Una noche en Berlín lo cambió todo.
Tania, vendida por su propia familia a un viejo repugnante, logra escapar de la habitación de hotel, solo para caer en otra trampa: la suite de un desconocido que también ha sido drogado. Ambos son víctimas; ninguno de los dos recuerda lo que ocurrió.
Siete años después, Tania vive como madre soltera de dos gemelos extraordinarios: Renzo, un niño de mirada helada y mente implacable, y Renzi, un pequeño hacker prodigio con el corazón más grande del mundo. Juntos son su razón de vivir, su secreto más peligroso y la prueba viva de aquella noche que juró olvidar.
Pero los secretos no permanecen enterrados para siempre.
Alex Roman Vasillo —heredero de la familia mafiosa más temida de Europa, el hombre de aquella noche— descubre la existencia de los gemelos. Y un Vasillo jamás deja que le arrebaten lo que es suyo.
Lo que comienza como una guerra por la custodia se transforma en un matrimonio forzado, una alianza imposible y, poco a poco, en algo que ninguno de los dos esperaba: un amor real nacido del caos. Pero el pasado tiene garras. Enemigos antiguos, traiciones familiares y una venganza que lleva décadas gestándose amenazan con destruir todo lo que Tania y Alex intentan construir.
En esta historia donde la mafia se encuentra con la maternidad, donde dos niños genios superan a ejércitos de adultos y donde el amor más oscuro puede ser también el más verdadero, solo una pregunta importa: ¿podrán los herederos secretos de los Vasillo sobrevivir a la guerra que su propia existencia desató?
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Episodio 4
Habían pasado siete años.
El tiempo nunca borra del todo las heridas, pero enseña a sobrevivir.
En una tranquila ciudad del país, Tania llevaba una vida muy diferente a la que había tenido en Berlín. Vivía con su abuelo, la única familia que la había aceptado sin condiciones.
La casa era sencilla, no era grande. No era lujosa, pero sí cálida. Y en esa casa crecían dos pequeñas vidas.
Dos niños gemelos, Renzo y Renzi. Eran el secreto más grande de Tania. Un secreto que había protegido con todas sus fuerzas durante los últimos siete años.
Renzo nació primero, unos minutos antes, con un llanto fuerte como si desafiara al mundo. Renzi, en cambio, nació más tranquilo y algo callado, pero sus ojos se abrieron de par en par, como si desde el primer día estuviera observando todo.
Ahora, a sus seis años, ambos habían crecido muy por encima de los niños de su edad.
Renzo poseía una capacidad verbal extraordinaria. Era capaz de construir oraciones con precisión y cálculo. La manera en que miraba a su interlocutor, la forma en que armaba sus argumentos, incluso su leve sonrisa cuando lograba convencer a alguien, era demasiado madura para un niño de su edad. Muchos adultos salían perdiendo cuando debatían con él.
Renzi, en cambio, era diferente.
Era más callado, observaba más de lo que hablaba. Sin embargo, detrás de su calma, su mente trabajaba sin descanso.
A sus seis años ya era capaz de vulnerar sistemas de seguridad básicos, con la vieja laptop de su abuelo. No era por hacer daño, sino por curiosidad. Estudiaba los patrones, los sistemas y algunos códigos.
Tania a menudo se quedaba inmóvil mirando a sus dos hijos mientras dormían. Sus rostros se parecían demasiado a alguien que ella intentaba olvidar, aunque aquella noche era claro que no había podido ver bien el rostro del hombre.
La línea firme de la mandíbula de Renzo. La mirada penetrante de Renzi cuando se ponía serio. Cada día, siempre aparecía la misma pregunta.
—Mamá…
—¿Dónde está papá?
Renzo solía preguntar con tono directo. Renzi solo miraba, pero la pregunta estaba claramente en sus ojos.
Tania siempre se quedaba en silencio; nunca sabía qué responder. ¿Cómo podría explicarles que el padre de ellos era un hombre desconocido cuyo nombre ni siquiera conocía? Que aquella noche oscura era el origen de su existencia. Sin embargo, entre todo ese dolor, había algo de lo que jamás se arrepintió.
Sus hijos. No eran un error. Eran la razón por la que seguía adelante.
Una tarde, Renzo se plantó ante Tania con las manos en la cintura.
—Si papá es un hombre poderoso —dijo en serio—, yo seguro heredé algo de él.
Renzi, que estaba sentado en el suelo sin apartar la vista de la pantalla de su laptop, añadió en voz baja:
—Y él seguro nos está buscando. —Esas palabras hicieron que el corazón de Tania palpitara de forma extraña.
Ella sonrió levemente, tratando de tranquilizarse.
—El papá de ustedes… —su voz era suave—, no es parte de nuestra vida, cariño.
Si algún día ese hombre llegara a saber de la existencia de dos hijos geniales con su sangre corriendo por las venas, el mundo que ella había construido con tanto esfuerzo se desmoronaría en un instante.
A la mañana siguiente.
La luz del sol entraba por la ventana de la sencilla sala de estar, iluminando el rostro de Tania, que estaba de pie frente a sus dos hijos.
—Hoy mamá tiene una entrevista para un nuevo trabajo —dijo con suavidad mientras le acomodaba el pelo a Renzo—. Pidan que a mamá le vaya bien, ¿sí?
Renzo asintió de inmediato con total confianza.
—Si el que entrevista es inteligente, seguro aceptan a mamá.
Renzi, que estaba sentado tranquilamente en el sofá, levantó la vista un momento.
—Ya revisé el perfil de esa empresa anoche. Su sistema de seguridad es débil. Te necesitan, mamá.
Tania soltó una pequeña carcajada, aunque en su interior persistía un dolor que nunca desaparecía del todo. Ella era la mejor egresada de la carrera de Informática en Berlín. Su mente era aguda, su lógica sólida, y su capacidad estaba muy por encima de la de otros estudiantes. Sin embargo, todas sus calificaciones se las había arrebatado Merlin, la hija de su tío y su tía, quienes usaron sus contactos y dinero para apropiarse del trabajo duro de Tania. El nombre en ese diploma ya no era el suyo.
Aquí, tuvo que empezar desde cero. Sin diploma oficial, sin historial académico verificable. Trabajó en lo que se presentara: reparar pequeños sistemas, crear programas sencillos, incluso ser técnica freelance con una paga muy modesta.
Hasta que finalmente su abuelo tomó una decisión arriesgada. Con la ayuda de un viejo conocido, tramitó un diploma de reemplazo. Pero la capacidad de Tania no era ninguna mentira. Era capaz de responder por cada cifra, cada proyecto, cada línea de código que había escrito. Su mente siempre había sido excepcional, incluso desde pequeña.
Ahora llegaba una nueva oportunidad.
Una empresa de tecnología local abría una vacante para el puesto de analista de sistemas de seguridad, y Tania sabía que podía.
Miró hacia la silla de madera en el rincón de la habitación. Su abuelo estaba sentado allí, su cuerpo más delgado que en años anteriores. El cabello completamente blanco, la respiración a veces entrecortada, y sus pasos ya no eran firmes. Pero su mirada seguía siendo cálida.
—Tú puedes, Tania —dijo el hombre de setenta años en voz baja. Tania se arrodilló un momento ante él y tomó aquellas manos arrugadas.
—Pide por mí, abuelo.
—Mientras seas honesta con tus capacidades, el mundo abrirá un camino.
Tania sonrió, aunque sabía que el mundo nunca había sido verdaderamente justo con ella.
En la cocina, doña Mirna, la leal empleada que había ayudado a esa familia durante muchos años, salió llevando un vaso de agua tibia para el abuelo.
—Tranquila, señorita. Yo cuido a los niños.
Tania asintió llena de gratitud.
Al otro lado de la ciudad, el rugido del motor de un avión privado rompió el cielo despejado del mediodía. Las ruedas de hierro tocaron la pista con suavidad.
Un exclusivo jet negro se detuvo lentamente en el área especial del aeropuerto internacional. Poco después, una fila de hombres de traje negro estaba formada al pie de la escalerilla. Sus cuerpos, erguidos. Sus rostros, neutros; sus miradas, alertas.
Cuando la puerta del avión se abrió, una figura apareció en el umbral.
Unos lentes oscuros cubrían su mirada. Su mandíbula era firme, casi sin expresión. Era alto y fornido, enfundado en un costoso traje negro que caía a la perfección sobre sus hombros.
Habían pasado siete años. Pero el tiempo no había desgastado la fuerza de ese hombre; al contrario, la había afilado.
Alex Roman Vasillo. El único heredero de la familia mafiosa más temida de Alemania. Se detuvo un momento en lo alto de la escalerilla, contemplando la ciudad que se extendía ante él. Esta era ahora el objetivo de su expansión empresarial. Y sin que nadie lo supiera, también guardaba el secreto más grande de su vida.
Durante los últimos siete años, aquella noche no había desaparecido del todo de su memoria. Un rostro difuso, unos ojos borrosos bajo el efecto de alguna sustancia.
Un llanto apenas perceptible. Desde aquella noche no había vuelto a permitir que ninguna mujer lo tocara. No por amor, no por arrepentimiento. Sino por algo que no sabía cómo explicar.
Alex comenzó a bajar los escalones uno a uno. Sus zapatos de cuero negro tocaban cada peldaño con pasos tranquilos pero llenos de autoridad. Al llegar abajo, los hombres de traje negro hicieron una reverencia respetuosa.
Mario se acercó de inmediato.
—El auto está listo, señor.
Alex asintió brevemente.
—¿El hospital está preparado? —preguntó con frialdad.
—Sí, señor. El director principal aguarda su llegada.
—¿Primero vamos a la oficina?
—Como guste, señor. Podemos aplazar la reunión en el hospital y comenzar primero con la reunión en la empresa.
Alex solo asintió sin decir nada más.
La expansión del negocio de la familia Vasillo en Asia comenzaba por el sector médico, una fachada limpia para un flujo de dinero que no siempre era limpio. Alex caminó hacia el largo automóvil negro que lo esperaba. Le abrieron la puerta. Antes de entrar, se quitó los lentes oscuros por un momento y observó el entorno con una mirada llena de cautela.