Sin loba. Sin linaje. Sin lugar en el mundo.
Criada como sirvienta en la manada más despiadada del reino, Lyra ha sobrevivido dieciocho años de desprecio ocultando lo único que la hace diferente: un cabello blanco como la luna que tiñe de negro cada noche, y un poder latente que ni ella misma comprende.
Cuando el Alfa Vane —el hombre que debería ser su compañero destinado— la rechaza públicamente para coronar a otra como su Luna, Lyra hace lo impensable: lo rechaza de vuelta. Las palabras de ruptura le destrozan el alma, pero también encienden algo antiguo en su sangre.
Y entonces aparece él.
Aron. El Soberano.
Un ser milenario de ojos negros como el abismo, tan letal como seductor, que ha esperado siglos por una mujer con aroma a madreselva y ojos que guardan tormentas. Desde el momento en que la atrapa entre sus brazos, Aron no piensa soltarla. Nunca.
Pero el nuevo vínculo que los une despierta fuerzas que llevaban generaciones dormidas. Lyra descubre que su linaje no está extinto... y que el hombre que la reclama como suya guarda un secreto capaz de destruirlo todo.
Mientras conspiraciones ancestrales, traiciones políticas y un enemigo que devora almas cierran el cerco, Lyra deberá elegir entre el amor que la hace invencible y la verdad que podría convertir a su compañero en su peor enemigo.
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Entre el deber y el deseo
Vane aprisionó a Laila contra la puerta de madera, las manos grandes apretándole la cintura a la Beta con una fuerza que rozaba la posesividad bruta.
El beso de ambos era un campo de batalla; no había ternura, solo una necesidad urgente de demostrar que él seguía siendo dueño de sus propios sentidos.
Laila soltó un gemido de triunfo, las uñas clavándose en los hombros anchos del Alfa, incitando a la fiera dentro de él.
Para ella, aquel fuego era la prueba de que el trono era suyo.
Para Vane, era una distracción necesaria.
Cada vez que el rostro de Lyra aparecía en su mente —esos ojos humanos y testarudos—, se hundía con fuerza en Laila, aspirando el perfume intenso de almizcle para borrar el rastro persistente de flores silvestres que parecía impregnado en su alma.
Fue una entrega feroz, rápida y desprovista de la conexión que un verdadero vínculo exigiría.
Cuando finalmente se apartó, los ojos dorados de Fenris aún brillaban con una insatisfacción peligrosa, como si el lobo estuviera asqueado por la farsa.
Laila se recompuso, acomodándose las ropas con una sonrisa victoriosa, pasándose los dedos por el cabello.
El triunfo le brillaba en los ojos; creía haber ganado la batalla por el corazón del Alfa.
— El solsticio, Vane — susurró, la voz cargada de una promesa que él no estaba seguro de querer cumplir.
— No lo olvides. La manada espera una reina a la altura de tu poder.
Vane sintió una náusea repentina.
El contacto de ella, que segundos antes parecía una necesidad, ahora le quemaba como ácido.
El silencio acusador de Fenris en su mente era ensordecedor.
— Sal. — El gruñido no fue solo una orden; fue un trueno que hizo vibrar los vidrios de las ventanas.
Laila se paralizó, la sonrisa muriendo al instante.
Intentó tocarle el brazo, un último intento de mantener el control.
— Vane, querido, yo solo...
— ¡DIJE QUE SALGAS! — Rugió, girándose con una furia salvaje. Sus ojos ya no eran humanos; eran el oro puro y hambriento de Fenris.
— ¡Ahora, antes de que pierda lo que me queda de paciencia!
Asustada por la intensidad del rechazo de Fenris, Laila retrocedió un paso, la máscara de seducción cayendo para dar lugar al miedo.
Salió apresurada, cerrando la puerta de golpe y dejando atrás solo el olor sofocante de su ambición.
Vane se tambaleó hasta la mesa, apoyando el peso del cuerpo sobre los puños cerrados.
Odiaba lo que acababa de hacer, odiaba la satisfacción de Laila y, por encima de todo, odiaba la forma en que el aroma de aquella sirvienta insolente parecía filtrarse por cada rendija de su oficina.
Caminó hasta la ventana y la abrió para dejar entrar el aire gélido de la noche.
Cerró los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventana.
El aire helado que entraba no bastaba para enfriar el fuego que le corría por las venas, un fuego que Laila, con todo su esfuerzo y técnica, no había logrado apagar.
— ¿Qué me está pasando? — gruñó hacia el vacío, la voz quebrándosele por primera vez.
Se reprendió mentalmente.
Acababa de tener a la hembra más deseada de la manada en sus brazos, una Beta de linaje puro, y lo único que podía pensar era en aquel par de ojos verdes y testarudos de una sirvienta que ni siquiera tenía loba.
Sintió una punzada de culpa por haber forzado a Fenris a replegarse, encerrando a la fiera en el fondo de su mente para poder tocar a Laila sin que el lobo aullara en protesta.
Fenris guardaba un silencio punitivo.
Un silencio que dolía más que cualquier gruñido.
El lobo sabía que lo que acababa de ocurrir en la oficina era una traición a lo que el destino les tenía reservado.
Vane miró una última vez la luna solitaria.
— En el solsticio le pongo fin a esto — se prometió, aunque el corazón le latía a un ritmo que desmentía sus palabras.
— Oficializo a Laila. Y la Sangre Negra será más fuerte.
Cerró la ventana con fuerza, pero el olor a flores silvestres —el olor de ella— pareció reírse de él, impregnado en cada rendija de aquella sala, en cada latido de su corazón.