En una gala impecable, donde todo está cuidadosamente controlado, Amalia Vélez observa en silencio desde el anonimato, como siempre: presente, pero invisible.
Todo transcurre según lo planeado... hasta que él aparece.
Vladímir Alekséi Morán.
Su presencia no altera el ambiente de forma evidente, pero sí lo tensiona. Es un hombre que no necesita moverse ni hablar para dominar el espacio. Y cuando sus miradas se cruzan, no hay sorpresa ni curiosidad... sino reconocimiento.
Un instante silencioso, cargado de peligro.
Ella se aparta primero, como dicta su mundo. Pero sabe que él no es un hombre cualquiera... y que esa noche no terminará igual.
Desde la perspectiva de Vlad, ella no debería ser distinta al resto. Una mujer más, elegante pero irrelevante. Sin embargo, algo en ella no encaja: no busca atención, no reacciona, no quiere nada de él.
Y eso la vuelve imposible de ignorar.
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22_Ritmo
El club no era ruido.
Era control disfrazado de caos.
Luces cálidas.
Sombras calculadas.
Música que no se escuchaba…
se sentía.
Y en el centro—
ellas.
Amalia y Elena.
El tintinear del caderín marcaba cada movimiento.
Cada giro.
Cada pausa.
Pero no todas bailaban igual.
Nunca.
Elena era fuego.
Impulsiva.
Libre.
Su cuerpo seguía el ritmo como si lo desafiara.
Como si no le debiera nada a nadie.
Como si esa noche…
fuera suya.
Y lo era.
Amalia, en cambio…
era precisión.
Cada movimiento tenía intención.
Cada gesto…
significado.
No se perdía en la música.
La dominaba.
Desde la zona privada—
dos miradas no se movían.
Vladímir Alekséi Morán.
Y a su lado,
Serguéi Morozov.
—Esto ya es otro nivel… —murmuró Serguéi, sin disimular su interés por Elena.
Vlad no respondió.
Porque Amalia acababa de girar.
Lento.
Controlado.
El caderín sonó.
Su vestido negro se ajustó al movimiento.
Y entonces—
levantó la mirada.
Directo a él.
No fue largo.
No fue evidente.
Pero fue suficiente.
—Te está provocando —añadió Serguéi.
Vlad dio un leve sorbo a su bebida.
—Lo sé.
Pausa.
Su voz baja.
Peligrosa.
—Y lo está haciendo bien.
La música cambió ligeramente.
Más intensa.
Más marcada.
Y la dinámica se volvió más clara.
Las mujeres bailaban.
Los hombres observaban.
Pero no todos miraban igual.
Algunos admiraban.
Otros deseaban.
Pocos entendían.
Vlad entendía.
Y eso era lo que lo hacía más peligroso.
Amalia dio un paso.
Luego otro.
Sus caderas siguieron el ritmo.
Su cuerpo fluía.
Pero su atención…
no estaba en la pista.
Estaba en él.
Porque no bailaba para el lugar.
Bailaba para una mirada.
Y esa mirada—
no se apartaba.
Elena rió suavemente mientras giraba cerca de Amalia.
—Ese de allá no te quita los ojos de encima —murmuró.
Amalia no respondió.
Pero una leve sonrisa apareció.
—Lo sé.
Serguéi se inclinó hacia adelante.
Interesado.
—La de rojo es mía.
Vlad no lo miró.
—Inténtalo.
Serguéi sonrió.
—Siempre lo hago.
En la pista—
la música alcanzó su punto más alto.
Y entonces—
Amalia hizo algo distinto.
Un movimiento más lento.
Más marcado.
Más… deliberado.
Y luego—
se detuvo.
El ritmo siguió.
Pero ella no.
Solo un segundo.
Nada más.
Pero suficiente.
Y en ese instante—
giró el rostro.
Directo hacia Vlad.
Sostuvo la mirada.
Sin sonreír.
Sin disimular.
Un desafío.
Claro.
Directo.
Y Vlad entendió.
Perfectamente.
Dejó la copa.
Sin prisa.
Se puso de pie.
Serguéi lo miró de reojo.
—Ahí va…
Pero Vlad ya no estaba escuchando.
Ya no estaba observando.
Ahora—
se estaba moviendo.
Directo hacia ella.
Porque esta vez—
no pensaba quedarse mirando.
Vladímir avanzó lentamente.
Sin prisa.
Sin apartar la mirada de ella.
La multitud seguía moviéndose alrededor.
La música seguía viva.
Pero para ambos—
todo lo demás desapareció.
Amalia permaneció quieta.
Elegante.
Con la respiración perfectamente controlada.
Sus ojos nunca dejaron los de él.
Ni un segundo.
Y Vlad…
la miraba como lo que era.
Su presa favorita.
Su hermosa ratoncita.
Había algo peligroso en esa mirada.
Algo oscuro.
Poseído.
Pero también—
devoción.
Una que ni él mismo intentaba ocultar ya.
Amalia sonrió apenas.
Astuta.
Satisfecha.
Porque en el fondo—
se felicitaba a sí misma.
Lo había logrado.
Cada jugada.
Cada estrategia.
Cada provocación medida.
Todo la había llevado ahí.
A ese instante.
A tener frente a ella a un hombre como Vladímir Alekséi Morán…
deseándola al punto de protegerla incluso de aquello que ella podía destruir sola.
Y eso—
era poder.
Pero también adicción.
Porque Amalia sabía defenderse.
Mejor que muchos.
Tal vez mejor que él.
Y Vlad lo sabía.
Claro que lo sabía.
Sabía que aquella mujer vestida de negro no necesitaba salvación.
No necesitaba un héroe.
No necesitaba protección.
Y aun así—
la protegería del mundo entero si fuera necesario.
Porque ya era tarde para él.
Demasiado tarde.
Ella estaba en su cabeza.
En su instinto.
En su obsesión.
Y Vladímir Alekséi Morán no hacía las cosas a medias.
Nunca.
Sus ojos recorrieron lentamente el rostro de Amalia.
Cada detalle.
Cada gesto.
Como si quisiera memorizarla otra vez.
Como si temiera que desapareciera de nuevo entre sombras.
Porque ella era exactamente eso.
Un error imposible de controlar.
El único que él no quería corregir.
Vlad se detuvo frente a ella.
Demasiado cerca.
El aire entre ambos se volvió pesado.
Caliente.
Peligroso.
Amalia alzó apenas el rostro.
Manteniendo el control.
Aunque por dentro—
ese hombre le provocaba algo distinto.
Algo que no aparecía con facilidad.
Porque Vlad no era solo peligroso.
Era adictivo.
Y ella lo sabía desde el inicio.
Desde la primera jugada.
Desde el primer movimiento en aquel tablero invisible que ambos comenzaron a construir sin darse cuenta.
Lo confirmó cuando cruzaron miradas por primera vez.
Y volvió a confirmarlo ahora.
Aquí.
Con él frente a ella.
Tan cerca.
Tan consciente de ella.
Tan condenado como ella misma.
Porque Vladímir también entendía algo.
Ella era fuego.
Pero no un fuego escandaloso.
No uno que destruyera todo a su paso sin pensar.
No.
Amalia era un fuego elegante.
Silencioso.
Uno que solo quemaba a quien lo merecía.
Uno que sabía esperar.
Uno que parecía frío…
hasta que decidía arder.
Y cuando lo hacía—
solo él lograba soportarlo.
Solo él lograba acercarse sin consumirse por completo.
La música seguía.
Pero ninguno la escuchaba ya.
Porque el verdadero peligro no estaba en el club.
Estaba ahí.
Entre ellos.
En esa tensión insoportable.
En esa obsesión mutua que crecía cada vez más.
Y ambos lo sabían.
Perfectamente.
Vladímir levantó lentamente una mano.
Sin apartar los ojos de ella.
Sus dedos rozaron el rostro de Amalia con una suavidad peligrosa.
Como si tocara algo valioso.
Algo que podía desaparecer si era demasiado brusco.
Amalia se quedó quieta.
Y eso—
ya era extraño.
Porque ella no permitía cercanía con facilidad.
No permitía vulnerabilidad.
No permitía que nadie atravesara sus muros.
Pero ese hombre…
tenía algo que volvía inútiles algunas defensas.
Sus ojos permanecieron fijos en los de él.
Oscuros.
Brillantes bajo las luces cálidas del club.
Y entonces—
sus labios se movieron apenas.
—Vladímir… —susurró.
Su voz suave llegó directo a él.
Como fuego lento.
Los ojos de Vlad se oscurecieron todavía más.
Y entonces habló.
En ruso.
—Моя мышка… что, по-твоему, ты делаешь?
Меня провоцируешь. Подпускаешь.
И даже смеешь мне отвечать…
Mi ratoncita… ¿qué crees que haces?
Me provocas. Me dejas acercarme.
E incluso eres respondona…
Una sonrisa lenta apareció en el rostro de Vlad mientras lo decía.
Oscura.
Hermosa.
Peligrosa.
Amalia sostuvo su mirada.
Sin retroceder.
Y respondió también en ruso.
—И всё равно ты приходишь ко мне.
Y aun con todo eso… llegas a mí.
El silencio entre ambos se volvió insoportable.
Pesado.
Íntimo.
Como si el resto del club hubiera desaparecido.
Vlad inclinó apenas el rostro hacia ella.
Tan cerca—
que Amalia sintió el calor de su respiración.
Y entonces—
él habló otra vez.
En ruso.
Más grave.
Más profundo.
—Я пойду в ад и вернусь ради тебя.
Отдам тебе свою империю, если ты этого захочешь.
Отдам тебе свою жизнь.
Pausa.
Sus ojos no dejaron los de ella.
—Я не обещаю любовь.
Это слишком маленькое слово для того, что я чувствую.
Iré al infierno y regresaré por ti.
Te entregaré mi imperio si eso deseas.
Te daré mi vida.
Pausa.
—No te prometo amor.
Es una palabra demasiado pequeña para lo que siento.*
Su mano descendió lentamente hasta rozar el cuello de Amalia.
Con posesión.
Con devoción.
Con peligro.
—Но обещаю тебе другое…
Ты всегда будешь моей одержимостью.
Всегда будешь моей.
Pero te prometo otra cosa…
Siempre serás mi obsesión.
Siempre serás mía.
Los ojos de Vlad se afilaron apenas.
—Даже если не хочешь этого.
Даже если сейчас откажешься.
Incluso cuando no lo quieras.
Incluso si te niegas ahora mismo.
Pausa.
Y entonces—
sus labios casi rozaron los de ella al susurrar:
—У тебя нет выхода, мышка.
С того момента, как я вошёл в твою игру…
ты уже принадлежишь мне.
No tienes salida, ratoncita.
Desde el momento en que entré en tu juego…
ya eres mía.
Silencio.
Solo respiraciones.
Solo tensión.
Y finalmente—
una última promesa.
Grave.
Absoluta.
—И я докажу тебе это действиями.
Y eso te lo demostraré con acciones.
Las palabras de Vlad removieron algo dentro de Amalia.
Algo que rara vez permitía salir.
Pero aun así—
sonrió.
Lentamente.
Con esa elegancia peligrosa que solo ella tenía.
Y respondió en español.
Su voz baja.
Casi una burla suave.
—Te equivocas, gatito…
Sus ojos brillaron apenas mientras lo miraba.
Directo.
Sin miedo.
Sin temblar.
—Tú fuiste el primero en ser mío…
Pausa.
Y entonces—
susurró lo último.
Solo para él.
—Incluso antes del juego.
Y esa frase—
por primera vez en mucho tiempo—
logró que Vladímir Alekséi Morán se quedara completamente inmóvil.