Valentina Ríos, una joven endeudada y desesperada por salvar a su madre enferma, acepta un contrato con el poderoso y frío empresario Adrián Solano. Él pagará todas sus deudas, pero a cambio ella deberá vivir durante un año en su residencia bajo estrictas condiciones y reglas que limitan gran parte de su libertad.
Desde el primer encuentro, Adrián deja claro que todo en su mundo tiene un precio y que él controla cada situación. Valentina siente el peso de ese poder desde el momento en que firma el contrato, entendiendo que prácticamente ya no tiene opciones reales.
Al llegar a la residencia Solano, descubre que la mansión funciona casi como una prisión elegante llena de normas, vigilancia y silencios incómodos. Durante la primera cena con Adrián, él demuestra su personalidad fría, dominante y calculadora, mientras ella decide en silencio que no permitirá que la conviertan en alguien dócil o invisible.
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Capítulo 8: El regreso del dueño
El motor se detuvo y el silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Vi a Ricardo bajar del coche; se ajustó el saco y caminó hacia la entrada con una calma que me helaba la sangre. Bianca corrió a abrazarlo, pero yo me quedé clavada en el suelo, escondiendo mis manos agrietadas detrás de la espalda.
—Hola, papá —dijo la niña.
Ricardo le acarició el cabello sin quitarme los ojos de encima. Su mirada me recorría como si estuviera buscando una mancha en un vestido nuevo. Entró a la casa, pasó por mi lado ignorando mi saludo y empezó a caminar por el salón en un silencio sepulcral.
Lo seguí a dos pasos, con el corazón en la garganta. Lo vi pasar su dedo largo por la mesa de mármol que yo había frotado hasta sangrar. Luego se acercó a los ventanales. Se detuvo frente a la cocina y olió el aire.
—Huele a dulce —dijo con esa voz grave que hacía que el aire pesara—. Te dije que la casa debía estar impecable, no que pareciera una cocina de pueblo.
—Bianca quería galletas... yo solo quería que estuviera feliz —susurré, bajando la cabeza.
—¿Te di permiso de hablar? —se giró despacio, con los ojos encendidos.
Me quedé callada de golpe. Él se acercó a mí. Sentí su olor a perfume caro y cigarro. Con un movimiento lento, puso su mano en mi cuello, justo donde tenía las marcas de sus dedos. Apretó lo suficiente para que el dolor me recordara quién mandaba.
—Mírame —ordenó.
Levanté la vista. Él usó su otra mano para tocarme el pómulo morado. No fue suave; presionó su pulgar justo en el centro del golpe que él mismo me había dado. Solté un gemido de dolor y cerré los ojos.
—Veo que todavía estás rota, Anaís —susurró cerca de mi oído—. Pero parece que has tenido tiempo de jugar a las casitas con mi hija.
Se giró hacia Bianca, que nos miraba desde el sofá.
—Dime, pequeña. ¿Se portó bien? ¿Hizo todo lo que debía?
El mundo se detuvo. Recordé la caída de Bianca. Si ella hablaba, yo estaba muerta. La niña miró a su padre y luego a mí.
—Sí, papá. Limpió todo el tiempo. Pero llora mucho cuando no la ves.
Ricardo soltó una risa seca que no tenía nada de gracia. Se volvió hacia mí y me agarró del brazo con una fuerza que me hizo soltar un chillido. Me arrastró hacia las escaleras sin importarle que yo apenas pudiera caminar por el dolor de espalda.
—¿Así que lloras en mi casa? —me dijo mientras me subía a tirones—. Parece que dos días no fueron suficientes para que aprendieras a ser agradecida.
Al llegar a su habitación, me lanzó adentro y cerró la puerta con llave. El sonido del cerrojo fue el fin de mi esperanza. Se quitó el cinturón con una calma que me daba náuseas y lo enrolló en su mano.
—De rodillas —ordenó, señalando el piso frente a él—. Vamos a ver si de verdad aprendiste a servir o si solo estuviste perdiendo el tiempo.
Me arrodillé, temblando, sintiendo cómo el miedo y la humillación me quemaban por dentro mientras él se paraba frente a mí, listo para recordarme que mi vida ya no me pertenecía.
Ricardo se quedó de pie frente a mí, dejando que el silencio de la habitación me asfixiara. Se desabrochó los botones de los puños de su camisa con una lentitud que me hacía querer gritar. Yo seguía de rodillas, con la cabeza baja, viendo sus zapatos negros brillar bajo la luz de la lámpara.
De pronto, sentí su mano en mi cabello. Tiró de él hacia atrás con fuerza, obligándome a mirarlo. Sus ojos estaban fijos en mi pómulo hinchado, recorriendo cada centímetro de mi piel lastimada con un placer oscuro.
—Has mantenido la casa limpia, Anaís —susurró, inclinándose hasta que su aliento rozó mi nariz—. Pero tienes esa mirada... esa mirada de que todavía crees que puedes odiarme.
—No... yo solo hice lo que me pediste —logré decir con la voz temblando.
—Mentira. Lo hiciste por miedo, no por obediencia —Ricardo soltó mi cabello y caminó hacia su mesa de noche. Sacó un pañuelo de seda blanca y regresó hacia mí—. Limpiaste todo, pero Bianca dijo que lloraste. Y en mi casa, tus lágrimas ensucian más que el polvo.
Me tomó de la mandíbula con una presión que me hizo castañear los dientes. Pasó el pañuelo por mis ojos, frotando con brusquedad, como si quisiera borrar cualquier rastro de mi tristeza. El roce de la tela en mi labio partido me hizo soltar un quejido, pero él no se detuvo.
—Si vuelves a llorar delante de mi hija, te encerraré en el sótano y te olvidarás de lo que es ver la luz del sol —me soltó y tiró el pañuelo al suelo, como si fuera basura—. Ahora, demuéstrame que puedes ser útil de verdad.
Se sentó en su sillón de cuero y estiró las piernas, esperando. El drama en sus ojos me decía que la noche apenas comenzaba. Afuera, la mansión estaba en silencio, pero dentro de esa habitación, el aire quemaba. Ricardo se quitó el reloj de oro, lo puso sobre la mesa y me miró con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Tuviste dos días de descanso, Anaís. Espero que hayas guardado fuerzas, porque hoy vas a aprender que ser mía no es un contrato, es una condena.
Se desabrochó el primer botón de la camisa y me señaló que me acercara más. El miedo me paralizó, pero su mirada me recordó que el castigo por no moverme sería mucho peor. Estaba atrapada, rota y a su merced, en una noche que prometía ser más larga y amarga que la anterior.