*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 16* *El 27% Restante*
La capital olía a dinero sucio y a humo de taberna barata.
Elira odiaba ese olor. Sonya Smith lo reconocía.
Habían pasado tres días desde la coronación.
Tres días donde Valemot respiraba sin miedo.
Tres días donde los leales a Darian en la ciudad movían oro como si él siguiera vivo.
“Tenemos nombres,” dijo Mira, dejando tres papeles sobre la mesa del estudio en la casa de la ciudad.
Casa pequeña. Sin escudos. Sin sirvientes de más. Solo lo necesario para cazar.
“Dos contadores. Un comerciante. Todos tocaban el dinero de Montclair. Y ahora lo mueven para su primo, el Conde Havel.”
Elira leyó. Nombres. Cifras. Fechas.
Havel no era inteligente. Pero era vengativo. Y tenía oro.
Oro que debía ir a Valemot. Oro que se estaba usando para comprar armas. Armas pequeñas. Armas que no matan ejércitos. Matan duquesas.
“¿Dónde se reúnen?” preguntó Elira.
“En el sótano de la taberna del Gato Negro,” dijo Mira. “Cada noche. Hablan de ‘reajustar el ducado’. Hablan de ti.”
Elira se levantó. Se ajustó los guantes. La venda negra en la mano derecha ya era parte de ella.
“Vamos.”
“No,” dijo Cristal desde la puerta.
Había llegado esa mañana. Sin avisar. Como siempre.
“No vas tú,” dijo Cristal. “Vas a mandar.”
Elira se detuvo.
“¿Y si mando y fallan?”
“Entonces fallan,” dijo Cristal. “Y aprendes. Una duquesa que entra a todas las tabernas termina muerta en una. O peor, termina como yo. Esperando que alguien más haga el trabajo.”
Cristal tenía razón. Y eso molestaba.
“¿Y tú qué propones?” preguntó Elira.
“Yo voy,” dijo Mira.
Elira la miró.
“¿Sola?”
“Con dos de los guardias nuevos,” dijo Mira. “Los que mataron por ti en el establo. Confío en ellos. Y ellos confían en mí porque tú confías en mí.”
Sonya Smith quería ir. Quería oler el miedo. Quería ver la cara de Havel cuando supiera que Elira sabia todo .
Elira Valemot respiró. Y asintió.
“Entra. Escucha. No mates a menos que te ataquen. Trae nombres. Trae pruebas. Trae el libro.”
Mira sonrió. Por primera vez, no era una sonrisa triste. Era la sonrisa de quien va a cazar.
“Volveré antes del amanecer,” dijo.
“Si no vuelves, quemo la taberna,” dijo Elira.
“Lo sé,” dijo Mira. Y se fue.
*La taberna del Gato Negro.*
Sótano húmedo. Luz de vela. Olor a vino agrio.
Havel estaba en la cabecera. Gordo. Sudando. Con tres hombres alrededor.
El comerciante, Laren.
Los contadores, Joren y Kess.
Todos con miedo. Todos con codicia.
“Ella no puede tocarme,” dijo Havel, golpeando la mesa. “Soy primo de Montclair. Soy sangre. El Emperador no me toca por una puta de provincia.”
“Montclair está muerto,” dijo Kess. “Lo mataron en su propio jardín. Dicen que fue la hermana.”
“Dicen,” escupió Havel. “Dicen muchas cosas. Lo que yo sé es que sin Montclair, Valemot es débil. Sin él, la niña no tiene dientes.”
La puerta del sótano se abrió.
Mira entró sin ruido. Los dos guardias detrás.
No traía armas visibles. No las necesitaba.
“Buenas noches, señores,” dijo Mira. Su voz era tranquila. La voz de quien ya decidió quién muere.
“¿Quién eres tú?” preguntó Havel, levantándose.
“Soy la respuesta,” dijo Mira.
Laren sacó un cuchillo. Joren fue por la bolsa de oro.
Kess no hizo nada. Era el más listo.
Mira se movió.
No como una criada. Como Sonya Smith le enseñó.
Un paso. Un giro. El cuchillo de Laren cayó al suelo con sus dedos aún alrededor.
Un golpe. Joren cayó con la nariz rota.
Los guardias redujeron a Havel sin que pudiera gritar.
“Libro,” dijo Mira.
Kess tembló. Sacó el libro de cuentas de debajo de la mesa.
“Todo está ahí,” dijo. “Cuentas. Nombres. Fechas. Havel pagaba a gente en Valemot. Pagaba para que envenenaron a la duquesa.”
Mira tomó el libro. Lo guardó.
“¿Algo más?” preguntó.
Havel escupió sangre. “El Emperador te va a matar por esto. No puedes tocar a un noble sin juicio.”
Mira se arrodilló frente a él.
“Ya lo hice,” dijo.
Y le cortó el tendón de la mano derecha. Igual que Elira hizo con Darian.
Para que no volviera a firmar nada.
*Valemot. Amanecer.*
Mira entró sin una gota de sangre en la ropa.
Puso el libro sobre la mesa.
“Es todo,” dijo. “Nombres. Cuentas. Y una carta. De Havel a alguien en el norte. No sé quién. Pero menciona ‘el paquete’. Y menciona a Cassian.”
Elira abrió la carta. Leyó.
Su rostro no cambió.
Pero su mano, la vendada, se apretó hasta que la sangre volvió a manchar la tela negra.
“Queman el sótano,” dijo. “Queman el libro original. Nos quedamos con la copia. Y mañana, Duque Havel, vas a tener una visita del fisco imperial.”
Cristal asintió.
“Bien hecho,” dijo. Miró a Mira. “Bien hecho.”
Mira bajó la cabeza. No por humildad. Por respeto.
Elira se sentó. Miró el anillo en su dedo.
El 27% estaba muerto. O huyendo.
Pero la carta mencionaba el norte. Mencionaba a Cassian.
Y eso significaba que la guerra no estaba en Valemot.
Estaba llegando.
Esa noche, el cuervo llegó.
Sin pata de metal.
Solo una nota corta.
_“Buen trabajo. El norte se mueve más rápido de lo esperado. Prepárate. -C.A.T.”_
Elira quemó la nota.
Mañana iría a Valemot.
A revisar las minas.
A revisar a sus hombres.
A prepararse para la guerra que Cassian no le había contado.
Afuera, el cuervo graznó diez veces.
El 27% había caído.
Pero el 100% de la tormenta venía.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️