Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Lo Que Dejaste Atrás”
📖 CAPÍTULO 5
“Lo Que Dejaste Atrás”
La ciudad seguía igual.
Pero Nicolás ya no la veía igual.
La mañana llegó sin avisar.
Sin fiesta.
Sin ruido.
Sin risas falsas.
Solo silencio.
Y un dolor leve en el pecho que no se iba.
Nicolás estaba sentado en la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el piso.
La botella de la noche anterior seguía ahí.
A medio terminar.
Antes… eso nunca pasaba.
Antes… él la terminaba.
Siempre.
—Mierda… —murmuró.
Se pasó la mano por la cara.
Cansado.
Pero no era físico.
Era otra cosa.
La frase de la noche anterior le volvió a la cabeza:
“Uno cree que tiene toda la vida… hasta que un día le dicen que no.”
Y ahora…
ya no sonaba a frase.
Sonaba a sentencia.
Se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Miró la calle.
Gente yendo al trabajo.
Motores encendidos.
La vida… normal.
—¿Y ahora qué hago…? —dijo en voz baja.
Silencio.
Su mente empezó a moverse sola.
Recordando.
Buscando.
Escarbando donde llevaba años sin mirar.
Y entonces…
apareció.
Valeria.
El nombre le golpeó más fuerte que el dolor en el pecho.
Cerró los ojos.
Y ahí estaba.
Su risa.
Su voz.
Sus ojos mirándolo como nadie más lo había hecho.
—No joda… —susurró.
No pensaba en ella hacía tiempo.
O eso creía.
Porque la verdad…
es que nunca se había ido.
Solo la había escondido.
Se dejó caer otra vez en la cama.
Mirando el techo.
Recordando.
Ella no era como las demás.
Nunca lo fue.
No llegó por fiesta.
No llegó por interés.
No llegó por casualidad.
Llegó… y se quedó.
En los días malos.
En las noches largas.
En los momentos donde Nicolás no era el hombre que mostraba al mundo.
—Usted no es así… —le decía ella.
—¿Así cómo?
—Así de perdido.
Y él…
solo se reía.
Porque en ese momento…
no entendía.
Pero ella sí.
Siempre entendía.
Hasta el día en que se cansó.
Nicolás apretó los ojos.
Ese recuerdo…
dolía distinto.
—No me deje… —le había dicho ella.
Y él…
como siempre…
eligió mal.
Eligió la calle.
La fiesta.
La vida fácil.
—Después hablamos —le dijo.
Pero ese “después”…
nunca llegó.
Abrió los ojos.
El techo seguía ahí.
Pero ya no era el mismo.
Se sentó.
Respiró profundo.
El pecho volvió a molestar.
Leve.
Pero suficiente.
Y entonces lo entendió.
No tenía tiempo.
No para seguir dejando cosas pendientes.
No para seguir huyendo.
No para seguir siendo el mismo.
Se levantó de golpe.
Buscó el celular.
Lo encontró entre la ropa tirada.
Lo desbloqueó.
Dudó.
Buscó su nombre.
Valeria
Ahí estaba.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si nada hubiera cambiado.
Pero todo había cambiado.
Se quedó mirando el contacto.
El dedo suspendido.
Sin tocar la pantalla.
—¿Y si no contesta…? —pensó.
—¿Y si ya no quiere saber nada de mí…?
—¿Y si… ya es tarde?
Demasiadas preguntas.
Demasiado miedo.
Pero había algo más fuerte.
El tiempo.
Y esta vez…
no estaba de su lado.
Marcó.
El tono sonó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cada segundo…
pesaba.
Cuatro.
Cinco.
Estaba a punto de colgar.
Cuando…
—¿Aló?
El mundo se detuvo.
Era ella.
La misma voz.
Pero más… seria.
Más firme.
Más lejana.
Nicolás no habló de inmediato.
No pudo.
—¿Aló? —repitió ella.
—Vale… —dijo al fin.
Silencio.
Del otro lado…
nada.
Y luego…
una respiración profunda.
—¿Nicolás?
No sonó feliz.
No sonó emocionada.
Sonó… sorprendida.
Y a la vez…
preparada.
—Sí… soy yo.
Pausa.
Larga.
Pesada.
—¿Qué quiere? —preguntó ella.
Directo.
Sin rodeos.
Golpe.
Nicolás tragó saliva.
—Quería… saber cómo estaba.
Silencio.
—Estoy bien —respondió ella.
Corto.
Frío.
—Me alegra…
Otra pausa.
—¿Algo más? —dijo ella.
Ahí estaba.
La distancia.
La pared.
Todo lo que él construyó… ahora contra él.
Nicolás miró al suelo.
Buscando palabras.
—Quería verlo… —dijo.
Se corrigió—. Verla.
Silencio.
—No creo que sea buena idea.
Otra vez.
Directo.
Real.
—Solo un rato… —insistió él—. Hablar.
Se hizo un vacío al otro lado.
—Ya hablamos… —dijo ella—. Hace años. Usted fue el que no quiso escuchar.
Cada palabra…
un golpe.
Nicolás cerró los ojos.
—Tiene razón…
Silencio.
Y entonces…
por primera vez…
no se defendió.
—Pero necesito verla —dijo—. En serio.
Pausa.
—¿Para qué?
La pregunta lo dejó quieto.
No podía decir la verdad.
No todavía.
—Porque… no quiero seguir dejando las cosas así.
Honesto.
Por fin.
El silencio cambió.
No era rechazo.
Pero tampoco aceptación.
Era duda.
—Hoy no puedo —dijo ella al final.
El pecho de Nicolás se apretó.
—Pero…
Pausa.
—Mañana… en la tarde.
Un pequeño espacio.
Una oportunidad.
—¿Dónde? —preguntó él rápido.
—El café de siempre.
El recuerdo le pegó directo.
—Listo… ahí estaré.
Silencio.
—Nicolás…
—¿Sí?
Pausa.
—No espere mucho.
Y colgó.
El sonido del corte…
le dejó un vacío raro.
No era rechazo total.
Pero tampoco era esperanza.
Era algo intermedio.
Algo peligroso.
Nicolás bajó el celular.
Se quedó quieto.
Pensando.
—No espere mucho…
Repitió la frase.
Y por primera vez…
entendió.
No se refería a ella.
Se refería a él.
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