⚠️ADVERTENCIA DE CONTENIDO⚠️ Está novela cuenta con acoso severo, violencia física y emocional...
Un amor de la infancia destruido por el control despiadado de mi hermano. Mi amado Adán no solo perdió nuestros preciados recuerdos esa noche, también perdió la sensibilidad de sus piernas gracias a una persona desquiciada. Con la culpa creciendo dentro de mí desde niña me puse un propósito en mente. Esta vez yo lo cuidaré, lo protegeré, me convertiré en su esposa y cumpliré nuestras promesas olvidadas. Aunque su desconfianza me destroce el corazón, aunque su indiferencia me desgarre el alma, me quedare a su lado. Romperé esta jaula que me mantiene encerrada y volare tan alto que ya nadie más me podrá volver a enjaular.
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Una determinación de acero.
Mientras la tarde se arrastraba, lenta y agónica, mis ojos clavados en Alondra presenciaban cómo, después de observarnos desde la distancia, con una frialdad que helaba la sangre, finalmente se rendía y se perdía en el interior de la casa. No mucho después, reaparecía, pero transformada; vestida con una de sus faldas largas, que caían como un velo de melancolía, y un saco tejido con flores de mil colores, que parecían gritar una felicidad que ella no sentía. Desde mi perspectiva, lucía como una flor más en ese jardín, sí, pero una flor marchita por dentro, con el rostro despojado de cualquier atisbo de alegría. En su lugar, una mezcla de resignación amarga y obligación asfixiante.
—¿No le preguntarás a dónde va? —la voz de Moly, suave, pero incisiva, me sacó de mi letargo, su mano cálida en mi hombro.
—¿Y por qué lo haría? —mi respuesta fue un suspiro de desdén— Ella tiene su vida, sus propios asuntos, sus secretos...
—Adán, sé que esto no me concierne —insistió Moly, su preocupación genuina atravesando mi armadura— pero antes, cuando me acerqué a ella, actuó de forma muy extraña, ocultando su celular apenas me escuchó... Entiendo que anhelas que este matrimonio termine, pero si en realidad tienes razón y ella está aquí con segundas intenciones, y si existe alguien más...
Moly estaba genuinamente preocupada por mí, lo podía notar sin siquiera levantar la mirada. Y por alguna extraña razón, eso me molestaba un poco más de lo que estaba dispuesto a aceptar en voz alta. Pero si Alondra tenía a alguien más, ¡bendito sea! Sería lo mejor que le podría pasar. Yo no pensaba mantenerla atada a mi lado. Lo único que no permitiría ni perdonaría jamás era la mentira. Que me dijera que estaba aquí porque me amaba y que, de buenas a primeras, se alejara al ver que yo no estaba dispuesto a seguirle el juego. ¡Eso sí que no!
—¿Estás bien? No te ves muy bien...
—Estoy mejor que nunca, ¿quién te dice, Moly, que antes de darnos cuenta no sea un hombre divorciado? —una sonrisa amarga se dibujó en mis labios, una máscara para la tormenta que rugía dentro de mí.
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Necesitaba acabar con esto. ¡Ya no podía soportar más la sombra asfixiante de Robinson en mi vida! Ahora más que nunca, justo cuando creí que por fin había logrado escapar de él, entendía que en realidad había caído en su juego macabro sin siquiera darme cuenta. La revelación me golpeó como un rayo, destrozando la poca paz que me quedaba.
Después de alistarme con una prisa febril, casi desesperada, salí a verlo. De todas formas, aquí solo era un estorbo, una sombra en el agradable momento que Adán estaba compartiendo con Moly. La idea me taladraba el alma, me hacía sentir insignificante, prescindible.
Al llegar, la secretaria me dio la bienvenida como de costumbre, con esa sonrisa cálida, sí, pero calculada, artificial. No era amable de más, no le estaba permitido serlo. Todos en ese lugar, cada alma que transitaba esos pasillos, sabía que Robinson era un ser cruelmente irracional, capaz de desatar su furia por un simple saludo dirigido hacia mí. Como aquella vez en que un recién llegado, ingenuo y desprevenido, alabó mi belleza y me invitó a tomar un café. Tres días después, el pobre hombre estaba internado, con las costillas rotas, víctima de un supuesto "robo" mal librado. Pero yo lo sabía, y todos lo sabían, había sido él.
La gente a mi alrededor se acostumbró a mirarme con lástima, sus ojos reflejando una compasión que me quemaba. Otros, con recelo y envidia, como Samantha, cuyo veneno era casi palpable. Pero nadie, absolutamente nadie, podía imaginar el infierno que yo vivía desde que nací, un infierno que me consumía lentamente, día tras día.
—Ya estoy aquí, hermano —mi voz, aunque temblorosa por dentro, salió con una frialdad forzada al entrar en su despacho. Robinson no me esperaba; la cita era en casa, en su terreno de juego, pero yo ya no podía estar a solas con él. No después de lo de esa noche, de ese terror que aún me perseguía en sueños.
—¿Qué estás haciendo aquí, Alondra? Yo no te ordené eso... —su voz grave, profunda como un abismo, inundó todo el lugar, cada palabra una punzada. Su mirada de disgusto me quemó la piel, me hizo sentir insignificante, pero esta vez, algo dentro de mí se negaba a doblegarse.
—Es esto o nada —respondí, mi voz adquiriendo una fuerza que no sabía que poseía— Recuerda que ahora soy una mujer casada, que no puede estar abandonando su hogar por tus caprichos.
Lo bueno de que te lleven al límite constantemente, de que te empujen al abismo una y otra vez, es que llegas a un punto en que ya nada te importa. Antes, resistía por Adán, por la estúpida idea de que todo acabaría cuando estuviéramos juntos, de que él sería mi salvación. Pero ahora, incluso él me alejaba, me hacía sentir miserable, me arrastraba a la desesperación. ¿Qué sentido tenía seguir luchando? ¿Qué razón quedaba para soportar este tormento?
—Alondra... —su voz se elevó, cargada de una ira contenida.
—¡Ya te lo dije, hermano! —lo interrumpí, mis palabras brotando con una determinación que me sorprendió a mí misma— No tengo mucho tiempo, así que dime de una vez para qué me llamaste aquí. Y espero que en el futuro entiendas que tengo una vida, responsabilidades. ¡Que ya no estoy a tu entera disposición!
Todavía no podía creer las palabras que salían de mi propia boca, todas con una determinación de acero, firmes e inquebrantables. Era la primera vez que me revelaba, que alzaba la voz y decía lo que pensaba. Jamás me sentí tan poderosa, tan valiente, tan dueña de mí misma. La sensación era embriagadora, liberadora, un bálsamo para mi alma herida.