, el deseo de revivir su pasión es innegable.
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Capitulo 2
Sandra no podía concentrarse. Los últimos retoques al arreglo floral eran ahora un borrón sin sentido. La imagen de Guillermo, su voz grave al pronunciar su nombre, la promesa de una conversación pendiente, todo se repetía en un bucle implacable en su mente. Terminó su turno en la galería de forma casi mecánica, despidiéndose de los organizadores con una sonrisa forzada. Lo único que quería era llegar a casa, a la soledad de su apartamento, y desenmarañar la maraña de emociones que la había invadido.
Mientras el taxi la llevaba de regreso por las calles iluminadas de la ciudad, los recuerdos brotaron sin control, como si el reencuentro hubiera roto una represa.
Flashback...
Era una Sandra más joven, radiante, con apenas veinte años. El sol de la tarde filtrándose por la ventana de su pequeño apartamento de estudiante. Guillermo, con el cabello revuelto y una sonrisa que podía iluminar cualquier habitación, la abrazaba por la espalda mientras ella preparaba café.
"¿En qué piensas, mi amor?", le había susurrado él al oído, besándole el cuello.
Ella se había girado, sus manos rodeando su cuello. "En nosotros. En todo lo que vamos a hacer. Nuestro pequeño jardín en la azotea, nuestro estudio compartido, tú diseñando edificios y yo llenándolos de vida con mis flores."
Él se había reído, esa risa contagiosa que siempre la hacía sonreír. "Suena perfecto. Seremos los mejores en lo nuestro, ¿sabes? Y juntos, construiremos un imperio de belleza." Sus ojos brillaban con una pasión que igualaba la suya. "Para siempre, Sandra. Lo prometo."
"Para siempre", había respondido ella, sellando la promesa con un beso que sabía a futuro, a eternidad.
La imagen se desvaneció, reemplazada por otra, mucho más dolorosa.
Flashback...
Siete años después, el mismo apartamento, pero vacío. El café se había enfriado en la taza. El mensaje en el contestador automático, con la voz entrecortada de Guillermo, decía que tenía que irse, que no podía explicarlo, pero que la amaba y que siempre la amaría. Después, el silencio. Días de llamadas sin respuesta, semanas de desesperación, meses de una incertidumbre lacerante. No hubo un "adiós", no hubo una explicación, solo un vacío desgarrador.
Sandra se había sentado en el suelo, con las manos temblándole, aferrando su teléfono. "¿Guillermo? ¡Por favor, respóndeme! ¿Dónde estás? ¿Por qué haces esto? ¡Guillermo, por favor!" Sus súplicas se perdieron en el eco del apartamento vacío. Leondra la había encontrado horas después, hecha un ovillo, sollozando, con el alma rota.
Fin del Flashback.
El taxi se detuvo frente a su edificio. Sandra pagó, sus manos aún temblorosas. Subió las escaleras hasta su puerta, la llave parecía pesar una tonelada. Al entrar, el silencio de su apartamento la golpeó con la fuerza de un puñetazo. Era el mismo silencio que había resonado hace siete años, pero esta vez, Guillermo había regresado para romperlo, y con él, la frágil paz que Sandra había logrado construir.
Se dejó caer en el sofá, cerrando los ojos. Las palabras de Guillermo en la galería resonaron de nuevo: "Necesitamos hablar, Sandra. Por favor."
La herida que creía cerrada se había abierto de nuevo, y el dolor era tan fresco como si hubiera sucedido ayer. La promesa de un "para siempre" se había disuelto en un "sin explicación", y el reencuentro no había traído consigo el cierre, sino una nueva oleada de fantasmas, de preguntas sin respuesta que ahora exigían ser confrontadas. ¿Por qué se había ido? ¿Por qué había regresado? ¿Y qué sería de ella ahora, con el corazón una vez más a merced del hombre que la había amado y abandonado?
Sandra se quedó allí, en la penumbra de su sala, con los ecos de su pasado resonando en cada rincón. La lámpara de pie proyectaba sombras alargadas que danzaban macabras, como las figuras fantasmales de sus propios recuerdos. La promesa de Guillermo, aquella de "para siempre", se sentía ahora como una cruel ironía, un susurro que la atormentaba. Había invertido su corazón y su alma en ese futuro que él le había pintado, solo para verlo desvanecerse en el aire sin una palabra.
La angustia la invadió. Se levantó y caminó hacia la ventana, observando las luces de la ciudad que parpadeaban bajo la noche colombiana. Cada una de esas luces representaba una vida, una historia. ¿Cuántas de ellas habrían sido rotas de la misma manera? ¿Cuántas se habrían sentido tan perdidas y traicionadas?
Recordó los meses posteriores a su partida. La negación, la búsqueda frenética de respuestas. Había llamado a cada amigo en común, a cada conocido, pero nadie sabía nada concluyente. Todos los caminos llevaban al mismo callejón sin salida: Guillermo se había esfumado. Su teléfono apagado, sus redes sociales inactivas, su dirección anterior vacía. Era como si la tierra se lo hubiera tragado.
Leondra, con su pragmatismo y su infinita paciencia, había sido su ancla. Había escuchado sus lamentos, secado sus lágrimas, y la había arrastrado a la fuerza a eventos sociales, a clases de yoga, a cualquier actividad que la mantuviera ocupada y la distrajera del pozo de desesperación en el que amenazaba con hundirse. "Hay más peces en el mar, Sandra. ¡Y muchos menos misteriosos!", había bromeado Leondra una vez, intentando arrancarle una sonrisa.
Pero no era el número de peces lo que importaba. Era el pez. Era Guillermo.
Años de terapia silenciosa, de reconstrucción personal, de enterrar el dolor bajo capas de trabajo, creatividad y una fachada de independencia. Se había convencido a sí misma de que estaba curada, que había perdonado (o al menos, había aprendido a vivir con la ausencia de una explicación). Había construido una vida hermosa y exitosa, rodeada de la belleza efímera de las flores que ella transformaba en arte. Pero ahora, con un solo cruce de miradas, todo se había desmoronado. La herida no estaba cerrada; solo había estado oculta, esperando ser reabierta.
Tocó su pecho, justo donde sentía el punzante recuerdo de aquel amor perdido. La "promesa de un futuro juntos" se sentía ahora como el fantasma más cruel de todos. Se había aferrado a ella, había creído en ella con todo su ser. Y la brutalidad de su desaparición, sin explicación, sin un "por qué", era lo que más le dolía. No solo le había roto el corazón, sino que había destrozado su fe en la predictibilidad de la vida, en la solidez de las promesas.
El mensaje de Guillermo en la galería, "Necesitamos hablar", seguía resonando. ¿Hablar de qué? ¿De los fantasmas que él mismo había conjurado? ¿De las cenizas de un amor que él había abandonado?
Sandra se dio cuenta de que no solo estaba enojada, ni solo triste. Estaba furiosa. Furiosa por el daño que le había causado, por los años que tardó en recuperarse, y por el hecho de que, con solo una aparición, había logrado desestabilizarla de nuevo. La parte racional de ella gritaba que lo ignorara, que lo borrara de su vida como él había hecho con la suya. Pero su corazón, traicionero y vulnerable, susurraba otra cosa. Una parte de ella, por más que intentara negarlo, quería respuestas. Y, peligrosamente, quería entender.
Se sentó de nuevo, esta vez con una determinación creciente. La niebla de la sorpresa y el dolor comenzaba a disiparse, dando paso a una chispa de resiliencia. No permitiría que Guillermo volviera a dejarla en un estado de indefensión. Si quería hablar, tendría que ser bajo sus términos. Y esta vez, ella no sería la única que sufriera en silencio.