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El Principe De La Oscuridad

El Principe De La Oscuridad

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Edad media / Maldición
Popularitas:192
Nilai: 5
nombre de autor: Sara RA

fantacia urbana y drama psicológico

NovelToon tiene autorización de Sara RA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 18: Cuatro

Siete AM. Cabrera estaba en la cocina desde las seis. Olor a panqueques. No de las viandas. Caseros. Con manteca de verdad.

Elías bajó primero. Descalzo, con la ropa de Newt que le quedaba gigante, las mangas dobladas hasta el codo. Pelo mojado de bañarse. Abrazaba el _Corsario Negro_ como si fuera escudo.

"Buen día", dijo, parado en la puerta. No entraba si no lo invitaban.

"Buen día, pibe", dijo Cabrera sin darse vuelta. Daba vuelta panqueques. "Sentate. La leche está caliente."

Elías se sentó en la punta. Lejos de todo. Dejó el libro en la mesa, al lado del plato. Abierto justo donde lo dejó anoche: capítulo tres, el abordaje.

Newt bajó segundo. Vio a Elías, vio el libro, vio los panqueques. "Buen día", dijo. Se sentó al lado, no en la punta. Para que no estuviera solo.

Felix bajó último. No dijo buen día. Fue directo a la ventana. Miró afuera. Contó. Limonero, naranjo, duraznero, mandarino. Cuatro. Mandarinas: tres. Seguían siendo tres. Bien.

Recién ahí se sentó. Enfrente de Elías. Lejos del mandarino, pero con vista.

Cabrera sirvió. Cuatro platos. Cuatro vasos de leche. Cuatro tenedores. Contó dos veces para estar seguro. "Coman antes que se enfríe."

Comieron. Silencio de los cómodos. Elías cortaba el panqueque en cuadraditos perfectos. No pedía más. No hablaba. Esperaba.

Hasta que Newt señaló el libro. "¿Por dónde vas?"

"Capítulo tres", dijo Elías, tapándose la boca porque tenía comida. Tragó. "Cuando el Corsario aborda el barco español. Me gusta esa parte porque describe cómo se mueve la espada. 'Finta, fondo, estocada'."

Felix, que estaba untando manteca, paró la mano a mitad de camino. Levantó la vista. Miró a Elías. Miró el libro. Miró a Elías otra vez.

"¿Te sabés esa parte de memoria?", dijo.

Elías se puso colorado. "Más o menos. Lo leí siete veces. Es mi favorito."

"Siete", repitió Felix. Dejó el cuchillo. "¿Cuántos libros leíste?"

Elías contó con los dedos. "Este siete. _Veinte mil leguas_ cuatro. _Los tres mosqueteros_ dos, pero es largo. _Sandokán_ cinco. Y uno de una isla que se llama _La isla del tesoro_, ese seis."

Las sombras, que espiaban desde la escalera porque el olor a panqueque les pudo más que el miedo a los nenes, se cayeron de culo. _Veinticuatro libros. Veinticuatro. Tiene diez años. Nosotras no leímos ni el prospecto del ibuprofeno._

Cabrera se sirvió café para no reírse. "Parece que tenemos un lector."

"Son de aventura", se apuró a decir Elías, como defendiéndose. "No son de escuela. Los de escuela son aburridos. Estos tienen espadas y barcos y..."

"Y finta, fondo, estocada", completó Felix. No preguntó. Afirmó.

Elías asintió, con los ojos brillando. "Sí. ¿Vos sabés de eso?"

Se hizo silencio. Cabrera se quedó quieto con la cafetera en el aire. Newt dejó de masticar. Las sombras dejaron de respirar, si es que respiraban.

Felix miró su plato. Miró la ventana. Miró el mandarino afuera, con sus tres mandarinas naranjas. Después miró a Elías.

"Sabía", dijo. Corto. "De chico. Esgrima. Florete."

Elías abrió la boca. Se le cayó un pedazo de panqueque. No se dio cuenta. "¿De verdad? ¿Como en los libros? ¿Con la ropa blanca y todo?"

"Con la ropa blanca y todo", dijo Felix. "Odiaba la ropa blanca. Se mancha."

"¿Y... y te acordás?", dijo Elías. Ya no comía. Ya no respiraba. "De la finta y el fondo y..."

"Me acuerdo", dijo Felix. Agarró el tenedor. "La finta es así." Hizo el gesto en el aire, sin levantarse. Movimiento chico, seco, preciso. "Engañas. El otro se mueve. Y ahí fondo." Estiró el brazo con el tenedor. "Estocada."

Le pasó a dos centímetros de la nariz de Elías. Elías no se movió. Ni parpadeó. Lo miraba como si Felix fuera el Corsario Negro en persona.

Cabrera dejó la cafetera. "Chico, no en la mesa. Vas a pinchar a alguien."

"Era sin filo", dijo Felix. Bajó el tenedor. "Era ejemplo."

"Buen ejemplo", dijo Elías, sin aire. "¿Me... me podés enseñar? Algún día. Cuando no tengas nada que hacer. Si querés. Si no molesta."

Felix lo miró. Diez años. Ojos enormes. Mochila rota. Siete veces leído _El Corsario Negro_. Sabe que el mandarino es mandarino.

"No toco más las mandarinas", dijo Felix de golpe. Todos lo miraron. "Las dejo ahí. Vos las podés mirar. Si querés. Pero no las saques verdes. Son amargas. Hay que esperar."

Elías asintió como si le hubieran dado las llaves del reino. "No las toco. Palabra. Solo miro. ¿Cuándo están?"

"Cuando están naranjas del todo", dijo Felix. "Y blandas un poco. Dos semanas más, capaz. Si no llueve mucho."

"Dos semanas", repitió Elías. "Puedo esperar dos semanas."

Newt se tapó la cara con la mano. No para no ver. Para no reírse. Cabrera se fue a la pileta a lavar un plato que ya estaba limpio.

Las sombras subieron la escalera corriendo. _No. No. No. Ahora va a enseñarle espada. Al nene. Con el tenedor. Después con qué sigue. ¿Con la de verdad? ¿Y si nos toca a nosotras? Nosotras no sabemos finta. Nosotras sabemos esquina y susto. Estamos perdidas._

Elías volvió al panqueque. Comía y leía a la vez, una línea, un bocado. "En el libro dice que el Corsario tenía un jardín secreto en su isla", dijo con la boca llena. "Con plantas de todo el mundo. Porque viajaba y traía semillas."

Felix no contestó. Se paró. Fue hasta la ventana. Miró el mandarino. Después miró los otros tres árboles. Después los canteros con caléndulas.

"Este no es secreto", dijo. "Pero tiene de cuatro. Limón, naranja, durazno y mandarina. De todo el mundo."

Elías dejó el tenedor. Se paró al lado de Felix en la ventana. No dijo nada. Solo miró el jardín. Los dos, parados, mirando las mismas plantas. Uno de metro noventa, el otro de metro veinte. Los dos serios. Los dos contando mandarinas.

Cabrera les sacó una foto con el celular viejo. Sin flash. Para no molestar.

"Terminen de comer", dijo. "Los panqueques se enfrían. Y después hay que regar. Si no se mueren."

"Yo riego", dijo Elías, volviendo a la mesa corriendo. "Yo sé regar. Mi mamá me enseñaba. Poco en la hoja, mucho en la raíz. Si no se ahogan."

Felix se sentó. Lo miró. "Sabés de plantas."

"Sí."

"Y de libros."

"Sí."

"Y no tocás las mandarinas verdes."

"No. Palabra."

Felix asintió. Agarró su panqueque. Le dio un mordisco. "Está bien", dijo. "Entonces podés quedar."

No dijo "por ahora". No dijo "vemos". Dijo "podés quedar".

Elías se atragantó con la leche. Cabrera le dio palmadas en la espalda. Newt le pasó una servilleta. Las sombras, desde arriba, lloraron en silencio. _Ya está. Perdimos. Ahora hay un nene y hay panqueques y hay finta y fondo. Nos vamos a tener que mudar al sótano._.

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peranauta
esto es de lo mejorcito que he leído por acá
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