Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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¿Quién soy realmente?
A la mañana siguiente, Sheila miraba por la ventana de la habitación y vio a una niña pequeña jugando alegremente con otros dos niños. Las risas y la felicidad de ellos llenaban el lugar de calidez. Inesperadamente, comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza, pero esta vez fue un dolor más profundo que físico. Se llevó una mano a la cabeza, sintiendo una punzada aguda que la obligó a cerrar los ojos con fuerza.
— Ahhh…
Gimió con dolor. Mientras imágenes desordenadas e incontrolables empezaron a cruzar por su mente. Una de las enfermeras, al entrar y percatarse de la situación, llamó al doctor de inmediato, quien al llegar ordenó la aplicación de un medicamento para poder calmarla.
Mientras tanto, Sheila estaba confundida por lo que ocurría en su mente. De repente, comenzó a escuchar la risa de una niña, al mismo tiempo que una visión de un precioso jardín de rosas se desplegaba ante ella.
— Corre, pequeña…
Escuchó una voz de hombre, esta se sentía cálida y protectora. De un momento a otro, su respiración comenzó a acelerarse. De repente, otra imagen llegó a su mente, esta era una mesa larga, rebosante de una familia que compartía risas.
— Siempre serás nuestra niña. — Le decía el hombre de mediana edad mientras acariciaba su cabeza.
Ella estaba confundida, sin comprender lo que sucedía. ¿Qué significaba todo aquello? Sin embargo, nuevos recuerdos seguían fluyendo ante sus ojos, como si de una película se tratara. En último, vio la imagen de ella misma admirando su reflejo en un espejo mientras llevaba un vestido elegante.
— Señorita Johnson, sus padres la esperan.
Sus ojos se abrieron de golpe, como si regresara de un sueño profundo. "Johnson". El apellido resonó con fuerza en su mente, como si lo hubiera escuchado toda la vida.
— No… no… — Se incorporó con dificultad, ignorando el dolor mientras trataba de procesar todo. — Yo… ¿Quién soy realmente?
Ahora, todo lo que ella creía, le resultaba amargo y desagradable. De pronto, todo empezaba a cobrar sentido; la mansión, las humillaciones, las mentiras, Fernando. De pronto comenzaba a entender por qué había ocurrido todo aquello. Él la había engañado, había jugado con su vida de la manera más ruin, solo para su propio beneficio. Ella nunca fue realmente su esposa, sobre todo porque ni siquiera ella recordaba su verdadero nombre.
Finalmente todo estaba tomando su forma. Sus ojos se fueron endureciendo poco a poco al recordar todo lo vivido; el haber sido arrojada a la calle como si no valiera nada, Fátima tendida en el suelo sin vida, Begonia, su bebé.
— ¿Por qué ha sucedido todo esto? — Preguntó a sí misma.
Fue sacada de sus pensamientos cuando la puerta de la habitación se abrió. El médico encargado de tratarla, había regresado para saber como se sentía.
— Me gustaría hacerle algunas preguntas. — Hablo él con seriedad, a lo que ella asintió. — ¿Usted sabe quién es?
— Pensaba que sí. — Respondió apartando la mirada.
— Bien… Mi deber como médico es informar la verdad sobre su estado físico y mental. — Dijo con sinceridad. — Según los estudios realizados, usted presenta un traumatismo craneal debido a un fuerte golpe en su cabeza. Pero este está casi desapareciendo, lo que indica que fue causado hace mucho tiempo. Probablemente esa sea la causa de los dolores de cabeza fuertes.
— Entonces… esas imágenes… — Expresó ella con duda.
— Eso quiere decir que sus recuerdos quieren salir a flote. En estos casos lo más recomendable es no forzar la mente, sino esperar a que los recuerdos lleguen por sí solos. Los medicamentos que se le han suministrado durante este tiempo le serán de gran ayuda.
Ella asintió, consciente de su situación actual. Estos episodios no habían ocurrido antes, aparentemente porque supuestamente esa era su vida y porque mientras estuvo en ese lugar, no fue tratada con ninguna medicación. Evidentemente, a ellos no les convenía que ella recordara su verdadera identidad.
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Entre tanto, en otra ciudad; la angustia aún prevalecía en la familia Johnson. El jardín seguía floreciendo, como si nada hubiera pasado, como si su ausencia no doliera, pero en la familia todo continuaba como el primer día en que ella desapareció. Hasta esa mañana, en la que finalmente todo volvió a su lugar.
— Señor, lo buscan. — Informó uno de los sirvientes al jefe de la familia.
— ¿Quién? — Preguntó sin levantar la mirada.
— El detective González.
Todas las miradas en la sala se alzaron al unísono, reflejando una mezcla compleja y simultánea de esperanza, miedo y ansiedad. No hubo vacilación; lo hicieron pasar de inmediato.
— Buenos días. — Saludó el detective cortésmente. — Vengo con noticias. — El silencio en la sala fue absoluto. — Hemos encontrado a su hija.
Parecía que todo a su alrededor se había paralizado por completo; habían olvidado cómo respirar. En ese instante, era como si estuvieran recuperando la vida. La felicidad fue inevitable; lágrimas, abrazos y una sensación de profundo alivio los invadieron.
— Pero deben acompañarme.
El tono del detective les hizo presentir que algo andaba mal y que su hija los necesitaba.
— ¿Está bien? — Preguntó la madre con la voz temblorosa.
— En estos momentos está en una clínica. — Respondió el detective con vacilación.
Ese simple hecho fue suficiente para que el miedo volviera. De nuevo, la angustia de perderla se apoderó de ellos, temiendo no poder recuperarla esta vez. Pero a pesar de la incertidumbre, su apoyo incondicional hacia ella no flaqueará.
Sin perder más tiempo, la familia tomó el primer vuelo para ir en busca de su hija. Sin embargo, este reencuentro no sería alegre; por el contrario, ahora más que nunca, necesitarían permanecer unidos para ayudarla a superar todo lo que había sucedido.
Al llegar a la clínica, lo primero que hicieron fue ir directamente a la habitación donde estaba su hija. Para ellos nada importaba más que volver a verla, saber que estaba bien.
— Gracias, Dios mío. — Susurró su madre al verla, se acercó aferrándose a ella con cuidado. — Mi niña…
— Finalmente has vuelto. — Dijo su padre conteniendo la rabia al ver sus heridas. — Nadie volverá a tocarte.
— ¿Q-Quiénes son ustedes?