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ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 — El hombre del puerto

Puerto Sereno tenía pocos secretos.

Los que tenía, los guardaba bien.

Sofía lo notó primero en los ojos de la gente.

Fue un miércoles por la mañana, cuando caminaba hacia el muelle con su café en la mano y su equipo al hombro. Un grupo de pescadores que normalmente la saludaban con gritos y bromas estaban parados en el borde del muelle hablando en voz baja, con esa tensión particular de quien acaba de ver algo que no esperaba.

Siguió caminando.

Y entonces lo vio.

Un yate.

No era el tipo de embarcación que llegaba a Puerto Sereno. Era grande, blanco, de esos que cuestan más de lo que el pueblo entero podría juntar en diez años. Estaba anclado en la bahía con la tranquilidad absoluta de quien sabe que puede estar donde quiere.

—¿De quién es eso? — le preguntó a uno de los pescadores.

El hombre la miró. Luego miró el yate. Luego volvió a mirarla.

—De don Rafael — dijo, y no dijo nada más.

Val apareció en casa de Doña Carmen esa tarde con una expresión que Sofía no le había visto antes.

Seria. Casi incómoda.

Se sentó. Cruzó los brazos. Los descruzó.

—¿Viste el yate? — preguntó.

—Esta mañana. ¿Quién es don Rafael?

Val tardó.

—Rafael Villareal — dijo —. El hombre más rico del puerto. Tiene negocios en Caracas, en Margarita, dicen que hasta en Miami. — Pausa —. Hace veinte años que no pisaba Puerto Sereno.

Sofía dejó su taza sobre la mesa muy despacio.

—Villareal — repitió.

Val la miró fijo.

—Sí.

El silencio entre las dos duró tres segundos exactos.

—¿Andrés sabe? — preguntó Sofía.

—No lo sé. Pero Elena sí sabe. — Val bajó la voz —. Esta mañana la vi entrar a su casa y no salir en dos horas. Tenía una cara... — negó con la cabeza —. Una cara que no le había visto nunca.

Andrés llegó al muelle esa tarde con la misma puntualidad de siempre.

Pero algo estaba diferente.

Lo notó en la manera en que cargaba los hombros — más tensos, más arriba de lo normal. En que no dijo nada cuando ella llegó, ni siquiera el saludo mínimo de costumbre. En que durante todo el trayecto de ida mantuvo los ojos en el agua con una concentración que no era sobre el agua.

Sofía esperó.

Lo conocía suficiente para saber que presionarlo no servía de nada. Que Andrés Villareal llegaba a las cosas en su propio tiempo y de su propia manera, y que el trabajo de ella no era apurarlo sino estar cuando llegara.

Fue en el regreso, cuando el motor bajó de revoluciones y el pueblo empezó a aparecer en el horizonte, que él habló.

—¿Viste el yate? — dijo. Sin mirarla.

—Sí.

Silencio.

—¿Sabes de quién es?

—Me lo dijeron esta mañana.

Andrés asintió despacio. Las manos apretadas en el timón.

—Mi mamá me llamó esta mañana — dijo —. Me dijo que tenía que contarme algo. Que llevaba años queriendo contarme algo.

Sofía no dijo nada. Lo dejó.

—Mi papá no murió — dijo Andrés. Seco. Limpio. Como quien dice algo que todavía no sabe dónde ponerlo —. Está vivo. Siempre estuvo vivo. Se fue cuando yo tenía tres años y mi mamá dijo que había muerto porque... — Se detuvo. Apretó la mandíbula —. Porque era más fácil que explicarle a un niño que su padre había elegido irse.

El motor ronroneaba. Las gaviotas gritaban lejos.

—Andrés — dijo Sofía, en voz baja.

—No — dijo él. No con dureza. Con esa manera suya de poner límites que no lastimaban pero que eran de acero —. Todavía no. Necesito... — Exhaló despacio —. Necesito un momento.

—Está bien — dijo Sofía.

Y no dijo más.

Atracaron en silencio.

Cuando Andrés amarró la lancha y bajó al muelle, Sofía esperó. Él se quedó parado un momento con la vista en el yate blanco que seguía anclado en la bahía — enorme, quieto, completamente ajeno al destrozo que su sola presencia había causado.

—Treinta y cinco años — dijo Andrés, sin girarse —. Treinta y cinco años de mi vida construidos sobre una mentira.

Sofía se bajó de la lancha y se paró a su lado.

No lo tocó. No dijo nada tranquilizador que no fuera verdad. Solo estuvo — presente, quieta, sólida — como él había estado con ella tantas veces en el mar.

Andrés giró la cabeza y la miró.

En sus ojos había algo que ella no le había visto antes — no era rabia, no todavía. Era algo más parecido al desconcierto absoluto de un hombre que pensaba que conocía su propia historia y acaba de descubrir que la habían escrito sin él.

—¿Qué hago? — preguntó. Y en esa pregunta había toda la vulnerabilidad que Andrés Villareal nunca mostraba.

Sofía lo miró de frente.

—Lo que tú decidas está bien — dijo —. Verlo o no verlo. Escucharlo o no escucharlo. Las dos cosas son válidas. — Pausa —. Pero creo que un hombre como tú necesita mirarle la cara antes de decidir lo que siente.

Andrés la miró durante un momento largo.

Luego asintió. Despacio.

Rafael Villareal bajó del yate esa tarde al atardecer.

Sofía lo vio desde lejos — porque Andrés le pidió que se quedara atrás y ella respetó eso — y lo primero que pensó fue que entendía de dónde venía Andrés.

Rafael era un hombre de unos sesenta años, alto, de espalda ancha que los años habían comenzado a doblar apenas. El pelo completamente blanco, la piel curtida por el sol, y unos ojos negros intensos — que cargaban con el peso particular de quien ha tenido todo y sabe exactamente lo que le costó.

Caminaba con el bastón de quien no lo necesita todavía pero sabe que pronto lo va a necesitar.

Se detuvo frente a Andrés en el muelle.

Los dos hombres se miraron.

Sofía estaba demasiado lejos para escuchar lo que se dijeron. Pero vio — vio claramente — cómo Rafael Villareal miraba a su hijo con los ojos de alguien que lleva décadas practicando lo que iba a decir y descubre en el momento que ninguna palabra alcanza.

Y vio cómo Andrés lo escuchaba. Quieto. Con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Sin moverse.

La conversación duró quince minutos.

Cuando terminó, Rafael extendió la mano.

Andrés la miró un momento.

Y se fue sin estrecharla.

Esa noche Andrés apareció en la puerta de la casa de Doña Carmen.

Sofía abrió antes de que tocara — lo había escuchado llegar.

Lo miró. Él la miró.

—¿Entrás? — dijo ella.

Andrés entró.

Se sentaron en el pequeño porche interior, con dos tazas de café que Sofía preparó sin preguntar si quería. Él la aceptó sin preguntar cómo supo que la necesitaba.

—Quiere hablar — dijo Andrés, después de un rato —. Dice que viene a cerrar cuentas. Que está enfermo. — Pausa larga —. Dice que todo lo que tiene es mío.

Sofía escuchó.

—¿Le creés?

—No sé qué creerle. No lo conozco. — Bajó la vista a la taza —. Es un extraño que tiene mi cara.

Sofía pensó en Elena. En la mentira que cargó durante treinta años. En por qué una mujer fuerte y buena como ella había elegido esa mentira en lugar de la verdad.

—¿Hablaste con tu mamá? — preguntó.

—Sí.

—¿Y?

Andrés tardó.

—Lloró — dijo, en voz muy baja —. Y mi mamá no llora. — Exhaló despacio —. Dice que lo hizo para protegerme. Que Rafael se fue porque no estaba listo para ser padre. Que era mejor que estuviera muerto a que yo creciera sabiendo que su padre había elegido no estar.

—¿Le creés a ella?

—A ella sí — dijo, sin dudar —. A ella siempre.

Sofía asintió.

Se quedaron en silencio un rato. El sonido del mar llegaba desde lejos, constante y tranquilo, completamente indiferente a los terremotos humanos.

—Sofía — dijo Andrés.

—¿Qué?

La miró.

—Gracias por no decirme qué hacer.

Sofía sostuvo su mirada.

—No es mi historia — dijo —. Es tuya. Yo solo estoy aquí.

Andrés puso la taza sobre la mesa. Extendió la mano y tomó la de Sofía — con esa firmeza tranquila que ya era suya, que ya reconocía como suya — y se la llevó a los labios.

Un beso en los nudillos. Despacio. Con los ojos cerrados.

Sofía sintió ese gesto en el centro del pecho.

—Mañana lo voy a ver — dijo Andrés —. Quiero escucharlo. No porque lo perdone. No todavía. Sino porque necesito saber quién es antes de decidir qué hago con todo esto.

—Eso es lo más valiente que puedes hacer — dijo Sofía.

Andrés la miró.

Y en sus ojos azules — esos ojos que ella había aprendido a leer mejor que cualquier cosa que hubiera estudiado en el mar — había algo nuevo.

No paz. Todavía no.

Pero algo parecido a la determinación de un hombre que ha decidido no huir de su propia historia.

Esa noche, cuando Andrés se fue, Sofía abrió su cuaderno.

Escribió:

Hay personas que llegan a tu vidajusto cuando tú llegas a la de ellas.Ninguno de los dos está entero.Ninguno de los dos está roto del todo.

Y quizás eso es exactamente lo que hace falta.Dos personas a mediasaprendiendo a ser uno entero.

Fin del Capítulo 9 ✨

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Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
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