Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 12: La que también volvió
- No fue un accidente.
Lo digo en voz baja.
Nadie me escucha.
Nadie debe hacerlo.
Si la directora se imaginará, a que vine.
El silencio de mi oficina es distinto al de los pasillos.
Aquí no hay gritos.
No hay estudiantes.
No hay risas.
Pero hay algo peor, la verdad.
Cierro la puerta, con seguro y llave.
Siempre con llave.
Camino hasta el escritorio.
Ahí están, las fotos, los nombres, las fechas.
Uno por uno, todos conectados, todos marcados, mateo, valeria, ricardo, mariana, carla, elena, luis y ahora… La maestra.
Paso mis dedos sobre las hojas.
No con cariño, con precisión.
Como si tocara piezas de algo que ya entendí.
Pero que aún no puedo probar.
- No fue coincidencia.
Susurro.
Mi voz no tiembla.
Hace tiempo dejó de hacerlo.
Desde ese día.
Ese día que no se borra.
Ese día que no se va.
Cierro los ojos.
Y vuelve.
Siempre vuelve.
- Mami… no quiero ir hoy.
Su voz, pequeña, cansada, rota.
- Como no me di cuenta lo que pasaba.
-por que ella no me dijo nada, hija de mi corazón.
Me arrodillé frente a ella.
Le acomodé el cabello.
- Solo es un día más.
Sonreí.
Como si no supiera.
Como si no lo viera.
- Todo va a mejorar.
Mentí.
Ella bajó la mirada.
- No me gusta esa escuela.
Mi pecho se apretó.
Pero no dije nada.
No hice nada.
Solo la mandé.
Como todos los días.
A ese lugar.
A ese infierno disfrazado de escuela.
Abro los ojos.
Respiro.
Pero no ayuda.
Nunca ayuda.
Camino por la oficina.
Lento.
Recordando.
Los mensajes.
Las burlas.
Las fotos.
Las risas.
Ese grupo.
Siempre el mismo.
Siempre juntos.
Siempre protegidos.
Y los maestros…
Mirando.
Callando.
Ignorando.
Como si no fuera su problema.
Como si no doliera.
Como si no matara.
Aprieto los puños.
- Sí mata.
Lo digo más fuerte.
Pero aquí no importa.
Aquí nadie escucha.
Camino hacia el cajón.
Lo abro.
Ahí está.
La carta.
Dobladita.
Gastada.
Leída mil veces.
La saco.
La abro.
Aunque ya sé lo que dice.
Aunque cada palabra vive en mí.
- Perdón mami…
Mi respiración se corta.
- Ya no puedo más…
Cierro los ojos.
Pero sigo leyendo.
Porque necesito hacerlo.
Porque no puedo dejar de hacerlo.
- Ellos ganaron…
Niego.
- No.
Mi voz sale rota.
- No ganaron.
La aprieto contra mi pecho.
- Yo estoy aquí.
Pausa.
Larga.
Pesada.
- Y no terminé.
La dejo sobre el escritorio.
Con cuidado.
Como si fuera lo único sagrado en este mundo.
Porque lo es.
Respiro profundo.
Y vuelvo a la realidad.
A esto.
A lo que está pasando.
A lo que ya empezó.
Camino hacia las fotos otra vez.
Las observo.
Una por una.
- Alguien se me adelantó.
Lo digo sin miedo.
Sin duda, es verdad.
Yo vine con un plan.
Con nombres.
Con tiempo.
Con paciencia.
Pero cuando llegué…
Ya estaban cayendo.
Uno por uno.
Como si alguien hubiera leído mi mente.
Como si alguien…
Sintiera lo mismo.
Miro el nombre.
El último.
El que sigue.
Lo toco con el dedo.
- No eres mío.
Susurro.
- Pero lo serás.
Sonrío.
Por primera vez.
No es una sonrisa amable.
No es profesional.
Es otra cosa.
Más oscura.
Más real.
Recuerdo el primer caso.
Mateo.
Pensé que era casualidad.
Después Valeria.
Luego Ricardo.
Y entendí.
Esto no es azar.
Esto es intención.
Esto es alguien…
Que también recuerda.
Que también siente.
Que también quiere.
Y eso…
Eso me hizo seguir.
No detenerme.
No rendirme.
Me siento en la silla.
Frente al escritorio.
Frente a todo.
- Sé que eres tú.
Lo digo al aire.
Como si estuviera aquí.
Como si me escuchara.
- El conserje.
Cierro los ojos.
Lo veo.
Callado.
Invisible.
Siempre ahí.
Siempre cerca.
Demasiado cerca.
- No eres lo que aparentas.
Pausa.
- Y yo tampoco.
Sonrío leve.
Porque eso es cierto.
Más de lo que debería.
Pero aún no.
Aún no es momento.
Abro otro cajón.
Ahí está.
Mi lista.
La original.
La que traje conmigo.
La que hice…
Por ella.
Por mi hija.
Los nombres están marcados.
Uno por uno.
Coinciden.
Casi todos.
Eso fue lo que me confirmó todo.
- Estamos cazando lo mismo.
Susurro.
Pero no de la misma forma.
No con el mismo método.
No con el mismo control.
Y eso…
Eso puede arruinarlo todo.
Aprieto el papel.
- No puedes equivocarte.
Mi voz es firme.
- No como ellos.
Me levanto.
Camino hacia el espejo.
Me observo.
Mis ojos.
No son los mismos.
Hace tiempo dejaron de serlo.
- Esto no es solo trabajo.
Digo en voz baja.
- Nunca lo fue.
Toco mi reflejo.
Como si buscara algo.
Como si esperara ver otra cosa.
Pero no.
Solo estoy yo.
Por ahora.
Recuerdo el último cuerpo.
La maestra.
Sentada.
Perfecta.
Como si nada.
Eso no fue improvisado.
Eso fue mensaje.
Eso fue intención.
- Te estás acercando demasiado.
Lo digo.
Como advertencia.
Como aceptación.
Porque sé que él también me observa.
Sé que ya no soy invisible.
Y eso cambia las reglas.
Regreso al escritorio.
Miro el nombre.
El siguiente.
El que falta.
El maestro.
El último de ellos.
El que también miró.
El que también calló.
El que también permitió.
Lo rodeo con un círculo.
Lento.
Preciso.
- Este sí es mío.
Pausa.
Mi respiración se vuelve más pesada.
- No te lo voy a dejar.
Porque esto…
Esto no es solo venganza.
Es justicia.
Mi justicia.
La de ella.
La que nadie le dio.
La que nadie quiso ver.
Abro la carpeta.
Saco lo necesario.
Fotos.
Horarios.
Rutinas.
Todo.
Ya lo tengo.
Siempre lo tuve.
Solo estaba esperando.
Esperando el momento.
Esperando confirmar.
Esperando entender.
Y ahora…
Lo tengo claro.
Me inclino hacia adelante.
Apoyo las manos en el escritorio.
- Se acabó.
Mi voz es firme.
Decidida.
Sin duda.
- Esto termina conmigo.
O no termina.
Cierro los ojos.
Y la veo otra vez.
Mi niña.
Sonriendo.
Antes de todo.
Antes de ellos.
Antes del dolor.
- Espérame.
Susurro.
- Ya casi.
Abro los ojos.
Y ya no hay duda.
Ya no hay miedo.
Solo queda una cosa.
Acción.
Tomo el papel.
Lo doblo.
Lo guardo.
Apago la luz.
Abro la puerta.
El pasillo está oscuro.
Vacío.
Pero sé que no lo está.
Nunca lo está.
Camino.
Lento.
Seguro.
Como él.
Como yo.
Y mientras mis pasos avanzan…
Solo pienso en una cosa.
- Ahora empieza de verdad.
Pausa.
Mi mano aprieta el bolso.
Ahí está todo.
Todo lo necesario.
Todo lo que vine a hacer.
Y esta vez…
No voy a esperar.
Levanto la mirada.
Y sonrío.
Pero no es una sonrisa cualquiera.
Es la misma que tenía ella…
Antes de que la rompieran.
Antes de que la apagaran.
Antes de que la perdiera.
- Nos vemos pronto.
Y esta vez…
No es una amenaza.
Es una promesa.