Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 14
Damián cerró la puerta de la suite con un golpe que resonó en todo el pasillo. Renata se soltó el cabello, dejando que las ondas oscuras cayeran sobre su vestido manchado. El olor a hierro y a perfume caro todavía la envolvía.
—Mírate —dijo Damián, su voz era un gruñido bajo mientras la obligaba a girarse frente al espejo—. Tienes sangre en la seda, Renata. Tienes fuego en los ojos. ¿Es esto lo que querías cuando huiste de mí? ¿Ver el mundo arder desde la primera fila?
Renata se acercó a él, rodeando su cuello con sus manos todavía frías.
—Huí para protegerte de lo que soy, Damián. Pero ahora veo que eres igual de monstruo que yo. Y eso... —ella deslizó una mano por su pecho, sintiendo los latidos frenéticos de su corazón—, eso me vuelve loca.
Damián la levantó del suelo, sentándola en el borde de la mesa de mármol del tocador. Sus manos, grandes y posesivas, buscaron la piel bajo la seda. Pero al bajar el tirante del vestido, se detuvo en seco.
Una marca pálida, una cicatriz de quemadura en forma de cruz, destacaba en su hombro izquierdo.
—¿Quién fue? —la voz de Damián bajó dos octavas, volviéndose letal. El aire en la habitación se volvió pesado de repente.
—Un error del pasado, Damián. No importa ahora —intentó evadir ella.
—¡Dime quién te tocó! —rugió él, apretando la mesa con tal fuerza que el mármol pareció crujir—. Si crees que voy a dejar que el hombre que te hizo esto siga respirando mientras yo te reclamo como mía, no me conoces nada.
Renata lo miró fijamente. En ese momento, supo que ya no había vuelta atrás. No solo era la heredera de los Vane, era la obsesión de un Bustamante. Y en ese mundo, el amor no se pedía, se tomaba por asalto.
—Fue Valerius —susurró ella—. Él quería el código del Proyecto Fénix.
Damián sonrió, pero fue la sonrisa de un verdugo antes de dejar caer el hacha.
—Entonces el Senador no solo perderá su carrera —dijo él, besando la cicatriz con una ternura aterradora—. Va a perder cada gramo de carne de su cuerpo. Pero antes... voy a borrar su recuerdo de tu piel.
Damián la besó con una posesividad que reclamaba no solo su cuerpo, sino su alma.
La habitación de la finca Bustamante se sentía como una celda de terciopelo, cargada con una electricidad estática que hacía que el aire pesara. Damián no la soltaba; su cuerpo era un muro de calor contra el cual Renata se sentía pequeña, pero por primera vez, poderosamente viva.
Damián la mantuvo presionada contra el mármol frío del tocador, creando un contraste brutal con el fuego de sus manos. Con un movimiento lento, casi coreográfico, terminó de deslizar el tirante del vestido negro hacia abajo. Sus ojos oscuros no se apartaron de los de ella mientras su pulgar trazaba el borde de la cicatriz en su hombro.
—Valerius —susurró él, y el nombre sonó como una sentencia de muerte—. Creyó que podía marcar lo que no le pertenecía.
—Fue hace mucho, Damián... —intentó decir ella, pero su voz se quebró cuando él inclinó la cabeza para besar la piel dañada. No fue un beso tierno; fue un reclamo. Sus labios ardían y sus dientes rozaron la clavícula de Renata, arrancándole un gemido que ella intentó ahogar.
—Nada de lo que te haya pasado antes de esta noche importa —gruñó Damián, rodeando su cintura y levantándola sin esfuerzo para que sus piernas se envolvieran alrededor de su cadera—. Pero desde este segundo, cada centímetro de este cuerpo tiene un dueño. Y no es un apellido, ni un archivo, ni un código. Soy yo.
La besó con una ferocidad que sabía a desesperación y a posesividad pura. Sus lenguas se encontraron en una batalla por el dominio, un eco del tango que habían bailado horas antes. Renata enredó sus dedos en el cabello de Damián, tirando de él, respondiendo a su agresividad con una urgencia propia. Ella no quería ser protegida; quería ser consumida por el único hombre que era capaz de ver la oscuridad en su alma y desearla aún más por ello.
Damián la llevó hacia la cama de dosel, derribándola sobre las sábanas de seda gris. Se despojó de su camisa blanca, revelando un torso marcado por sus propias batallas, una anatomía de músculos tensos que brillaban bajo la luz tenue de la luna.
—Dime que eres mía —exigió él, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza con una sola mano, inmovilizándola—. Dime que no habrá más huidas, ni más disfraces de sirvienta, ni más secretos que me alejen de ti.
Renata arqueó el cuerpo hacia él, desafiante incluso en su rendición.
—Soy tuya, Damián. Pero tú... tú eres mi cómplice en este infierno. No te atrevas a soltarme.
Él bajó la cabeza, su boca recorriendo el camino de su cuello hasta el nacimiento de sus pechos, dejando marcas que no se borrarían al amanecer. Cada caricia de Damián era una orden; cada respuesta de Renata era una provocación. En la penumbra, sus sombras se fundían en una sola masa de deseo caótico. Damián la reclamaba con la intensidad de quien recupera un tesoro que creía perdido, usando sus manos y su boca para borrar el rastro de los Morana, de Marcus, de la soledad.
El sudor y el perfume se mezclaron en el aire. No hubo palabras dulces, solo susurros roncos y el sonido de la respiración agitada. Entre ellos, el sexo no era un acto de amor convencional; era un pacto de sangre, una forma de sellar su alianza de locos.
Cuando finalmente el mundo se detuvo, Damián se quedó sobre ella, con el rostro enterrado en su cuello, su corazón latiendo contra el de ella como un tambor de guerra.
—Si Valerius cree que te ha visto sufrir —susurró Damián, su voz vibrando contra su piel—, no tiene idea de lo que soy capaz de hacer por proteger lo que es mío. Esta noche fue el comienzo, Renata. Mañana, el mundo sabrá que meterse contigo es invocar mi nombre.
Renata cerró los ojos, sintiendo el peso reconfortante de Damián sobre ella. Estaba atrapada, sí, pero en los brazos de un monstruo que la amaba por ser igual de letal que él. La "casita pobretona" había quedado atrás; ahora, el trono de sombras los esperaba a ambos.
Vamos a ver qué pasa con el Presi