⚠️ADVERTENCIA DE CONTENIDO⚠️ Está novela cuenta con acoso severo, violencia física y emocional...
Un amor de la infancia destruido por el control despiadado de mi hermano. Mi amado Adán no solo perdió nuestros preciados recuerdos esa noche, también perdió la sensibilidad de sus piernas gracias a una persona desquiciada. Con la culpa creciendo dentro de mí desde niña me puse un propósito en mente. Esta vez yo lo cuidaré, lo protegeré, me convertiré en su esposa y cumpliré nuestras promesas olvidadas. Aunque su desconfianza me destroce el corazón, aunque su indiferencia me desgarre el alma, me quedare a su lado. Romperé esta jaula que me mantiene encerrada y volare tan alto que ya nadie más me podrá volver a enjaular.
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Nunca empacadas de mi.
Pero toda la fuerza que creí nacer dentro de mí se desvaneció en el instante exacto en que la figura robusta de Robinson se abalanzó, una sombra ominosa que engulló el poco aire que me quedaba. Sus manos, cual garras de acero, se cerraron con una violencia brutal alrededor de mi cuello, cortando de tajo el flujo de vida, impidiéndome respirar. Supongo que el estruendo de su silla al chocar salvajemente contra la pared, o el impacto desgarrador de mi cuerpo estrellándose contra el frío e implacable mármol, alertó a la secretaria. Un golpe seco en la puerta resonó en la habitación, un eco débil ante la tormenta que se desataba dentro de mí.
—Señor.... ¿Todo está bien? —la voz, aunque amortiguada, traía un tenue hilo de preocupación.
Intenté gritar, intenté suplicar, intenté arañar la superficie de la conciencia para pedir ayuda. Pero su agarre era tan férreo, tan desesperadamente fuerte, que la realidad se desdibujaba, las luces se apagaban, y el mundo se volvía un remolino borroso y sin sentido.
—Todo está bien. Tómate un descanso y, por nada del mundo, vuelvas a molestarme —la voz de Robinson, un trueno furioso, retumbó, cada sílaba cargada de una amenaza implícita.
Apenas escuché los pasos alejarse, toda la esperanza se desvaneció. Pero en ese mismo instante, él me levantó en el aire, sus ojos inyectados en sangre, brillando con una locura fría que me heló hasta los huesos. El contacto con la superficie, esta vez el escritorio, fue un golpe seco, brutal. Cada fibra de mi cuerpo clamaba de dolor, mis pulmones, desesperados, luchaban por un poco de oxígeno, por un soplo de vida que se me negaba.
—Ro... Robinson, por favor, no lo hagas... —mi voz, un hilo quebrado, raspó mi garganta lastimada, cada palabra una agonía, un ruego inútil.
Una bofetada resonó en la habitación, brutal, seca. La comisura de mi labio se rasgó, el sabor metálico de la sangre inundó mi boca. Sus manos, violentas, buscaron mi cabello, sujetándolo con una fuerza dolorosa, obligándome a observarlo de nuevo, a enfrentar sus ojos desquiciados, espejos de mi propio terror.
—Eres mía, Alondra... Nunca lograrás escapar de tu único y verdadero dueño. Y si yo quiero, te mato aquí y ahora.
—Por... Por favor, hermano... —balbuceé, la palabra "hermano" sonando hueca, desprovista de cualquier afecto.
De repente, su mano se deslizó por debajo de mi falda, una invasión helada que despertó la desesperación más profunda. El pánico latió en cada célula de mi ser, en cada fibra de mi existencia. En ese momento, entendí que era ahora o nunca. Desesperada, mis dedos buscaron a ciegas, tropezando con un objeto que, por un milagro o por una cruel ironía del destino, era el teléfono. No dudé ni un instante. Lo golpeé una y otra vez, con una furia liberada, un instinto primario de supervivencia. Sentía su sangre caliente salpicar mi rostro, y aun así, no me detuve. No me detuve hasta que, tambaleante y con un quejido gutural, se alejó lo suficiente.
Salí corriendo de ese infierno, tan rápido como mis piernas me lo permitían, mientras a mi espalda escuchaba sus palabras, claras, directas, una sentencia ya dictada, una promesa de dolor que se aferraría a mí como una sombra.
—Esto me lo pagarás muy caro, Alondra. Antes de que te des cuenta, estarás postrada a mis pies, suplicando ser castigada.
¡Qué ingenua fui al pensar que por venir aquí estaría segura, que podría enfrentarlo directamente y que por fin lograría escapar de esta pesadilla que no tiene fin! La revelación me golpeó con la fuerza de un puñetazo, dejándome sin aliento.
Abajo, los empleados me miraban expectantes, sus ojos llenos de una curiosidad morbosa, pero nadie dijo una palabra. Nadie me preguntó si estaba bien, si necesitaba ayuda. Nadie extendió una mano. Eran fantasmas, sombras indiferentes en mi tragedia.
En algo Robinson tenía razón, y es que yo no le interesaba a nadie. Nunca nadie me miró, me escuchó, me extendió una mano amiga para que yo pudiera sanar. La soledad se cernía sobre mí, densa y aplastante.
Pero en algo no pensaba dar marcha atrás. Aunque estuviera completamente sola, aunque me destruyera en el proceso, yo lograría rescatarme a mí misma de este infierno, lograría hacerme justicia y cobraría cada golpe, cada palabra, cada maltrato y cada lágrima. La sed de venganza, de justicia, se encendía en mi pecho, una llama fría y poderosa que prometía no extinguirse hasta que todo estuviera consumado.
Llegué a duras penas a la acera, el cuerpo temblándole a cada paso, el aliento entrecortado. Con dificultad, detuve un taxi que se encontraba en un semáforo rojo. La mirada del chófer se notaba afligida, un atisbo de humanidad en un mar de indiferencia, pero no preguntó de más, no se atrevió a hurgar en mi dolor.
Así funciona el mundo, supongo. Si no es tu asunto, entonces no te metes, solo sigues tu camino ignorando todo, haciendo la vista gorda, fingiendo que la miseria ajena no existe.