La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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Algo que debió ser de ella.
El abuelo endureció la mirada.
Durante años, absolutamente todos a su alrededor habían terminado obedeciéndolo.
Socios.
Empresarios.
Políticos.
Incluso su propia familia.
Por eso le resultaba tan irritante ver a Alexander negarse.
Porque Alexander jamás lo hacía.
Su nieto siempre terminaba cediendo tarde o temprano.
Pero esta vez no.
Y eso le desagradaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
El anciano apoyó ambas manos sobre el escritorio de la oficina.
Sus ojos grises permanecieron clavados en Alexander.
—Entonces prepárate para ver caer tu empresa.
El silencio se volvió pesado.
Alexander permaneció inmóvil frente al ventanal de cristal, observando la ciudad desde el piso más alto del edificio.
La mandíbula se le marcó con fuerza.
Pero no respondió.
Eso enfureció todavía más al abuelo.
Porque Alexander jamás se quedaba callado de esa manera.
El anciano caminó hacia la puerta.
Sin embargo, antes de salir, volvió a girarse lentamente.
Sus ojos se estrecharon.
—No me digas que te enamoraste… o por eso no quieres divorciarte.
Alexander soltó una risa seca.
Vacía.
Sin humor alguno.
Giró apenas el rostro.
—No quiero que hablen de que Alexander Castellanos se casó con una hermana y después con la otra. No es propio.
—Puedo callar los chismes si ese es el problema.
Alexander finalmente se giró completamente hacia él.
Y el abuelo entendió algo apenas verlo.
Estaba perdiendo el control sobre su nieto.
—Dije que no.
La voz de Alexander salió más fría que nunca.
—Por que no soy tu maldito títere.
El abuelo lo observó varios segundos.
Molesto.
Analizando.
Como si intentara reconocer al hombre que tenía enfrente.
Porque Alexander jamás levantaba la voz.
Jamás discutía así.
Pero entonces el anciano recordó algo importante.
Todo hombre terminaba rebelándose cuando empezaba a sentirse atrapado.
Y Alexander llevaba meses sintiéndose exactamente así.
El abuelo salió de la oficina golpeando la puerta con fuerza.
Apenas desapareció por el pasillo, José entró rápidamente.
—Pero ¿qué demonios ocurrió? El abuelo salió echando fuego.
Alexander volvió a girarse hacia el ventanal.
—Quiere que me case con la hermana de Estefanía.
José se quedó en silencio un segundo.
Luego soltó un silbido bajo.
—Bueno… eso sí es raro incluso para esta familia.
Alexander se pasó una mano por el rostro cansado.
La cabeza comenzaba a dolerle.
—Se supone que ella debía ser desde el principio —continuó José—. Esa fue la jugada de los Rosales. Entonces no entiendo la insistencia ahora… ¿qué cambió?
Y era una buena pregunta.
¿Qué había cambiado?
Porque el abuelo jamás reaccionaba impulsivamente.
Nunca.
Todo lo calculaba.
Cada movimiento.
Cada palabra.
Cada alianza.
Así que si ahora quería deshacer el matrimonio a toda costa…
Era porque había algo detrás.
Mientras tanto…
Muy lejos de los problemas empresariales y las guerras familiares…
Estefanía caminaba bajo el sol mirando anuncios pegados en vitrinas y ventanas.
“Se solicita empleada”.
“Horario flexible”.
“Medio tiempo”.
Ya llevaba horas recorriendo calles.
Las piernas le dolían.
Pero no pensaba rendirse.
Necesitaba trabajar.
Necesitaba terminar sus estudios.
Necesitaba depender de sí misma.
Porque en el fondo sabía algo.
Ese matrimonio no era seguro.
Nunca lo había sido.
Después del año. Ella no tendría absolutamente nada, ella tendría que valerse por si misma algo que nunca había hecho.
Y si algún día Alexander decidía divorciarse… Ese sería su fin por qué la regresarian al convento sin que a nadie le importara.
Entró a otra cafetería pequeña.
Ya era tarde.
El dueño apenas levantó la vista.
—Busco empleo.
El hombre la observó de arriba abajo.
La ropa sencilla.
Los tenis baratos.
La mochila gastada.
Se notaba que necesitaba el empleo.
—¿Experiencia?
Estefanía dudó apenas.
—Aprendo rápido.
El hombre soltó una risa.
—Eso dicen todos.
Ella apretó la mochila entre sus dedos.
—Puedo trabajar después de clases.
—¿Estudias?
Ella asintió.
El hombre revisó unos papeles.
—Necesito alguien para las tardes y noches. Limpiar mesas, atender clientes y ayudar en cocina cuando se necesite.
El corazón de Estefanía dio un pequeño salto.
—Puedo hacerlo.
El sujeto volvió a verla.
—El sueldo no es malo… pero aquí se trabaja de verdad.
Estefanía sonrió apenas.
Si él supiera todo lo que había vivido dentro del convento…
Ese trabajo le parecía el paraíso.
Horas después salió del restaurante con una hoja entre las manos.
Había conseguido empleo.
Y por primera vez en muchísimo tiempo…
Sintió algo parecido a tranquilidad.
Regresó a la mansión al caer la tarde.
Cansada.
Con los pies adoloridos.
Pero feliz.
En cuanto entró a la habitación compartida, dejó caer la mochila sobre la cama y corrió al baño.
Llenó la bañera.
El agua caliente relajó sus músculos tensos.
Cerró los ojos.
Y por unos minutos se permitió olvidar.
Olvidar a los Rosales.
Olvidar las amenazas.
Olvidar que vivía dentro de una familia que podía destruirla en cualquier momento.
Cuando salió, se puso un vestido cómodo y sencillo.
La casa estaba completamente silenciosa.
Dana había salido a hacer compras.
Alexander seguía en la empresa.
Y por primera vez desde que llegó ahí…
La mansión se sentía vacía.
Estefanía caminó lentamente por la sala observándolo todo.
Los enormes cuadros.
Los muebles elegantes.
Las lámparas brillantes.
Todo era demasiado lujoso.
Demasiado perfecto.
Y aun así…
La casa se sentía fría.
Como si nadie realmente viviera ahí.
Mientras ella recorría el lugar en silencio…
Alexander estaba al borde de perder la paciencia.
Los números de la empresa seguían desplomándose frente a él.
Socios retirándose.
Llamadas.
Presión.
Amenazas silenciosas.
José salió finalmente de la oficina después de discutir estrategias financieras.
—Voy por café antes de que mates a alguien.
Alexander ni siquiera respondió.
Se dejó caer en el respaldo de la silla.
Cerró los ojos apenas unos segundos.
Y entonces escuchó la puerta abrirse nuevamente.
Pensó que era José.
Pero al levantar la vista…
Vio a Victoria Rosales.
Elegantemente vestida.
Perfecta.
Segura de sí misma.
Demasiado segura.
Alexander se acomodó lentamente en el asiento.
Sus ojos recorrieron a la mujer frente a él.
Cabello rubio perfectamente recogido.
Vestido oscuro ajustado.
Labial impecable.
La clase de mujer que encajaba perfectamente en eventos de empresarios y revistas sociales.
La clase de mujer que el abuelo quería para él.
—Señorita Rosales… ¿qué la trae a mi empresa?
Victoria sonrió suavemente.
Pero por dentro el corazón le latía con fuerza.
Porque la noche anterior apenas pudo observarlo entre toda la gente.
Y ahora que lo tenía enfrente…
Entendía el interés del abuelo castellanos.
Alexander Castellanos era peligroso de mirar demasiado tiempo.
—No tuve el gusto de conocerlo realmente.
Alexander la observó en silencio.
Victoria avanzó lentamente por la oficina.
Recordó perfectamente la primera vez que escuchó hablar de él.
“Lisiado”.
Eso fue lo primero que oyó.
Y solo por orgullo se negó al matrimonio.
No quería pasar su vida junto a un hombre roto.
Pero después lo vio en aquella cena.
Y se arrepintió inmediatamente.
Porque incluso apoyado en un bastón…
Alexander seguía imponiendo más que cualquier otro hombre en esa sala.
Su abuelo era el más rico.
Y ahora, viéndolo solo…
Entendía algo peor.
Estefanía había terminado con un hombre que debía pertenecerle a ella.
Victoria cruzó lentamente las piernas al sentarse frente al escritorio.
—Su abuelo siempre habló maravillas de usted.
Alexander apoyó ambos brazos sobre la mesa.
—Tu familia también habló maravillas de una hija… y terminó entregándome otra.
El golpe fue directo.
Victoria sintió el estómago tensarse.
Pero mantuvo la sonrisa.
Porque ahora entendía perfectamente las instrucciones de su madre.
Debía acercarse a Alexander.
Convencerlo.
Hacer que él mismo quisiera cambiar a Estefanía por ella.
Porque si la verdad salía a la luz…
Su familia quedaría destruida.
En ese mundo, el dinero no siempre salvaba a las personas.
Y un escándalo como descubrir que el poderoso señor Rosales escondió durante años una hija bastarda…
Podía acabar incluso con apellidos importantes.
Por eso Victoria sonrió nuevamente.
Más suave.
Más calculadora.
Y clavó los ojos en Alexander.
Decidida a conseguir lo que ahora quería desesperadamente.
Me encanta💕💕