Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 22: Juego de apariencias.
La primera mañana en la capital se filtró por los inmensos ventanales de la suite, recordándome que el tiempo de las treguas había terminado. Me levanté con cuidado, tratando de no hacer ruido, pero fue imposible no fijar la vista en el sofá. Rafael dormía allí, con el cuerpo ligeramente tenso; a pesar de haber mandado a colocar uno de dimensiones generosas y cuero italiano, me daba cierto sentimiento verlo así. Era un hombre acostumbrado a que el mundo se amoldara a sus caprichos, y ahora se doblaba físicamente para mantener nuestra farsa…
Opté por un atuendo que proyectara mi nueva posición: un pantalón de tela fluida en azul celeste que hacía juego con un chaleco estructurado. Era un look profesional, pero con un toque de frescura. Cuando salí del vestidor, ya lista para la batalla, Rafael ya estaba despierto y se refugiaba en el baño, dejando tras de sí un rastro de vapor y perfume cítrico.
Bajé al comedor antes de marcharme. Mami Julia, fiel a sus costumbres, ya se había apoderado de la cocina de última tecnología como si llevara años viviendo allí
—¡Mi niña! ¿Cómo te sientes en tu nueva casa? —preguntó sirviendo café con una energía envidiable para ser tan temprano.
—Es un poco abrumadora, mami, pero genial. ¿Y tú? ¿Dormiste bien?
—¡Sí, estupendo! Estas sábanas parecen nubes. Ven, siéntate aquí, hija mía, les preparé unos sándwiches con frutas frescas para que aguanten la jornada.
En ese momento, Rafael apareció en el comedor, impecable en un traje gris marengo que gritaba poder. Su mirada se cruzó con la mía un segundo antes de dirigirse a mi madre.
—Mi niño Rafa, ya te encuentras aquí. ¿Vas a desayunar? —le ofreció Julia con cariño maternal.
—No, doña Julia, desayuno poco. Ya me voy al trabajo, tengo una agenda complicada hoy.
—Bueno, mijo, pero te comes algo pronto, no te vaya a dar un yeyo o un veri-veri por ahí de tanto trabajar —le advirtió ella con un dedo levantado.
Rafael sonrió de lado, una expresión que rara vez mostraba.
—Vale, no se preocupe. Brisa, toma —dijo, dejando una llave inteligente sobre la mesa—. Te compré un carro para que te movilices por la ciudad. Supongo que no quieres un conductor que te siga a todas partes, así que esto te dará independencia.
Me quedé mirando la llave, sintiendo que el nudo en mi garganta volvía a apretarse.
—¿Qué es esto, Rafael? ¿Por qué? Yo puedo moverme por mi cuenta, no es necesario...
—No piensas andar sin auto en una ciudad que no conoces, Brisa. Y no espero un "no" como respuesta —sentenció, usando ese tono ejecutivo que no admitía apelación.
—Tranquilo, mi niño, dale chance de procesarlo, pero ella aceptará —intervino mami Julia, dándole una palmadita en el brazo—. Tienes toda la razón, hay que cuidar el bienestar de la esposa.
Rafael asintió y recogió su maletín.
—Bueno, nos vemos en la noche. Se cuidan, que tengan un gran día.
—¡Espera! —exclamó Julia, deteniéndolo en seco—. ¿Te olvidas de darle un beso a tu esposa? Hijo, por favor, no dejes que los detalles se pierdan con las prisas.
Sentí que el mundo se detenía. "Sabía que mi madre sería un problema aquí", pensé con desesperación. Rafael, sin perder la compostura, simplemente le picó el ojo a mi madre con una complicidad asombrosa, se acercó a mí y me plantó un beso en los labios. Fue rápido, pero lo suficientemente firme como para dejarme descolocada. Seguidamente, se dio la vuelta y salió de la casa sin mirar atrás.
—Mi amor, no puedes malacostumbrarlo, ¡válgame Dios! Hay que exigirles esos cariños —dijo Julia, suspirando de felicidad.
—Ya, madre... ya me voy —dije, recogiendo mis cosas a toda prisa—. Te aviso cuando venga; si me da chance, paso a almorzar contigo.
Me fui en el auto nuevo, una joya de la ingeniería que me recordaba en cada kilómetro quién era ahora mi "dueño" legal. Mi mente iba a mil por hora; las muestras de atención de Rafael empezaban a causarme un nerviosismo que no lograba clasificar, que aunque para él no sean nada por su riqueza a mí me aturdía un poco.
Al llegar a la nueva empresa de innovaciones tecnológicas, Telemedia, mi equipo ya me esperaba. Nos dirigimos directamente a la junta de socios. El ambiente era distinto al de mi antiguo bufete: más moderno, más agresivo. Entre los presentes estaban los dueños de la firma y, para mi desagrado, Raúl, el socio del bufete que me había abordado en la fiesta. Al verme, me sonrió de esa forma extraña y condescendiente, como si mi matrimonio fuera un detalle irrelevante que planeaba ignorar.
Me explicaron mi rol: representar legalmente a la empresa en todas las negociaciones internacionales. Justo hoy, teníamos una reunión clave con un potencial socio inversor. Estaba revisando los documentos cuando la puerta de la sala de juntas se abrió.
Mi cara de sorpresa debió ser épica. Rafael entró caminando con la seguridad de quien es dueño de la mitad de la ciudad. Si él era el nuevo socio, significaba que lo vería hasta en la sopa, literalmente. La reunión fue intensa. Noté cómo una de las socias de Telemedia, una mujer llamada Micaela, no dejaba de observar a Rafael. En un movimiento que me pareció de un descaro absoluto, se ajustó el sujetador para resaltar su escote mientras le hacía una pregunta técnica.
Yo evitaba el contacto visual directo con él, concentrándome en las cláusulas del contrato, pero la tensión en la sala era casi física. Raúl se me acercó bajo la excusa de revisar un párrafo y me susurró al oído:
—¿Conflictos de intereses? No será un problema para usted, señorita Soler... o debería decir, ¿señora de Arismendi?
—Trabajo es trabajo, Raúl —respondí con voz de acero—. Separo perfectamente mi vida personal de la laboral, no se preocupe por mi profesionalismo.
Cuando la sesión terminó y todos empezaron a desalojar, fui al baño para refrescarme. Al salir, me encontré a Rafael esperándome en el pasillo, solo.
—Hola —dijo, metiendo las manos en los bolsillos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, tratando de controlar mi agitación.
—Vengo a preguntarte algo... —hizo una pausa, escaneando mi rostro—. Pero nada, olvídalo, ya me voy. No tiene importancia ahora. Nos vemos luego en casa.
Luego de todo el día comenzando mi trabajar en este lugar llegué a la mansión agotada. Cené con mami Julia, quien no dejaba de hablar maravillas de la cocina, pero Rafael aún no aparecía. Decidí ducharme y acostarme temprano; había sido un día demasiado largo. Sin embargo, antes de apagar la luz, la curiosidad —o quizás algo más oscuro— me llevó a revisar las redes sociales.
Busqué el perfil de Micaela, la socia de Telemedia. Para mi sorpresa, acababa de subir una historia en un restaurante de lujo. En la imagen, se veía una mesa elegante y, de espaldas, la silueta inconfundible de Rafael. No se les veía juntos en la foto, pero la ubicación y la hora eran claras. Me incomodó de una forma que no quise admitir, pero intenté restarle importancia. "Es su vida, es un contrato", me repetí como un mantra.
Cerca de la medianoche, escuché la puerta de la habitación abrirse. Rafael entró tratando de no hacer ruido.
—¿No crees que es un poco imprudente que llegues a esta hora? —le dije desde la cama, con la luz de la lámpara de noche encendida—. ¿Qué va a pensar mami Julia si te escucha entrar así?
Rafael se detuvo y se quitó la chaqueta, lanzándola con cansancio sobre el sofá.
—¿Imprudente? —me devolvió la mirada, y noté que sus ojos estaban algo nublados—. ¿Imprudente como la forma en que se te acerca ese hombre en la oficina? Claramente se le escuchaba un poco ebrio.
—¿De qué hablas? —repliqué, sentándome en la cama—. Raúl solo me mencionó algo del contrato. No tiene nada que ver.
—Mejor me dormiré de una vez —cortó él, visiblemente irritado.
—¿Y dónde estabas hasta ahora? —no pude evitar preguntar.
—Fui a cenar con tus nuevos jefes. Son viejos amigos, realmente quería cerrar unos flecos del acuerdo de hoy.
—¿Y la señora Micaela también es "vieja amiga"? —solté, antes de poder filtrarlo.
Rafael se detuvo a medio camino del sofá y me miró con una ceja arqueada.
—Se podría decir que sí. ¿Por qué lo preguntas con ese tono?
—No, por nada. Solo curiosidad. Me pareció una mujer un poco... promiscua en su forma de actuar hoy —dije, escondiéndome bajo las sábanas.
—Quizás estás siendo muy prejuiciosa, Brisa. Es una excelente empresaria.
—Lo que digas —sentencié, apagando la lámpara de un golpe—. Buenas noches. Dormiré.
Me giré dándole la espalda, sintiendo una rabia sorda que no tenía derecho a sentir. Rafael se acomodó en el sofá en silencio. En la oscuridad de aquella habitación de lujo, me di cuenta de que la mayor amenaza para nuestro contrato no eran los socios, ni los suegros, ni mami Julia; era ese sentimiento punzante que me quemaba el pecho y que se parecía demasiado a los celos.
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