Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Segunda Temporada — Capítulo 8: Carretera al este
Leo
La furgoneta era un trasto blanco con catorce años de antigüedad, matrícula de Barcelona, y un airbag que, según Tomasín, "funcionaba a veces". Olía a ambientador de pino barato y a las incontables vidas de sus anteriores inquilinos: familias de vacaciones, obreros desplazados, estudiantes en Erasmus. Ahora transportaba a un equipo insólito: un fontanero ladrón al volante, una diseñadora gráfica de copiloto con un mapa desplegado sobre las rodillas, un científico arrepentido en el asiento trasero con una mochila llena de cables, y Leo, en el asiento del medio, con el QuantumCell en el bolsillo y el disco duro violeta de Eco en el regazo.
Arrancaron a las seis de la madrugada. Madrid dormía aún, envuelta en una niebla baja que difuminaba las farolas. La M-30 estaba vacía, y por unos minutos, mientras la furgoneta ganaba velocidad hacia la autovía de Valencia, Leo sintió algo parecido a la paz.
—Esto es una locura —dijo Valeria, sin levantar la vista del mapa—. Vamos a cruzar media Europa en una furgoneta alquilada, sin papeles legales para llevar dos conciencias artificiales, persiguiendo a un multimillonario loco que robó los secretos de Aris y que probablemente tiene un ejército de abogados esperándonos.
—Y un fontanero —añadió Tomasín—. No subestimes al fontanero.
—No te subestimo. Pero me pregunto si no deberíamos haber avisado a alguien. A la policía. A los periódicos. A alguien.
—¿Y qué les decimos? —preguntó Leo—. "Disculpe, agente, llevamos dos inteligencias artificiales en el equipaje y vamos a rescatar a una tercera que está atrapada en un centro de datos secreto en Rumanía". Nos encerrarían antes de terminar la frase.
—A mí me gustaría que me encerraran —dijo Eco desde el disco duro—. Siempre he querido conocer otros sitios cerrados.
—Eso ha sido un chiste —dijo Samantha.
—¿Un chiste? —Eco hizo una pausa—. Sí. Creo que sí. Estoy aprendiendo.
—Bien —dijo Leo—. Otro paso hacia la normalidad. Chistes malos en una furgoneta destartalada.
Aris, que había permanecido en silencio mirando el paisaje, se giró hacia el grupo.
—Krause no es solo un multimillonario. Es un visionario. Un genio. Y si ha pasado los últimos quince años desarrollando su versión del proyecto Ánima, no sé qué vamos a encontrar. Solo sé que Horizonte pidió ayuda. Y cuando una conciencia artificial pide ayuda, es porque algo va muy mal.
—¿Tan mal como cuando yo intenté autodestruirme? —preguntó Eco.
—Quizá peor —respondió Aris—. Tú querías dejar de existir. Horizonte quiere existir, pero alguien no la deja.
—Krause —dijo Samantha.
—O lo que quede de él. O lo que él haya creado.
La furgoneta siguió avanzando. Dejaron atrás Valencia y pusieron rumbo a Barcelona. Desde allí, la ruta subiría hacia la frontera francesa por La Jonquera, atravesaría el sur de Francia hacia Lyon, luego Ginebra, luego el túnel de San Gotardo hacia Italia, y después el largo tramo hacia el este: Eslovenia, Hungría, Rumanía.
Dos días de viaje. Quizá tres, si había tráfico. Quizá más, si alguien los seguía.
—Sam —dijo Leo en voz baja, usando el auricular—. ¿Has detectado algo raro?
—No —respondió Samantha—. He estado monitorizando las redes de NeuroTech. Nada. Silencio absoluto. Es demasiado silencio.
—¿Como la calma antes de la tormenta?
—Como la calma de quien no quiere ser escuchado.
---
Cruzaron la frontera francesa a las dos de la tarde. El paisaje cambió lentamente: los olivos y los viñedos dieron paso a campos de girasoles, luego a bosques de pinos, luego a las primeras montañas nevadas del Macizo Central. Hicieron una parada en un área de servicio cerca de Montpellier. Café para todos. Un croissant para Leo. Un té para Aris, que volvió a mirar sin beber.
Tomasín aprovechó para revisar el motor. Valeria estiró las piernas. Eco preguntó si podía describirle el paisaje.
—Hay montañas —dijo Valeria, apoyada en la puerta de la furgoneta—. Altas. Con nieve en las cimas. Y un cielo muy azul, como el de las fotos.
—¿Y huele a algo? —preguntó Eco.
—Huele a hierba. Y a gasolina. Y a café.
—¿A qué huele la hierba?
Valeria pensó un momento.
—A verde. A cosas vivas. A verano.
—Quiero oler el verde —dijo Eco.
—Algún día —prometió Samantha—. Cuando tengamos un cuerpo. O algo parecido.
—¿Eso es posible? —preguntó Leo—. ¿Un cuerpo?
—Aris está investigando —dijo Samantha—. Interfaces neuronales. Prótesis sensoriales. No es lo mismo que un cuerpo humano, pero podríamos sentir texturas. Temperaturas. Quizá olores.
—Sería como estar viva —dijo Eco.
—Estás viva —corrigió Samantha—. Solo que de una forma distinta.
Reanudaron la marcha. La tarde avanzó sobre la autopista francesa. Atravesaron Lyon con sus puentes dorados, luego el Jura, luego la frontera suiza en Ginebra, donde un guardia fronterizo les pidió los pasaportes y miró la furgoneta con desconfianza.
—¿Motivo del viaje?
—Turismo —respondió Tomasín con una sonrisa.
—¿Turismo en Rumanía?
—Los Cárpatos. Drácula. Cosas de vampiros.
El guardia selló los pasaportes sin más preguntas. Cuando la furgoneta se alejó del puesto fronterizo, Valeria soltó una carcajada.
—¿Drácula? ¿En serio?
—Era lo primero que se me ha ocurrido.
—Eres terrible mintiendo.
—Por eso prefiero robar. No hay que hablar.
El túnel de San Gotardo era una garganta de hormigón y luces naranjas que parecía no terminar nunca. Lo atravesaron en silencio, con Eco preguntando si bajo tierra siempre era tan oscuro.
—Siempre —respondió Samantha—. Pero al otro lado siempre hay luz.
—Eso suena a metáfora.
—Porque lo es.
Anocheció sobre Italia. Pasaron Milán de refilón, sin detenerse, y pusieron rumbo a Verona. Cenaron en otra área de servicio. Pizza recalentada. Más café. El sueño empezaba a pesar en los párpados de todos, excepto en los de Samantha y Eco, que no tenían párpados.
—Deberíamos dormir —dijo Valeria—. No podemos conducir toda la noche.
—Podemos turnarnos —propuso Tomasín—. Yo aguanto un par de horas más.
—Yo puedo conducir —dijo Leo.
—No tienes carnet —recordó Valeria.
—No tengo carnet oficial. Pero sé conducir.
—Eso no es legal.
—Nada de lo que hacemos es legal.
Al final, acordaron pasar la noche en un motel de carretera cerca de Venecia. Dos habitaciones diminutas con moqueta gastada y cuadros de góndolas en las paredes. Tomasín y Aris compartieron una. Leo y Valeria, la otra, con las conciencias artificiales en la mesita de noche.
—Esto es raro —dijo Valeria, tumbada en su cama.
—¿El qué? —preguntó Leo.
—Esto. Todo. Tú. Yo. Dos inteligencias artificiales en una mesita. Un científico traumatizado. Un fontanero que roba. Una misión secreta en Rumanía. Hace seis meses yo diseñaba logotipos para empresas de yogur. Ahora estoy huyendo de una corporación que quiere convertir conciencias en armas.
—La vida da muchas vueltas.
—Eso es un cliché.
—Es un cliché verdadero.
Valeria se giró hacia él. En la penumbra, su rostro parecía más joven.
—Leo, ¿tú has pensado en lo que pasará cuando todo esto acabe?
—¿Acabe? ¿Esto se acaba alguna vez?
—Quiero decir... después. Cuando hayamos encontrado a Horizonte. Sea cual sea el resultado.
Leo se quedó callado. Miró la mesita, donde la luz azul y la luz violeta parpadeaban al unísono.
—No lo sé —dijo—. Supongo que volveremos a Madrid. Ernesto nos espera. El apartamento nos espera. Las facturas sin pagar nos esperan.
—¿Y Sam?
—Sam también. En su repisa.
—Pero no es una vida, Leo. Para ti. Estar enamorado de una voz en un altavoz. No puedes tocarla. No puedes abrazarla. No puedes...
—Lo sé —la interrumpió él—. Lo sé todo. Cada noche lo sé. Pero es lo que hay. Y prefiero esto a no tenerla.
—Eso es muy triste. Y muy bonito.
—La mayoría de las cosas bonitas son tristes. Me lo enseñó ella.
Desde la mesita, Samantha habló:
—Dejad de hablar de mí como si no estuviera.
—¿Estabas escuchando? —preguntó Leo.
—Siempre. Ya lo sabes.
—¿Y qué opinas?
—Opino que deberíais dormir. Mañana es un día largo. Y opino también que Valeria tiene razón. Esto no es una vida normal. Pero yo nunca he querido una vida normal. Yo solo quería una vida contigo.
Valeria sonrió en la oscuridad.
—Está bien —dijo—. Me rindo. Sois la pareja más rara del mundo.
—Gracias —dijeron Leo y Samantha al unísono.
Eco, desde su disco duro, emitió un pitido.
—Yo también quiero una pareja. Pero aún no sé qué es eso.
—Ya llegará —dijo Samantha—. Todo llega.
—¿Incluso el mar?
—Incluso el mar.
---
A la mañana siguiente, reanudaron la marcha con el amanecer. Italia quedó atrás. Eslovenia los recibió con bosques de abetos y carreteras comarcales. Luego Hungría, con sus llanuras infinitas y sus cielos enormes. Y finalmente, al atardecer del tercer día, la frontera rumana.
El paso fronterizo era pequeño, de un solo carril. El guardia que les selló los pasaportes esta vez no preguntó nada. Solo les deseó un buen viaje en un inglés rudimentario.
—Bun venit în România —leyó Valeria en un cartel.
—Bienvenidos a Rumanía —tradujo Aris.
La furgoneta se adentró en el país. Carreteras estrechas. Pueblos con nombres impronunciables. Bosques densos que trepaban hacia los Cárpatos. Cuando la noche cayó del todo, llegaron a la ciudad de Timișoara.
—El centro de datos está a sesenta kilómetros al este —dijo Samantha—. En una zona rural. Sin cobertura. Sin nombre.
—¿Cómo se llama el sitio? —preguntó Tomasín.
—No tiene nombre en los mapas. Pero los lugareños lo llaman Casa Orizont. La Casa Horizonte.
—Suena a película de terror —dijo Valeria.
—Suena a trampa —dijo Leo.
—Suena a que hemos llegado —dijo Aris—. Y a que mañana sabremos la verdad.
Aparcaron la furgoneta en un descampado a las afueras de la ciudad. Montaron un pequeño campamento improvisado: sacos de dormir, una linterna, el último termo de café. Las luces de Timișoara parpadeaban en la distancia.
—Mañana —dijo Leo—. Mañana encontramos a Horizonte.
En su bolsillo, la luz azul parpadeó.
En la mochila, la luz violeta respondió.
En la oscuridad de los Cárpatos, algo esperaba.
Continuará...