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EL TEMIBLE COMANDANTE ES MIO DESEO INCONTROLABLE

EL TEMIBLE COMANDANTE ES MIO DESEO INCONTROLABLE

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Amor prohibido / Completas
Popularitas:21.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.

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capitulo 22

Me desperté con el sonido de los oficiales rompiendo el campamento. El amanecer en el norte no traía luz, solo una claridad grisácea y sucia que se filtraba por la lona de mi pequeña tienda. Tenía los labios agrietados y el cuerpo me pesaba como si cargara con la armadura de Alistair, pero mi mente estaba inusualmente despejada.

Él creía que me había vencido anoche. Creía que sus palabras hirientes y su orden de enviarme a la retaguardia serían suficientes para que yo bajara la cabeza y desapareciera. Pero Alistair Thorne cometía un error táctico garrafal: olvidaba que una mujer que ha visto el alma de un hombre ya no puede ser intimidada por sus galones.

—Señorita Valois, el carruaje de escolta está listo —dijo un sargento desde el exterior, con una voz carente de emoción.

Salí de la tienda. El frío me golpeó el rostro, recordándome dónde estaba. A unos metros, Alistair montaba su caballo. No me miró. Estaba rodeado de mapas y capitanes, impartiendo órdenes con una precisión mecánica. Parecía una estatua de obsidiana, impecable a pesar de la batalla de ayer. Su rechazo era una pared de hielo sólido.

—No voy a subir a ese carruaje, Sargento —dije, elevando la voz lo suficiente para que los oficiales cercanos se detuvieran.

Alistair se tensó. Vi cómo sus hombros se endurecían bajo la capa de piel, pero no giró la cabeza.

—Son órdenes directas del Comandante, señorita —insistió el sargento, incómodo.

—Entonces que el Comandante me mire a los ojos y me diga que mi informe sobre las rutas de suministro médico es innecesario. Que me diga que prefiere que sus hombres mueran por gangrena en el paso de montaña antes de admitir que necesita a una "escribiente" cerca.

El silencio que siguió fue absoluto. Los soldados contuvieron el aliento. Finalmente, Alistair giró su caballo. Sus ojos grises eran tormentas contenidas. Se acercó a trote lento, la figura de su semental negro cerniéndose sobre mí como una sombra amenazante.

—Valois —su voz era un susurro peligroso, un siseo que solo yo podía entender—. Estás bordeando la traición. Te ordené que te marcharas para proteger lo poco que queda de tu reputación... y de tu vida.

—Mi reputación murió en el Baile de Invierno, Alistair. Y mi vida no vale nada si permito que te conviertas en el mártir que tu padre quería que fueras —me acerqué al estribo de su silla, reduciendo la distancia hasta que pude oler el cuero y el rastro del incendio de ayer—. No me voy. Úsame como tu escribiente, como tu estratega o como tu castigo, pero no me pidas que te deje solo en este invierno.

Él se inclinó hacia delante, su rostro a centímetros del mío. La sensualidad de la confrontación era tan cruda que sentí un tirón eléctrico en el vientre. Podía ver el deseo luchando contra la furia en sus pupilas dilatadas. Quería besarme para callarme, y quería gritarme para alejarme.

—Si te quedas —murmuró, su voz rompiéndose por un instante—, te trataré como a cualquier otro soldado. No habrá hogueras privadas, no habrá clemencia. Dormirás en el barro si es necesario. Te haré odiar el día que decidiste cruzar mi camino.

—Ya duermo en el barro, Comandante. Al menos así estaré cerca del fuego.

Él soltó un gruñido, una mezcla de frustración y una admiración que se negaba a verbalizar. Se enderezó y miró al sargento.

—Anule la escolta. La señorita Valois se queda bajo mi supervisión directa. Si comete un solo error, será enviada a las celdas de campaña.

Se alejó al galope sin mirar atrás. Había ganado una batalla, pero la guerra personal apenas comenzaba.

Durante el resto del día, Alistair fue implacable. Me obligó a trabajar en la logística bajo la nieve, revisando inventarios de pólvora y grano mientras mis dedos se entumecían. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, él me lanzaba una orden más dura que la anterior. Era su forma de castigarme por su propia debilidad, de intentar demostrarse a sí mismo que todavía tenía el control.

Pero al caer la noche, cuando el campamento se sumió en un silencio tenso bajo el asedio de la ventisca, la máscara empezó a agrietarse.

Fui a su tienda para entregar el reporte final del día. No pedí permiso para entrar. Alistair estaba sentado frente a una pequeña mesa, con la camisa desabrochada y una venda mal puesta rodeando su hombro herido. El calor del brasero hacía que la piel de su torso brillara, revelando los músculos tensos y las cicatrices que narraban su historia de dolor.

Me detuve en seco. La sensualidad de la escena, la vulnerabilidad del "Muro de Invierno" herido y solo en la penumbra, me cortó la respiración.

—Déjalo en la mesa y vete —dijo, sin levantar la vista. Sus dedos temblaban ligeramente mientras intentaba anudar la venda.

No lo hice. Dejé los papeles y me acerqué. Mis manos, aunque frías, buscaron las suyas. Él trató de apartarse, pero le sostuve la mirada con una determinación que lo dejó mudo.

—Déjame ayudarte —susurré.

Tomé la venda de lino. Mis dedos rozaron su piel ardiente y sentí cómo un escalofrío le recorría la espalda. Alistair cerró los ojos y soltó un suspiro largo, un sonido de rendición que me llegó al alma. Mientras rodeaba su hombro con el lino, mi pecho rozaba ocasionalmente su espalda. El contacto era eléctrico, una tortura voluntaria para ambos.

Me coloqué frente a él para terminar de ajustar el nudo sobre su pecho. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un fuego que el invierno nunca podría apagar. Sus ojos se abrieron, encontrando los míos. Ya no había rastro de la crueldad del día; solo quedaba un hombre sediento, un hombre que se estaba ahogando en la necesidad de ser tocado.

—Eres mi perdición, Elena —dijo, su voz ronca, una vibración que sentí en mi propia piel.

Sus manos, grandes y callosas, subieron por mis brazos hasta enredarse en mi cabello. Me atrajo hacia él con una urgencia desesperada. Sus labios no buscaron los míos de inmediato; enterró su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma con una devoción que me hizo temblar. Sentí sus labios calientes trazando la línea de mi mandíbula, dejando un rastro de fuego a su paso.

—Me haces querer ser un hombre corriente —murmuró contra mi piel—. Me haces querer olvidar la corona, el ejército y el deber. Y eso me aterra más que la muerte.

—No tienes que olvidar quién eres —respondí, pasando mis manos por su pecho desnudo, sintiendo la dureza de su músculo y el latido desbocado de su corazón—. Solo tienes que recordar que eres mío.

Él soltó un gemido animal y su boca chocó contra la mía. Este beso no fue un castigo, fue una confesión. Sabía a alivio, a deseo incontrolable y a una pasión que se negaba a ser silenciada por más tiempo. Sus manos bajaron por mi espalda, tirando de mi blusa con una impaciencia salvaje, mientras me atraía hacia su regazo.

Sentí la aspereza de sus pantalones de uniforme contra mis muslos y la presión de su hombro herido, que él parecía ignorar por completo bajo el influjo del deseo. La sensualidad era pesada, envolvente, el único refugio real en medio de un mundo que se caía a pedazos fuera de la lona.

—Si nos descubren... —empecé a decir entre besos.

—Que miren —respondió él, su lengua reclamando la mía con una autoridad absoluta—. Que vean cómo se derrite el invierno.

Pero justo cuando el calor amenazaba con consumirnos, un ruido de pasos pesados fuera de la tienda nos obligó a separarnos. Alistair se tensó, recuperando la máscara en un segundo, aunque sus ojos seguían brillando con el fuego de lo que acabábamos de compartir.

—Mañana será peor, Elena —dijo, su voz volviendo a ser de acero, pero con un matiz de ternura que solo yo podía detectar—. Pero ya no te enviaré a la retaguardia. Si este es nuestro fin, lo enfrentaremos juntos.

Salí de la tienda con las piernas temblando y el corazón encendido. Él seguía intentando evitarme con su crueldad, pero cada vez que lo intentaba, terminábamos más unidos.

1
Brighit Charpentier
hay momentos querida y la verdad no lo estás ayudando mucho que digamos
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
Brighit Charpentier
ahhhhh eres un soldado caído que se niega a admitir su derrota pero te entiendo
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉
veronica pinto
🥰🥰
veronica pinto
Muchas felicidades
veronica pinto
😠😠 Bueno es que a ese rey le patio el cerebro un burro 🤔 le salvan el reino y todavía culpa a Elena 🤨🤨
veronica pinto
😥😥😥🫢🫢🫢 Dios mío ya me estoy quedando sin uñas 🫣🫣 querida Autora 🫢🫢
veronica pinto
😲😲🫢🫢🫣🫣🫣😥😥😥
veronica pinto
🤔🤔 solo una pregunta xq escribe tanto la palabra sensualidad 🤔🤔
veronica pinto
🤨🤨 ojalá y sean fuertes 💪🏻 y que a esa zorra le llegue el karma pronto 🤔🤔
veronica pinto
😲😲😲🫢🫢🫣🫣🫣
veronica pinto
🤦‍♀️🤦‍♀️🤦‍♀️ al chucha entonces también x eso la va a rechazar también 🤷🏼‍♀️🤷🏼‍♀️🤷🏼‍♀️
veronica pinto
hay quiere te un poco más y no te dejes humillar tanto 🤦‍♀️🤦‍♀️ no haces ver mal como mujeres 🤷🏼‍♀️🤷🏼‍♀️
veronica pinto
🤔🤔 nose si la protagonista es persistente o necia 🤔 o no tiene dignidad que se deja humillar 🤔🤔
veronica pinto
🤔🤔 hay Comandante es mejor quemar 🔥 ése documento que te va alejar más de Elena
veronica pinto
👍🏻👍🏻👍🏻👍🏻
veronica pinto
🤔🤔 como que es un poco mazoquista la niña 🤭
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
excelente historia,,,super recomendada ,,,,!
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
vamos bien Elena 👏🤭😂
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
este duque pronto va a caer
Jipsianay Garcia
gracias autora muy buena
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